FLAMENCO

Vuelven las Noches Íntimas del Almíbar: la peña flamenca punk y sin cobertura

Lucho, el maestro de ceremonias de la Peña El Almíbar

Cuando uno entra en el subsuelo de la calleja del Niño Perdido, en la mítica sala Rincón del Cante, no tarda en recibir un mandato divino para estos tiempos modernos: “Las manitas y los móviles en el bolsillito”, grita desde el escenario Luis Carrillo, Lucho para los amigos, maestro de ceremonias (y expresidente) de la peña flamenca El Almíbar, uno de los templos más importantes del flamenco en Córdoba.

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La poblada barba de Lucho, sus camisetas heavys, sus improvisadas presentaciones y su sintonía con el público son la puerta de entrada a esta peña tan peculiar, que nació hace doce años buscando quedarse con lo bueno del movimiento peñista flamenco (la intimidad, el contacto directo entre artista y público) y reescribir algunas reglas con las que no comulgaban, especialmente en lo que se refería a programación y el hermetismo.

“Hay peñas donde entras y te miran como si aquello fuera el salvaje oeste y tú hubieras llegado al pueblo”, cuenta Lucho por teléfono a este periódico. De fondo se escucha jaleo tabernario, aunque su voz se impone por encima de los murmullos como cuando se sube al escenario a presentar a los músicos en cada una de las noches íntimas, un nombre con el que bautizaron los recitales hace doce años y que sigue vivo. Este sábado, El Almíbar estrena temporada, la novena ya, y lo hace con uno de los primeros artistas que vio en este grupo de peñistas el brillo de lo distinto: el bailaor Daniel Navarro.

A su disposición este sábado, doscientos metros de local. Un histórico enclave, pues El Almíbar hace años que se asoció con El Rincón del Cante, la peña flamenca más antigua de Córdoba, y juntos le dieron una nueva vida a este espacio, ubicado en un callejón sin salida, que bien vale como metáfora del flamenco, ese arte en el que cuando uno entra, no sabe cómo salir.

La calleja del Niño Perdido (que toma su nombre de un hospicio para niños abandonados) ha hecho convivir durante décadas en su subsuelo dos mundos a priori inconexos, el del peñismo flamenco, localizado en el Rincón del Cante, y el de la música electrónica, que durante años tuvo allí varios clubs de referencia, como Teiker o El Niño Perdido.

Hoy, solo queda el flamenco. Puede que más vivo que nunca. La estampa de los asistentes a El Almíbar es muy distinta a la de otros tablaos (donde predominan el público extranjero de paso) o peñas (donde el público suele ser mayor, peñista y más tradicional). En las Noches Íntimas, por norma, el público va de los veintilargos a los cincuentaycortos, viste con gorras, camisetas, vaqueros y deportivas, llevan pendientes y tatuajes, hay parejas buscando una velada íntima, grupos de pijos sentados junto a aficionados sexagenarios. Y todos, absolutamente todos, guardan silencio sepulcral cuando los artistas suben al escenario.

Una nueva generación de músicos criados en El Almíbar

“Los móviles al bolsillito, que luego los vídeos esos no sirven para nada y ya subiremos nosotros uno bien hecho al youtube”, dice el presentador señalando a Emilio, sentado en la segunda o tercera fila con la cámara apuntando al escenario. “Las manitas también en el bolsillo, no hacen falta palmeros, que ya los pagamos nosotros”, dice a continuación desatando las risas del personal.

El humor no falta en El Almíbar, lejos de la solemnidad de otras peñas. El humor como envoltorio de la seriedad con la que en El Almíbar se vive el flamenco, por otra parte. Una seriedad con un punto algo punk (que se puede apreciar en la propia imagen y la cartelería, hecha por el caricaturista Lolo Caricatu) y cuya filosofía se ha sabido apreciar tanto dentro como fuera de Córdoba.

