Sergio Ramírez: “Cuando oigo que España es una dictadura, creo que la gente no sabe de lo que está hablando”
En octubre de 2021, el escritor Sergio Ramírez celebró su recién estrenado exilio en España, motivado por la persecución del régimen de Daniel Ortega, con un acto en Córdoba, promovido por Cosmopoética. Desde entonces, el autor, premio Cervantes, ha vuelto otras dos veces más, la última este mismo jueves. Cinco años después de aquel primer encuentro, el escritor nicaragüense sigue hablando de su país desde la distancia, aunque asegura que su exilio español ha sido muy distinto al que tradicionalmente asociamos con el destierro del migrante: se ve a sí mismo como un afortunado ser humano que no ha encontrado hostilidad, barreras idiomáticas ni dificultades burocráticas, sino acogida y apoyos.
Llega a la conversación apoyado en un bastón, que utiliza para caminar y también, de vez en cuando, como apoyo mientras piensa una respuesta. Bebe agua durante la charla y habla con calma. Desde la comodidad de los hoteles españoles, donde suele matar el tiempo de festival literario en festival literario, su mirada regresa constantemente a Nicaragua, pero también se detiene en la literatura, en la lengua y en las diferencias entre las democracias a ambos lados del Atlántico.
“No creo ser un exiliado clásico”, explica el autor Margarita, está linda la mar. Su experiencia ha estado acompañada por “todos los amortiguadores necesarios” para hacer el tránsito. “A pesar de lo que el exilio significa y el destierro, encontrarse con un ambiente de acogida ha sido para mí una gran experiencia”, afirma alguien que, hace solo cinco años, reconocía que “pensar en la casa abandonada es lo más triste que puede haber para alguien que se enfrenta al exilio”.
Cinco otoños después, el cambio de país no ha supuesto para él un cambio de lengua. Ramírez sigue escribiendo en el español que llevó consigo desde Nicaragua. Adaptarse al español que se habla y se escribe en España sería, dice, mucho más complicado, porque un idioma no está hecho solamente de palabras. También lo forman “sensaciones, aproximaciones, atmósferas”. “Yo sigo escribiendo en el español que traje conmigo”, resume.
La novela policiaca me sirve para enfrentar la realidad política de Nicaragua desde un margen
La novela negra como margen de la política
De ello da buena cuenta su última novela, La maldición de Ramfis, para la que recupera al Inspector Dolores Morales, y que sitúa en Costa Rica, el país donde vivió su primer exilio (cuando quien le amenazaba era Somoza). Es de nuevo, una novela negra, una fórmula que Ramírez ha utilizado para acercarse a la realidad política de Nicaragua y Centroamérica, pero sin caer en la tentación de convertir la literatura en un instrumento político.
“La novela policiaca me sirve para enfrentar la realidad política de Nicaragua desde un margen”, reflexiona. Es una precaución consciente. Ramírez desconfía de la expresión “novela política” porque considera que transformar una experiencia política tan intensa en literatura entraña riesgos. El principal es el panfleto: que la novela termine convertida en una herramienta al servicio de una posición política.
Y lo explica: “Una cosa es la realidad política que viene a la novela con naturalidad y otra es meterse a usar la novela como instrumento político”. Entiende el escritor que la novela negra le permite ser un trávelin de cámara que avanza junto a los acontecimientos sin situarse exactamente dentro de ellos. Sus personajes no son necesariamente políticos, pero sí viven bajo los efectos de la política y terminan siendo víctimas de la atmósfera que esta genera.
También deja claro que, incluso en un género con unas reglas marcadas, la mirada, la lengua y la cultura son esenciales. Y, por ende, la novela negra hispanoamericana es distinta al noir anglosajón y europeo porque parte de un punto de partida (de una realidad) distinta: la novela negra anglosajona se construye sobre una premisa de legalidad. La ley impone límites al investigador y constituye una parte fundamental del funcionamiento de la historia. En buena parte de América Latina, en cambio, la situación puede ser muy diferente.
En Centroamérica, continúa, policías, jueces, fiscales y testigos pueden estar sometidos a redes de narcotráfico o a presiones políticas. La corrupción y la falta de independencia institucional dificultan que la justicia funcione y, por tanto, la noción misma de la legalidad está totalmente disociada y la justicia allí rara vez coincide con lo que un ciudadano español considera justo.
