Conejos

Vivimos rodeados de conejos. Ojo. Tanto en la vida cotidiana como en nuestro imaginario, que es la vida real, la que nos conforma, la que nos construye. El conejo es un bicho inquietante, peligroso, invasor e hijo de puta.

Recuerden al conejo de Alicia y su reloj diciendo que el tiempo se acaba, recuerden al conejito Tambor, en Bambi, siempre molestando;

Bambi la película más siniestra de la Historia. Recuerden el daño que les ha hecho a niños de varias generaciones los conejos parlantes de Disney, Warner Bross o Hanna-Barbera.

Recuerden esa mentira, ese dolor de los conejos parlantes.

Recuerden a esos roedores destrozando cosechas, recuerden Australia y sus colonos patibularios contratados para exterminar conejos.

Recuerden la cantidad de conejos desperdigados, de frente, de cara y de perfil que aparecen en El Jardín de las Delicias, de El Bosco. Recuerden que no son gratuitos. Que anuncian la antesala del infierno.

Recuerden los ojos grandes, inyectados, de un conejo de granja con sus enormes orejas y sus bigotes y su nariz en continuo movimiento; vuelvan a sentir el miedo como cuando lo vieron por primera vez, alejado de una imagen, de un dibujo idealizado.

Y su prima, la liebre. La de Durero, el cuadro que más miedo da del mundo, por su perfección acojonante, por su expresión, por su presunción de velocidad inminente.

Mi tío abuelo Bartolo desollaba liebres y conejos en el patio de su casa con la escopeta de dos cañones apoyada sobre la culata en la pared encalada de un patio.

Bartolo está muerto, los conejos siguen.

Somos tierra de conejos, dicen, desde los fenicios, que nos nombraron. Puede ser verdad.

Tengan cuidado con esos bichos: parece que huyen, pero siempre vuelven.

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24 de noviembre de 2019 - 00:31 h