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Veraneos, 12: Leve accidente (o nada es más verosímil que la verdad)

Juan José Fernández Palomo

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Es septiembre y el verano no ha acabado. Lo uno no lleva a lo otro; no nos confundamos: los calendarios, como la geografía o los velatorios son solamente una convención social.

Es verano aún porque hay fiestas en los pueblos de España. Y hay fiestas en los pueblos de España aunque no haya gobierno, o el gobierno esté en funciones o esté en Babia (Por cierto, en Babia también hay fiesta y luces de colores en la plaza).

Me contaron una historia genial. Por verdadera, por cierta, por cómo me la contaron, por dónde me la contaron, por quién me la contó. Porque en el pueblo nadie miente, porque allí todo es verdad.

Quiero creer esto. Era más o menos así: un joven profesor de latín de un instituto de enseñanza secundaria en un barrio de las afueras de Madrid conduce camino de casa para pasar las vacaciones en la feria del pueblo. Su pueblo. A pocos kilómetros de llegar, el coche, un opel corsa de segunda mano, rojo, se sale de la carretera en una curva de trazado sencillo, mete la rueda en la cuneta y vuelca. Un susto. Al rato llega una pareja de la Guardia Civil. Un tractorista de la zona dio el aviso al cuartelillo. “Vaya tela, ¿está usted bien?”, pregunta uno de ellos. “Sí; no ha sido nada. Me he distraído”, responde el accidentado. “Pero había visibilidad, no había tráfico… es un accidente raro…”, insiste el agente. “Sí. Es cierto”, dice el profesor, “es que venía pensando en Virgilio”. “Ah, Virgilio, el de la panadería…” “No. Me refiero al otro Virgilio”. “Ah. Comprendo”.

Así fue. Así me lo contaron hace tiempo. Quiero creer que el profesor de latín sigue vivo y que, en el fondo, si ha de morir quiere hacerlo como un romano. Con honor. No en un puto accidente tonto camino del pueblo.

Ojalá sea así: que la tierra le sea leve.

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