Arrabal convierte Cosmopoética al dadaísmo

Fernando Arrabal, en la inauguración de Cosmopoética | TONI BLANCO
El escritor, poeta y dramaturgo inaugura la decimotercera edición de Poetas del Mundo en Córdoba |

Una camiseta negra con una particular versión del cuadro American Gothic, de Grant Wood. Una tirita -¿es un esparadrapo o un imperdible, tal vez?- en el cuello. Una mochila de tela pegada a la espalda. Y sus dos gafas. Las de ver, sobre sus ojos achinados que parecen siempre sonrientes. Y otras de ciclista -o un cliente habitual de las raves más after hours del París de los noventa- fijadas en la frente.

El escritor, dramaturgo, jugador de ajedrez -y todo lo que quieran- Fernando Arrabal (Melilla, 1932), viste de esta guisa y en silencio; completamente solo en un escenario para él. Se mueve tres pasos a la izquierda. Otros tantos a la derecha. Sus manos se agitan ligeramente como a punto de decir algo. Tras él, un sillón orejero de cuero, que tiene el aspecto más cómodo del mundo, le espera por siempre. Pero la espalda del cofundador del Movimiento Pánico jamás se reposará ni un instante en su mullido respaldo. Durante 45 minutos, Arrabal se mantendrá de pie, frente a la abarrotada audiencia que ha hecho cola para verle a él -y a Albert Pla- en la inauguración de Cosmopoética en la iglesia de la Magdalena, que este año se rige por el eslogan dadaísta Nada escapa de la poesía.

¿Tres cuartos de hora a punto de decir algo pero sin hablar? Eso parece. Por 60 interminables segundos uno podía dar por hecho que el autor de Carta de amor iba a mantenerse hablando en silencio durante toda su intervención. Pero no... “Él se definió a sí mismo, hasta el final, como una persona pequeña, imbécil e insignificante. Pero muy simpático”, dice de forma enigmática. “Tristan Tzara era muy comedido”. ¡Ah! Empieza describiendo al fundador del dadaísmo...

Arrabal habla y con su voz ha abierto un cajón desastre lleno de historias perfectamente enunciadas que salen de la lúcida centrifugadora que gira a mil revoluciones dentro de su mente. Historias sobre la fundación del movimiento artístico dadá que reflexionan sobre la naturaleza absurda de su hábitat y que se detienen en la elección de su nombre.

Arrabal se apoya en el ensayo-ficción de Dominique Noguez Lenin Dadá para contar historias -¿imposibles?- preciosas sobre cómo el rumano Tzara, en 1916, jugaba al ajedrez con Lenin en la calle del Espejo. Aquello ocurría antes de que el primero se desnudase completamente delante del Cabaret Voltaire de Zurich para, vistiendo un tutú, agitase sus bailarinas -“sus cojones”, aclara Arrabal- delante de la burguesía suiza y del propio padre de la revolución bolchevique. “Lenin, como era ruso, asentía diciendo da, da, da [sí, sí, sí, en ruso]. Y así surgió el nombre. Pero es mentira”.

Y vuelve a saltar en el tiempo. Viaja a un sanatorio de tuberculosos donde la rusa Gala invita a los seguidores de Tzara a abrir un diccionario y escoger a ciegas una palabra. La primera que sea. Dadá. “Era ridícula, no significaba nada”, exclama entre risas Arrabal. “Pero esa historia tampoco es verdad”, agrega para aguar la fiesta a todos.

Arrabal acelera el ritmo del torbellino. Llena su discurso de nombres, fechas y datos. Asoman de repente los futuros surrealistas que en ese momento, liderados por André Breton, parecen adoptar a Tzara como el gurú de la modernidad que esperaban. Pero casi al instante, Arrabal se encarama en el llamado Proceso Barrès, la pantomima ideada por dadá para juzgar al novelista, periodista y político francés Maurice Barrès. Un hombre respetado al que acusaban de “atentar contra la seguridad del espíritu”.

Se ha dicho que las desavenencias en torno a aquel juego absurdo tuvieron que ver con que, en 1921, Breton y su grupo abandonasen el dadaísmo para fundar el surrealismo. Pero Arrabal usa el hecho para enlazar con su propio proceso, éste muy real, por el que el régimen franquista le pidió 12 años de cárcel “porque me cagué en dios, en la patria y en todo eso”. Una historia que vuelve a plagarse de personajes y anécdotas reales para terminar deslizándose en un vívido e imaginado proceso de Bretón y los suyos juzgando a José María Pemán. El poeta del franquismo -“que escribió la letra del himno de España”, recuerda Arrabal- en el banquillo, acusado por dadaístas y surrealistas.

Con el franquismo llegará Dalí y el maltrato que sufrió por la incomprensión de todos, “yo también”, reconoce Arrabal. Todos. Y la reflexión final “¿Qué es ser un provocador? Siempre lo he sido y en Bratislava me preguntaron una vez por qué lo era. Me recordaron que yo había escrito que un San Jerónimo de El Greco parecía golpearse el pecho con un falo en vez de con una piedra. Realmente eso no me parece una provocación. No sabemos por qué nos parecen provocaciones. No sabemos nada. Lo que sí sé es que todos los provocadores mueren en la miseria”.

Antes de acabar, Fernando Arrabal, vuelve a otro provocador: el rumano que se consideraba pequeño, imbécil e insignificante. “Repitamos lo que dijo Tristan Tzara: el arte será compulsivo o no será”. De esta forma, en la iglesia de la Magdalena, Fernando Arrabal convierte Cosmopoética al dadaísmo.

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