Los decibelios del corazón

Un seguidor blanquiverde en El Arcángel | MADERO CUBERO

Es octubre. Camino del estadio no son pocos los que dudan de esa realidad. Otros lo recuerdan en voz alta. Tratan de encontrar explicación a la temperatura. "No sé para qué llevo la chaqueta", comenta un amigo al otro. Los dos andan rápido, con un paso tan ligero que pareciera están a punto de perder un tren. El que no puede dejar partir el Córdoba. Son las tres y media. A toda velocidad, con la digestión aún por acabar, unos y otros marchan hacia El Arcángel. "Vaya horita". El fútbol de sobremesa y con calor. No resulta agobiante, pero sí un tanto desesperante. Por la necesidad de hallar un respiro tras el verano, cada año más largo por estos lares. Da igual, con la comida todavía en el gaznate -o baja o después va a ser necesaria una tónica- y sin apenas tiempo para tomar oxígeno, una marea de aficionados recorre El Arenal. Espera otro partido de Liga, el primero en casa después de tres semanas. Un partido que abre la puerta a las posiciones de ascenso directo.

Son más los asientos vacíos que los ocupados en un principio, cuando uno llega a las a falta de veinte minutos para el duelo que además trae consigo un reencuentro. Pero la grada poco a poco mejora su aspecto. Tanto que, según la cifra oficial, recoge la mejor entrada de la temporada. Más de quince mil almas aguardan el comienzo del choque. Unos cuantos procedentes de Sevilla. Algunos de ellos con su particular estilo de entender el fútbol. De repente las pulsaciones se aceleran y el ruido es casi tan grande en los corazones de los aficionados que en el propio ambiente. El ánimo crece y los decibelios suben. El punto culminante es, como siempre, ése que viene con los acordes del himno al que diera forma Manuel Ruiz Queco. Camiseta roja con franja blanca, un futbolista escucha la letra desde otra perspectiva.

La contienda significa el regreso al coliseo ribereño de Bernardo. El pequeño de los hermanos Cruz. "Uno de los nuestros", piensan no pocos en el estadio. Pero esta vez es enemigo y como tal es tratado si es oportuno. Son las cosas del fútbol. El choque parece tener un ritmo lento, excesivamente pausado, y sin embargo resulta atractivo. Más si cabe cuando el Sevilla Atlético, el filial que no lo es por su estilo en el terreno de juego, empieza a crear sensación de peligro en el área del Córdoba. Mucho más cuando es el conjunto califal el que trata de responder y también acaricia el gol. Hay un lanzamiento que golpea en la madera y un alivio generalizado. El suspiro retumba. Los corazones viven agitados el primer acto, en el que el chico que creciera vestido de blanco y verde a punto está de dar un disgusto.

Intensidad y emoción, la que generan partidos como el de este sábado. Es un derbi pero de aquella manera, porque el Sevilla en realidad es el segundo equipo y no el primero. Pero da igual, la rivalidad brota. Intensidad y emoción, la que existe tanto en el campo como en la grada. Ahora el balón al palo es del Córdoba. El gol está cerca. Las gargantas aprietan y las pulsaciones crecen de nuevo. Hasta que llega el mazazo. El gol sube al marcador, pero no a favor de quien debiera. El Sevilla Atlético asesta un golpe mortal de necesidad, en un instante en el que es difícil ya sanar la herida. Es el minuto 86 y el desconcierto vibra. Es curioso como el silencio a veces resulta más sonoro que el propio ruido. Todo termina y es cuando, después de alcanzar cotas altas, bajan los decibelios del corazón.

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