Separados por un abismo

Pancarta de Incondicionales contra la propiedad del Córdoba | MADERO CUBERO

Agradable es la temperatura, no tanto el viento. Sopla fuerte según qué zona. Parece prevenir de lo que después pueda ocurrir. Es la hora del postre, o del café para quien lo prefiera. Pero esta vez apenas da tiempo a rebajar el alimento ingerido. Toca acudir a El Arcángel, lo que supone un esfuerzo en los últimos meses. El Córdoba regresa a su estadio una semana después de su estropicio en Almendralejo. Según el discurso de los días previos, la derrota está en el olvido. La realidad es otra: la herida está más abierta que nunca. Quizá éste sea el motivo por el que, por mucho que el dato oficial diga lo contrario, fueran en torno a ocho mil los seguidores que decidieran asistir a un nuevo partido en el coliseo ribereño. El triunfo es la única opción posible, algo que no indica el ambiente a orillas del Guadalquivir.

Un extraño aire recorre El Arcángel desde minutos antes de las cuatro, justo cuando el balón echara a rodar. El aspecto de las gradas poco tiene que ver con lo habitual por estos lares y el himno apenas suena como un lamento lejano. La sensación es que en cualquier instante puede saltar la chispa que lo haga arder todo. No tarda demasiado en producirse el conato de incendio. Desde el Fondo Norte se divisa una pancarta. La muestran los integrantes de Incondicionales y el mensaje es directo. Va dirigido a los futbolistas del Córdoba: “Jugadores, el escudo no se arrastra”. En ese momento, el equipo que dirige Rafa Navarro mide fuerzas con el Sporting, sin que el marcador se mueva lo más mínimo. Pero no es éste el gesto que genera el estruendo efímero.

Minutos después, el colectivo de animación repite. Esta vez su acción de protesta lo es contra el propietario y presidente de la entidad califal, el más señalado desde hace ya un tiempo. “Tu gestión, nuestra vergüenza. ¡Gracias, León!”, reza en esta ocasión el trozo de tela que enseñan los miembros de Incondicionales. La pancarta es el ejemplo más claro de que entre la afición y el Consejo de Administración del Córdoba existe un abismo. Separados por el mismo se encuentran unos y otros. Más si cabe cuando el movimiento de queja tiene como respuesta una rápida intervención de los servicios de seguridad del estadio. Raudos marchan hacia la zona en que surge el mensaje, que es borrado tras algún que otro forcejeo. La retirada del letrero propicia definitivamente la rebelión del cordobesismo.

“Directiva, dimisión”, grita al unísono El Arcángel. Eso sí, el cántico dura tanto como un suspiro. Después, Carrillo consigue calmar los ánimos con un gol. Sin embargo, este Córdoba no está hecho para alegrías. Puede que hasta lleguen a creer dentro que no merecen una sonrisa aunque sea de vez en cuando. El Sporting empata antes de ir a vestuarios y después remonta. Y la fiesta termina con desolación. Otra vez, y van ya… Mientras el estadio se vacía, como la sangre que corre por una vena rajada, incluso los seguidores del cuadro asturiano respaldan a los califales. “Directiva, dimisión”, es lo que cantan los rojiblancos desde las alturas del Anfiteatro. Lo correcto bien fuera hablar de Consejo de Administración, pero lo cierto es que este domingo se confirma que la pasión está hecha trizas. Con ella, la relación entre hinchada, rectores y equipo.

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