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El Vía Crucis Magno inunda Córdoba de fervor y sensaciones

Via Crucis Magno FOTO: ALVARO CARMONA

Rafael Ávalos

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Las calles de la ciudad estuvieron abarrotadas desde primera hora de la tarde para disfrutar de un acontecimiento histórico en una jornada inolvidable

A las cinco de la tarde, puntualmente, se abrieron las puertas de la Real Colegiata de San Hipólito. Una multitud esperaba en la plaza de San Ignacio de Loyola a la salida de Nuestra Señora Reina de los Mártires, que en esta ocasión no estaría acompañada por el silencio. Los primeros sones de la Banda de Música Julián Cerdán de Sanlúcar de Barrameda se comenzaron a escuchar tras el único palio que pudieron observar propios y extraños en las calles de Córdoba en una tarde de sábado espléndida. El cielo, lejos de presentar batalla, estuvo abierto a una celebración histórica. Participó de ella desde un cuarto de hora antes, cuando el Zumbacón comenzó a disfrutar de la jornada con la presencia de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas. Se iniciaba entonces un día inolvidable, tanto para cordobeses como para los muchos turistas que pasearon por la ciudad desde primera hora de la mañana con el pasacalles “Sones de Fe”.

El Vía Crucis Magno de la Fe congregó en la calle a miles de personas, sobre todo en el centro histórico, donde una marea humana atestaba cada rincón. El cielo mantenía con firmeza su intención de dar más brillo aún a una jornada en que no sólo hubo devoción. No en vano, algunas de las obras más importantes de la Semana Santa de la ciudad pasearon por lugares emblemáticos. Hermosa fue la estampa de Nuestro Padre Jesús de la Pasión a su paso por Caballerizas Reales, poco después de que el misterio de la Santa Faz culminara una gran salida en una plaza de la Trinidad repleta hasta la bandera. No quedó el más mínimo rincón de Córdoba en soledad. Había ganas de sentir el aroma a incienso que la lluvia apenas permitió disfrutar en abril. Y la meteorología lo hizo posible, por mucho que sobrepasadas las siete y media algunas nubes comenzaran a cubrir el manto azul que cubría la ciudad. A esa hora, el entorno de la Mezquita-Catedral ya era un hervidero de gente, que comenzaba a buscar sus asientos dentro del recorrido oficial.

Poco a poco, todas las sillas se ocuparon. La ronda de Isasa, la plaza del Triunfo, la calle Torrijos y el inicio de Cardenal Herrero presentaban una imagen inédita y, por otro lado, anhelada. Se adivinaba una postal imborrable dentro del mundo cofrade y la espera se hacía cada vez más intensa. La noche caía cuando el Obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, se dirigió a la Puerta del Puente para recibir a la Reina de los Mártires, que abriría el cortejo como el único paso que mantuvo su acompañamiento musical en el recorrido oficial. Bajo la atenta mirada de San Rafael, desde la posición de privilegio que hizo posible Michel de Verdiguier, la imagen de Castillo Lastrucci cruzó la Puerta del Puente. Llegó con retraso, cinco minutos antes de las nueve. Tras recordar a los Santos Mártires cordobeses, se dirigió hacia la Mezquita-Catedral con la atención de una multitud entregada. Justo después debió aparecer por el mismo lugar Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, con que llegaría la primera estación del Vía Crucis.

Se hizo de rogar y surgió cierta impaciencia. Un cuarto de hora antes de las diez de las noche se avisaba de que debido a aglomeraciones en la confluencia de Lucano, San Fernando y Cardenal González los pasos no pudieron establecerse en orden para el cortejo. La espera no duró nada, pues sólo unos minutos después sí se pudo ver a Jesús orando en Getsemaní en la Puerta del Puente. Comenzó entonces el Vía Crucis con la primera estación. En ese momento sí, las sensaciones empezaron a mezclarse. El rezo estaba acompañado de música de capilla y las imágenes caminaban lenta y sobriamente en un marco único. Se dirigiera la mirada hacia el lugar que se dirigiera, siempre se hallaba lo mismo, un magnífico patrimonio. El legado de la Historia fue un entorno inmejorable para compartir ya una noche inolvidable. Tras este primer paso, el resto continuaron de manera inmediata, sin compases de espera. Se inició un desfile intenso y que ofreció la posibilidad de ver en la calle tallas de valor incalculable, como lo es Nuestra Señora de las Angustias Coronada.

La gran última obra de Juan de Mesa formó parte de la decimocuarta estación, tras el misterio del Descendimiento. Su paso por la Puerta del Puente resultó especial. Pero no fue la única estampa para el recuerdo que dejó el Vía Crucis, nada más lejos de la realidad. Una de ellas, sin duda, fue la del misterio del Santísimo Cristo del Amor. El desfile permitió que en este paso se vieran los ladrones Dimas y Gestas, una imagen sólo reconocida por los más veteranos. El misterio apareció como lo hizo en la década de los setenta y lo hizo de forma excepcional, por lo que se trató de un auténtico regalo para todos los que lo presenciaron a lo largo del día. Lució con esplendor el paso llegado desde el Cerro, como lo hicieron todos los demás. Los sentimientos se apoderaron de la plaza del Triunfo y llegaron a su cenit con la última estación, en la que se celebró la resurrección de Cristo. Se celebró con respeto y en un silencio sólo roto por la oración, que dio paso a la bendición del Obispo a todos los presentes y a la ciudad.

Nuestro Señor Resucitado caminó pausadamente hacia la Santa Iglesia Catedral. Se perdió poco a poco por la calle Torrijos, donde se rompió en aplausos a su paso. El reloj marcaba unos minutos menos de las once y media de la noche. Quizá ninguno de los que allí se encontraban quisiera que la celebración terminara, pero se marchaba. Aunque no fue así. Acabó el Vía Crucis Magno -lo hizo en el interior de la Mezquita-Catedral-, pero no el caminar de las imágenes por las calles de Córdoba, que se alargó hasta bien entrada la madrugada con el regreso a sus templos de los distintos pasos que fueron partícipes de una jornada grabada a fuego en el corazón de todos cuantos la disfrutaron.

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