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Jesús Ventura / ÁLEX GALLEGOS

1 de marzo de 2026 13:06 h

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El Puente Romano se ha convertido este domingo en el escenario de una emotiva marcha solidaria para conmemorar cuatro años de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania y doce años de conflicto armado entre ambas naciones. Por primera vez, el evento fue organizado íntegramente por la propia comunidad de refugiados ucranianos, quienes se congregaron para alzar su voz en un acto que combinó la música con una firme reivindicación social.

Más de una treintena de personas recorrieron el emblemático monumento portando varias banderas de su nación y coreando al unísono el grito de “Queremos paz para Ucrania”. Entre los momentos más simbólicos de la jornada, ha destacado la presencia de una niña que desfiló entre los asistentes luciendo unas alas en forma de corazón con los colores azul y amarillo, mientras sus compatriotas portaban el símbolo ucraniano.

Entre los manifestantes se encontraba Oksana, quien reside en Córdoba desde hace tres años y medio. Con evidente emoción, Oksana ha expresado a este periódico su profundo agradecimiento hacia España por la acogida recibida, aunque confesó la tristeza que sienten tanto ella como su hijo al estar separados de los suyos. “Mi familia vive en Ucrania; tengo a mi hermano y a mi madre allí. Gracias por todo, España”, relató, subrayando el pesar de no poder compartir una vida normal con sus seres queridos debido a la guerra.

El testimonio de Oksana sirve para analizar la realidad de un país marcado por constantes bombardeos y una grave crisis humanitaria. Según ha explicado, la situación es crítica debido a la falta de servicios básicos como agua y electricidad, lo que genera serios problemas con la calefacción. Esta precariedad se ha visto agravada por un invierno especialmente duro, con temperaturas extremas de hasta -25 grados centígrados que obligan a la población a subsistir con apenas una o dos horas de luz al día, acostumbrándose a una convivencia forzada con la tragedia.

A pesar de la distancia, la conexión de los refugiados con su tierra permanece intacta, manteniendo el contacto diario a través de llamadas y mensajes con quienes siguen en la zona de conflicto. Conversaciones para saber que, al menos, siguen viviendo en el mismo mundo, aunque no parezca así.

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