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La Fura canta al vino, la ironía, el deseo y el placer en su 'Carmina Burana'

Representación de 'Carmina Burana', por  La Fura del Baus, en el Gran Teatro | TONI BLANCO

Manuel J. Albert

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El Carmina Burana, la cantata compuesta por el alemán Carl Orff en 1936 -y basada en textos satíricos de los siglos XII y XIII conservados en la abadía bávara de Benediktbeuern- fue un éxito instantáneo en cuanto se estrenó un año después en la Ópera de Fráncfort. Público de todo el mundo y de todas las ideologías alabaron la obra escrita por el telúrico músico germano que evocaba con sus partituras unas sugerentes imágenes llenas de coros épicos y ritmos profundamente cardiacos.

Estas percusiones, capaces de alterar y remarcar las sístoles y diástoles de todo el personal que escuche atentamente el O Fortuna y compañía, son uno de los principales atractivos que tiene la obra para Carlus Padrissa, miembro fundador de La Fura dels Baus. Este director de escena es el ideólogo de la traducción de Orff al lenguaje de la compañía catalana en su versión más apta para todos los públicos. Una traslación que anoche se representó en un Gran Teatro prácticamente lleno, dentro de una gira que ya han visto más de 200.000 espectadores.

No esperen ningún tipo de provocación en frágil equilibrio con costumbres o creencias ni irónicos cortejos punzantes que hagan sangrar convenciones sociales, políticas o religiosas.

No.

Para eso ya tenemos los textos -ha de saber latín, eso sí- cantados por el exquisito coro de sopranos, mezzos y barítonos -sobresaliendo el excelente trío de solistas- que acompañan a la gira. Versos que, tras empapar sus gargantas en vino, metían -entre risas y mala leche- los dedos de tinta en toda llaga purulenta que encontrasen. Y como víctimas, tres clásicos: la corrupta nobleza medieval, el hipócrita universo eclesial o las costumbres del pueblo llano y analfabeto.

Eso sí, siempre cantando con un punto pagano nada disimulado a la alegría, el alcohol, el amor, la vida y el goce. Un detalle que fue el que quizás llevó en marzo al obispo de Santander a vetar la representación del Carmina de La Fura junto al Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

Manuel Sánchez Monge, responsable de la diócesis cántabra, tal vez esperaba en la representación de La Fura alguno de esos momentos de trance visceral y casi sexual con que ha salpicado algunas de sus obras en sus casi 40 años de trabajo. Pero, insisto, no es el caso.

La puesta en escena pivota dentro -y alrededor- de un escenario cilíndrico de ocho metros de diámetro que envuelve a un escueto grupo de músicos -piano, flauta, contrabajo, tímpanos y percusión- capaces de escalar al minimalismo el filarmónico universo de Orff. Y sin perder un ápice de espectacularidad.

La orquesta permanece casi invisible, envuelta en una tela sobre la que se proyectan imágenes que ilustran los versos: la luna, el sol, las flores y, por supuesto, el vino. De esa tela surgirán deidades bailarinas que perfumen el escenario y el auditorio entero, coros de borrachos tambaleantes y salpicantes y ninfas del río en un eterno baño.

El agua, de hecho, juega un papel protagonista constante, convertida ya al final de la obra en un mosto fermentado color sangre. Y es esta tonalidad de rojo la que, en diálogo con trazas del teatro de sombras, un maquillaje con acento del kabuki japonés, y ese punto de pura ingeniería propia de La Fura -no podía faltar una grúa como protagonista- termina de dar forma a una obra redonda que puso en pie a todo el público cordobés.

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