“Estos niños son parte de nuestra familia”: los 131 menores saharauis vuelven a casa tras pasar el verano en Córdoba
Pese a los más de 40 ºC que hacían en El Arenal, el calor era lo de menos. No se buscaba la poca sombra que hay en el Recinto Ferial, sino que parecía que hacía mucho frío. Mucho. Porque todas las familias buscaban ese último abrazo, ese calor que se convierte en amor. Después de dos meses, el grupo de 131 niños y niñas saharauis, de entre nueve y once años de edad, vuelven a su casa tras acabar su periplo en Córdoba bajo el amparo del programa 'Vacaciones en paz'.
Para poner en contexto y durante los meses de julio y agosto, la rutina de las familias de acogida se transformó por completo para brindarles una experiencia inolvidable. Los menores no solo disfrutaron de piscinas, playas y fiestas locales, sino que también tuvieron acceso a revisiones médicas de carácter oftalmológico, dental y auditivo. Estas consultas resultan fundamentales debido a las extremas condiciones climáticas y la falta de recursos en los campamentos de Tinduf. Tras semanas de intensa convivencia, ha llegado el momento de la partida, tiñendo el ambiente de una mezcla de profunda gratitud y melancólica despedida.
El regreso desde El Arenal
Nunca es fácil la vuelta a casa y más cuando ha sido un verano inolvidable. Aun así, son más de 100 niños y la logística se complica. El equipo técnico y de voluntarios de la Asociación Cordobesa de Amistad con los Niños y Niñas Saharauis (Acansa) trabaja pesando los equipajes desde por la tarde temprano. Cada menor carga con una bolsa de 25 kilos permitidos, repleta de juguetes, ropa y alimentos destinados a sus familias. No obstante, como bien apuntan desde la organización, el equipaje más valioso no se puede pesar: es el inmenso amor que se llevan grabado en el corazón tras dos meses de cuidados e integración absoluta en los hogares cordobeses.
Ana Ramos, presidenta de Acansa, ha destacado el enorme valor de estas jornadas y el papel que juegan los pequeños, a quienes define como “los mejores embajadores que tiene la causa saharaui”. Ramos ha recordado a los micrófonos de Cordópolis que estos menores no provienen de familias desestructuradas, sino que son refugiados que sobreviven exiliados en la dura 'jamada' argelina desde que Marruecos ocupó ilegalmente el Sáhara Occidental hace ya más de 50 años. Frente a las corrientes actuales, la presidenta ha recalcado que la acogida es “un fiel reflejo de lo que en realidad nuestra sociedad tiene que ir”, sirviendo de dique de contención contra los discursos de odio y el racismo.
Sin embargo, el adiós de este año es especialmente complejo para la asociación. “Hoy es un día complicado porque aquellos menores que vinieron en pandemia terminan su ciclo de 'Vacaciones en Paz'”, explica Ana Ramos. Al cumplir la edad límite, la gran mayoría de estos niños ya no podrán volver a viajar y deberán permanecer en los campamentos de refugiados. “Estos niños han crecido con nosotros, son parte de nuestra familia y, por lo tanto, un día como hoy siempre es duro”, confiesa Ramos.
Uno de los testimonios más notables de este fin de ciclo lo encarna la familia de Vanesa Sánchez, que acaban de despedir a Mohamed tras compartir con él cuatro veranos consecutivos. La marcha del menor ha dejado un vacío inmenso en el hogar, hasta el punto de que el marido y el hijo de Vanesa no pudieron contener las lágrimas al despedirse de él. “Para nosotros ha sido una experiencia increíble”, relata Vanesa.
A pesar del sufrimiento inevitable que genera la distancia, la familia Sánchez tiene claro que el esfuerzo y la pena valen la pena por la felicidad aportada al pequeño. “Yo lo trato como si fuera mi hijo”, asegura Vanesa, quien defiende que el programa cambia la vida tanto de los niños como de quienes los reciben. Aunque Mohamed ya no podrá regresar por haber cumplido la edad límite, la familia ya está pensando en el futuro con la firme intención de mantener el vínculo. “A ver si el año que viene podemos traer a algún familiar del niño”, proyecta.
Una realidad distinta es la que vive Carmen Córdoba, cuya familia despide este año a la pequeña Metu en lo que ha sido su tercer verano juntos. Carmen ha descrito a este periódico la experiencia como algo sumamente gratificante, aunque reconoce que los inicios siempre conllevan un periodo de adaptación mutua a las costumbres. La conexión alcanzada es tal que la propia Metu expresaba con inocencia sus sentimientos antes de partir: “Yo quiero ir, darle un besito a mi familia y luego volver”.
La implicación de Carmen con la causa va mucho más allá de los meses estivales, ya que ha viajado a los campamentos de refugiados de Tinduf durante dos años seguidos para visitar a la familia biológica de Metu, planeando repetir el viaje este mismo año si le es posible. “No tienen nada y te lo dan todo, tienen un corazón enorme”, describe sobre la hospitalidad saharaui en el desierto.
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