España frente a América Latina
Ramírez habla de la democracia española desde una posición particular. Es ciudadano español, pero también un escritor nicaragüense obligado a abandonar su país. Su punto de comparación es Hispanoamérica (él usa casi siempre el término América Latina). Por eso, se muestra crítico con quienes describen España como una dictadura. “Cuando yo oigo decir aquí que esto es una dictadura, creo que hay gente que no sabe de lo que está hablando”, afirma.
No sostiene que el sistema español sea perfecto. Su argumento es otro: España funciona mediante mecanismos democráticos y sus crisis políticas tienen una salida electoral. “Las crisis políticas en España tienen una salida, que son las salidas electorales”, señala. Para Ramírez, esa posibilidad es uno de los elementos fundamentales de una democracia consolidada. En Centroamérica, recuerda, algunas democracias han terminado en dictaduras mediante elecciones manipuladas o por la ruptura de los mecanismos institucionales.
También aprovecha para arremeter contra quién critica el sistema público de salud español sostenido por los impuestos. Desde su perspectiva latinoamericana, resulta extraordinario disponer de atención médica y hospitalaria gratuita. En otros países de América Latina, asegura, el sistema sanitario “es una mentira”.
Su propia experiencia le lleva también a mirar el debate migratorio europeo. Ramírez considera que en España existe una diferencia entre los inmigrantes latinoamericanos y los procedentes de otras regiones. Los primeros, sostiene, son recibidos en mejores condiciones porque hablan el mismo idioma y comparten determinados elementos culturales. Esa proximidad, a su juicio, genera una forma de legitimación que no reciben de la misma manera otros inmigrantes llegados de otros países.
Las crisis políticas en España tienen una salida, que son las salidas electorales
La censura como orgullo
Ramírez va hilando su discurso desde el exilio, y repara en la censura, que es una experiencia mucho más cercana, pues sus libros están prohibidos en Nicaragua, una situación que contempla con una mezcla de ironía y gravedad. En primer lugar, sostiene que el hecho de que una dictadura prohíba un libro puede convertirse para el escritor en una especie de “marca de distinción”, puesto que el régimen le está prestando atención hasta el punto de considerar peligrosa su obra.
En segundo lugar, desmonta la propia orden censora, puesto que los vetos se enfrentan hoy a un enemigo que hace mucho más difícil su eficacia: internet. “Prohibir hoy en día es casi imposible”, sostiene. Cada vez que uno de sus libros ha sido prohibido, explica, inmediatamente ha sido reproducido en las redes sociales. El resultado es paradójico: la prohibición convierte el libro en un objeto de circulación gratuita y termina perjudicando incluso a su propia editorial.
La censura, recuerda, no es nueva. Hasta Don Quijote estuvo prohibido en América y los ejemplares entraban de contrabando ocultos en los barriles de los barcos. La diferencia es que hoy la tecnología ha hecho prácticamente imposible impedir la circulación de una obra. Pero Ramírez introduce una segunda paradoja. La prohibición de libros no es exclusiva de las dictaduras. También señala lo que está ocurriendo en determinados lugares de Estados Unidos, donde se han retirado libros de bibliotecas públicas y escolares a partir de decisiones de asociaciones de padres y de leyes estatales. Es una forma diferente de censura, pero el resultado vuelve a ser la retirada de determinados títulos de los lugares en los que deberían estar al alcance de los lectores.
Además, remarca la importancia que tienen las letras en Centroamérica, donde, en países pequeños y relativamente desconectados, se mantiene una tradición literaria que se renueva generación tras generación. Así, menciona a Rodrigo Rey Rosa o Horacio Castellanos Moya, publicados por grandes editoriales españolas, y remarca el papel que ha tenido históricamente España como puerta de entrada a la literatura latinoamericana. “Para ser conocido en América Latina hay que ser publicado en España”, afirma, antes de resumirlo con una imagen de lo más novelesca: “Para nosotros, sigue siendo un camino de las carabelas”.
La conversación termina y Ramírez se levanta apoyándose de nuevo en su bastón. Después de casi media hora de charla, el escritor nicaragüense de 84 años se detiene un instante junto a la mesa. Mira los caramelos que ofrece el hotel, coge un puñado y se los guarda en el bolsillo. Un pequeño gesto de dulzura después de una conversación atravesada por asuntos un poco más amargos.
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