Ritenour y Grusin: Más artesanía que maestría y menos futuro que tradición

Ritenour y Grusin, sobre las tablas del Gran Teatro | TONI BLANCO

Al igual que el protagonista de ‘La La Land’, el Jazz vive atrapado en la constante tradición-modernidad. Y lleva así desde tiempos inmemoriales, viviendo cómodamente como un género de referencia para millones de personas y como “esa música rara” para otros tantos millones. El hecho de que, por su idiosincrasia, sea un género estimulante y con tendencia hacia lo inesperado, no evita que muchos artistas que en su día fueron electrizantes hoy sean meros transmisores de un mensaje: la tradición sigue viva.

Cuando los dos protagonistas de esta crónica, el guitarrista Lee Ritenour y el pianista Dave Grusin, comenzaron a saborear las mieles del éxito, allá por finales de los 60 y principios de los 70, el Jazz ya llevaba años formando parte del ADN de la cultura norteamericana, tras haber superado la oscuridad de los clubs y la estandarización de los circuitos de orquestas.

En ese panorama, ambos se adscribieron a una corriente muy popular en aquellas décadas, la del Jazz Fusion, aunque no se posicionaron dentro de la avanzadilla más experimental del género –la del ‘Bitches Brew’ de Miles Davis, la de Weather Report o Pat Matheny-, sino que optaron por sonoridades más cálidas, emparentadas con artistas como George Benson o Grover Washington Jr.

Ritenour es, desde entonces, un guitarrista modelo en este género, mientras que Dave Grusin se convirtió en uno de los compositores más interesantes de su tiempo, sobre todo gracias a su trabajo al lado de cineastas importantes como Sidney Pollack, que recurría a menudo a su fraseo pianístico para dar lustre a algunas de sus mejores películas.

Ambos suman numerosos premios Grammy, algún que otro Óscar, decenas de nominaciones, y son historia viva de un género que han vivido en primera persona y a través de la música de otros –Quincy Jones, Aretha Franklin, Sara Vaughn o Henry Mancini, por nombrar a algunos-, pero en el que quedarán retratados como meros artesanos: compositores, músicos e intérpretes brillantes pero no geniales, portadores de la llama del Jazz de una generación a otra.

Y ahí estaban ayer los dos, Grusin (83 años) y Ritenour (65 años), subidos al escenario del Gran Teatro de Córdoba, ante casi 900 personas, para ofrecer un recital más artesanal que genial, y que pudo entenderse como una “Master Class” de Jazz Fusion a cargo de dos protagonistas del género, pero que se vio lastrado por un deficiente sonido, que ahogó los riffs de Piano Eléctrico de Grusin –no así en sus números al piano de cola- y que apenas permitió ver destellos de genialidad en los fraseos de Ritenour, un guitarrista con un tono bastante sexy pero que ayer estuvo un tanto asexuado.

El desigual sonido puso entonces la atención donde no había genio, en la batería de Wes Ritenour, correcto en la ejecución pero lejos de la brillantez del género; y permitió, eso sí, que se disfrutara del excelente bajista Tom Kennedy, para el que fueron los mejores minutos de la noche, tanto con el contrabajo como con el bajo eléctrico.

Porque, eso sí, Grusin y Ritenour sí acertaron estableciendo el repertorio de la velada, yendo de menos a más y dejando espacio para números más íntimos –a cargo de Grusin, tocando a Antonio Carlos Jobim-; momentos con más ‘Swing’; y partes en las que el cuarteto se convertía en una banda de Jazz Funk con pinceladas de Jazz Rock, y que permitían a Ritenour ejercer de líder, al tiempo que oscurecían la aportación del pianista de colorado, que tardó casi 20 minutos en hacerse notar en el concierto.

En su tercera visita al Festival de la Guitarra, Ritenour no ha marcado el gol del campeonato, pero, al menos, ha permitido que los programadores respiren y vean que el Jazz sigue teniendo tirón dentro del festival y que el público cordobés acude a mostrar sus respetos a las leyendas. Aunque la ovación fue a tono con el concierto –descafeinada- y estuvo lejos del la largo y cálido entusiasmo que provocó entre el público el día anterior el músico tunecino Dhafer Youseff.

Al igual que ocurre en ‘Los Fabulosos Baker Boys’, a los que Grusin puso música, quizá sea hora de cambiar el repertorio y de mirar al futuro. Programadores, tomen nota. Hay mucho Jazz vivo y palpitante por ahí y Córdoba tiene ansia por ovacionarlo.

Etiquetas
stats