Y para constatarlo, no hay más que mirar la programación de los últimos años, en los que las paredes del Rincón del Cante han acogido a la flor y nata del flamenco contemporáneo invitadas por los jovenes peñistas: Chano Domínguez, Javier Colina, Farruquito, Rocío Molina, El Pele, Antonio Reyes, Rocío Marquez, Esperanza Fernández, Lin Cortés, La Fabi, Pedro El Granaino, Israel Fernández, Olga Pericet, Dani de Morón, La Tremendita, Diego del Morano o La Tana son sólo algunos de ellos.

Porque, en sus doce años de vida, El Almíbar ha crecido en paralelo a una generación de músicos que son parte de la familia, que comenzaron a tocar y cantar con ellos cuando eran estudiantes del conservatorio Rafael Orozco, y que hoy son talentos consagrados: el instrumentista prieguense Sergio de Lope, el percusionista cartagenero Javier Rabadán, el bajista onubense Juanfe Pérez, los guitarristas David Caro y Luis Medina, el pianista Alfonso Aroca, o la cantaora Ángeles Toledano son parte de la familia de El Almíbar y presente y futuro del flamenco en España.

El presidente de la Peña, Antonio Pedrera, cree que uno de los logros de la peña es precisamente haber creado un grupo fiel de amigos de la peña, tanto en el escenario como entre el público. “Nosotros los consideramos familia y amigos, y ellos a nosotros”, señala Pedrera, que hace dos años tuvo que batirse el cobre con Unicaja para evitar el desalojo del Rincón del Cante de su histórico local, salvándolo in extremis, en parte gracias al apoyo que recibió El Almíbar cuando se supo la noticia de su posible cierre.

Era el año 2020. La pandemia, como al resto del tejido cordobés, le echó un pulso a la música en directo y especialmente a los flamencos, que viven su propia crisis desde la prehistoria del arte jondo. El Almíbar no fue ajeno, si bien había callo. Pedrera recuerda que la peña nació en el Alcázar Viejo, que pasó por un local de Fleming y por el Mesón San Basilio antes de llegar a la calleja del Niño Perdido. La búsqueda de un espacio adecuado siempre ha sido una constante.

“Nosotros siempre quisimos un marco adecuado para la transmisión de flamenco, que es una música muy particular”, señala Pedrera, que apunta a que las peñas, por lo general en el marco de las ciudades medianas, viven hoy una situación compleja: “No sé si de decadencia, pero sí de necesidad de reinvención. Es un momento un poco extraño. En los pueblos funciona mejor, pero en las ciudades como Córdoba, es complicada la supervivencia, especialmente por la dificultad para encontrar locales”, reflexiona.

¿Y el público? Pedrera cavila. Su generación, la que montó la peña, ya está tan cerca de los 50 como de los 30. La fidelidad, como el flamenco, resiste, aunque el presidente de El Almíbar reconoce que hay que llegar a nuevos públicos. Se ríe Pedrera. “A ver, estamos envejeciendo, pero pese a la lejanía generacional, estamos intentando promover que las nuevas generaciones de aficionados se acerquen a la peña”, matiza.

Para ello, de nuevo, ponen sus ojos en el Conservatorio Rafael Orozco, el primero de España que ofreció estudios públicos reglados de flamenco y cuna de talentos desde hace dos décadas. Así, desde El Almíbar han contactado con algunos profesores para ofrecer descuento a los alumnos que acudan a los recitales, en algunos casos oportunidades únicas, ya que no es fácil que artistas reputados accedan a tocar en un espacio tan reducido.

De hecho, para Lucho y Pedrera, la clave es, por encima de todo, programar flamenco con el plus almibarado. En este sentido, para Lucho, el momento álgido fue hace cuatro años, en 2018, cuando la bailaora Rocío Molina, la figura más importante de la danza flamenca contemporánea, pasó por la peña. “Es algo que no ha repetido nunca en su carrera desde entonces”, afirma.

Aquella noche ocurrió, en realidad, el 15 de Diciembre de 2017. Efectivamente, para muchos aficionados, fue algo irrepetible. También fue una noche muy punk, como lo es Rocío Molina en su concepción del baile, y como lo es El Almíbar en su concepción del peñismo flamenco.

Y, como todas las noches íntimas, terminó con el grito de guerra de Lucho: “¡A emborracharnos!”.

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