Y encima hace un frío de tres pares de…

Aficionados abrigados en preferencia | MADERO CUBERO
Cariacontecidos terminaron los aficionados del Córdoba tras la derrota ante el Almería, en un partido en el que el estadio fue una nevera, literalmente y por momentos en ambiente

Cajones. Ahí es donde se quedó el cuchillo, junto con el resto de la cubertería. Quizá fue un descuido por aquello de salir temprano de casa. Y si alguien lo llevó, estaba poco afilado. El corte lo dio el rival, que lanzó dos tinajas más que jarras de agua fría. Como si no estuvieran los cuerpos lo suficientemente destemplados ya en una amarga mañana de domingo. Al final, cariacontecidos y con el corazón helado, abandonaron el teatro de los sueños, que esta vez fue de las pesadillas, unos y otros. En el césped, quizá trataban de buscar explicación a lo sucedido. En las gradas, comentarios por doquier y de todo tipo, pero también silencio. El silencio de la tundra en la noche. No era Alaska, aunque lo parecía. Ni abrigo, ni bufanda ni ‘estufa portátil’, que podrían inventarla, lograban meter en calor a una afición decepcionada. O frustrada. Cada cual con su sensación, que a la postre no deja de ser negativa.

Tres puntos como tres soles, que de lujo habrían venido sobre El Arcángel, cazó el Almería. El caimán que pudo con el león en su hogar y atemorizó a los verdadero reyes de la selva, ese arca de Noé de ‘fieras’ sin domesticar -salvo en ocasiones, como la de este sábado-, acabó preso de un furtivo que realmente poco hizo para salir vencedor. Lo hizo con dos goles como dos cubitos de hielo. Porque así fue como sentaron los tantos rojiblancos en las partes nobles del cordobesismo. Frío. Encima hace frío. Quién sabe si fue la sensación térmica o la temperatura, o vaya usted a saber lo que fuera, lo que provocó que el Córdoba perdiera el rumbo en un partido que al descanso merecía ganar con mayor claridad que el 1-0 que presentaba el vídeo marcador de un estadio gélido. En una nevera se convirtió el coliseo ribereño, pues en las gradas el ambiente no era el de otras veces, el de la mayoría de las citas. Era como si las cuerdas vocales hubieran quedado heladas.

Excepción fueron los dos sectores de animación, Incondicionales en un fondo y Brigadas en el otro. Cantaron tanto y tan fuerte como pudieron, pero la mañana era rara. Y fría, por si no se dijo ya. El gol de Fede Cartabia sirvió para al menos ejercitar piernas y brazos, para desentumecer todas las extremidades. Las ocasiones que el conjunto blanquiverde sumó, que no fueron pocas -puñetera madera, por cierto-, en el primer acto reactivaban de vez en cuando a una afición un tanto apagada. Luego tuvo lugar el desconcierto. Dos oportunidades y dos goles, el Almería se puso por delante. Pues vaya gracia. El cuchillo guardado en un cajón de casa. Tanto en el césped como en la grada. Mientras, el rival mordía y hacía como que le mordían. Lo habitual en esos casos en que los tres puntos valen más que el fútbol. “Mala pinta tiene esto”, apuntaba un seguidor al que tenía justo a su lado. La tenía y la tendrá, porque el descenso es de nuevo el hábitat de un equipo que, seamos serios, no mereció un castigo como el que recibió. Pero el invento funciona así: quien perdona, y además regala, lo termina pagando.

El refranero del fútbol fue cierto, como no el español; el de toda la vida. Dicen que a quien madruga, Dios le ayuda. Se ve que pocos abrieron los ojos antes de las diez de la mañana, porque de otra forma no se explica. El caso es que el Almería, con poco, dio un zarpazo en el cuello de un Córdoba que queda muy malherido y en el corazón de su afición, que encima estaba helada. Así terminó, y en todos los sentidos. Fue una mañana extraña, rara como ésas en las que uno camina sin saber muy bien cómo o por qué. Mucho menos por dónde. La carretera se convirtió en acera tras el choque para los aficionados, que mientras daban vueltas a la cabeza con las consecuencias del resultado intentaban recuperar el tacto en las manos. “Y encima hace un frío de tres pares de tres pares de”… Cajones. Ahí es donde se quedó guardada la ilusión de dar un paso al frente en la lucha por la permanencia.

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