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El abrazo es sincero, largo y emotivo. A pesar de que hay testigos, Antonio y Prese expresan su afecto al verse. Llevan tiempo sin citarse para hablar y, en los últimos días, han concertado una reunión para ponerse al día. No tienen demasiado tiempo, Antonio tiene media hora antes de marcharse a recoger la metadona. Prese le ofrece un café y pasan a una sala.

Es un jueves cualquiera en la Asociación de Familiares y Amigos de Drogodependientes (Ariadna), ubicada en el barrio de Las Moreras, uno de los más pobres de España, donde la droga es, a la vez, una oportunidad y un castigo para sus vecinos, y donde ha vuelto a pasar sus días Antonio, que lleva un mes con el tercer grado penitenciario concedido.

El caso de Antonio (nombre ficticio) no es muy distinto al de los miles de presos que están a punto de cumplir íntegramente su condena y que, como él, sienten el vértigo de la libertad. Teóricamente, en unos meses, Antonio estará reinsertado. Habrá pasado casi la mitad de su vida en la cárcel y habrá cumplido la totalidad de su pena. En la práctica, Antonio salió hace un mes de una cárcel con barrotes y se encerró en casa de su pareja.

Ahora mismo vive en una cárcel con ventanas y puertas abiertas de la que ha decidido salir lo justo y necesario. Y no es una sensación tan extraña. Ángela, otra de las personas que pasan por Ariadna y que cumplió condena hace veinte años, pasó por exactamente lo mismo. La cárcel después de la cárcel.

El caso de Antonio: iniciar una nueva vida sin querer salir de casa

Tras el abrazo, el trabajo. Prese y Antonio están tomando un café y él le está contando qué tal le han ido las cosas en el último mes, el primero en libertad condicional tras haber pasado seis meses en una comunidad terapéutica para tratar sus problemas de adicción. Hoy, gracias a una pulsera, puede dormir con su pareja y moverse libremente por la ciudad, como esta mañana, en la que ha acudido a Ariadna a ver a la trabajadora social a la que conoce desde hace años.

El hombre que ha entrado abrazando con tanto afecto a Prese entró en la cárcel el 3 de febrero del año 1999, con 25 años, y aún no ha terminado la condena por una serie de robos con los que pagar el hábito. Como muchos otros, una vez dentro, fue sumando causas por delitos intracarcelarios. “Una vez entras, no siempre sabes cuándo vas a salir. La prisión es como la calle. Allí, los problemas te buscan y te los buscas tú también. Y dentro está lo otro, la droga. Se consume”, explica este vecino de Las Moreras, que accede a charlar con el periódico.

Al principio le tiembla la voz pero no pierde el contacto visual. Sus ojos son despiertos. Acaba soltándose. Cuenta que, en su camino hacia la recuperación, la clave ha sido ponerle voz a lo que tenía en la cabeza y en las tripas. “Hablar. Echar fuera las cosas que no había hablado nunca”, dice. Y comenzar a mirar a su entorno con otro prisma, empezando por los terapeutas, a los que dejó de ver como funcionarios de prisiones. Y así hasta cambiar el lenguaje. “La celda ya no era una celda, era mi habitación”, recuerda.

Yo ya no tengo amistades. Mis amistades son todas droga o cárcel

Antonio

Pasos que uno toma tras un rosario de pérdidas. En el caso de Antonio, la más grave dejar de ver crecer a su hijo, que tenía 3 años cuando él entró en prisión y que hoy tiene 29. Aunque también recuerda todas las oportunidades desperdiciadas. Aquellas otras veces que tuvo la condicional y volvió a acabar en prisión. Aquellas cervezas y rayas que se tomó, aquellas invitaciones que no quiso rechazar y aquellas veces que sí rechazó la oportunidad para ir a la comunidad terapeútica.

Hoy, Antonio tiene más libertad que hace un mes y, sin embargo, vive prácticamente encerrado en casa de su pareja. “No me siento todavía cómodo. Me agobio. Dependo demasiado de mi familia, para todo. Para cualquier cosa, necesito que me la hagan. Eso tengo que cambiarlo”, reflexiona Antonio, que ha salido de prisión “sin ninguna profesión ni ningún curso hecho”. “No puedo decir: Yo soy esto. Antes trabajaba en la Suzuki Santana, después fui a la Legión. Y de la Legión me vine muy mal con la droga”, relata, al tiempo que reconoce que toda su esperanza en encontrar trabajo pasa por una oferta de alguien conocido.

Aunque claro, aquí viene otro gran escollo. “Yo ya no tengo amistades. Mis amistades son todas droga o cárcel. Ésas han sido mis amistades”, señala Antonio, que añade que esta vez se ve “fuerte y con ganas”, y que es la única manera que tiene de afrontar la mirada de una sociedad que le juzga como alguien que “no vale nada”. “Hay que ir poco a poco, porque cada vez que he querido correr, me he vuelto a caer”, se dice Antonio a sí mismo antes de marcharse a por la metadona.

Objetivos cortitos y a corto plazo

“Ponte objetivos cortitos y a corto plazo. Puedes hacerte cargo de una o dos cosas a corto plazo, como por ejemplo la compra”, le recomienda Prese a Antonio. Han estado 40 minutos charlando sobre los problemas que acucian a Antonio en su nueva vida fuera de la cárcel, en la que una montaña de papeles por arreglar puede ser una montaña de ansiedad. Volver a la calle tiene mucho que ver con rehacer la imagen que tienes de ti mismo. Antonio lo sabe, por eso Prese le pide que sea él el que se encargue de las tareas burocráticas.

Antonio es sólo uno de los casi treinta presos en libertad condicional y/o tercer grado con los que la asociación Ariadna trabaja en su integración social. Es un programa que tienen desde hace 20 años y que tanto en 2020 como en 2021 ha recibido una subvención anual de 10.000 euros por parte del Ayuntamiento de Córdoba. Algunos, como Antonio se acercan a la sede, aunque un buen número reciben atención en el Centro de Inserción Social (CIS). Hasta allí se desplaza el integrador social de Ariadna, Manuel Sánchez.

En la sede de esta asociación también se trabaja con las familias, una parte esencial en la reinserción. Buena parte de este trabajo lo realizan Presentación Izquierdo (Prese), su compañera Ascensión Fernández, también trabajadora social, y el psicólogo Francisco Hernández. Son un equipo que, con los años y la experiencia, se han especializado en terapia para conductas adictivas e itinerarios de reinserción social. Porque, como queda bastante claro tras pasar una mañana con ellos, la adicción y la prisión es, muy a menudo, una ecuación indivisible.

Lo primero que se afanan en aclarar es que hay que trabajar para cambiar la propia noción de la adicción. Prese, por ejemplo, apunta que “la conducta adictiva es siempre una consecuencia”, mientras que Ascensión recalca que la imagen del adicto a las drogas o al alcohol está deteriorada. “Ahora se están dando casos de nuevas adicciones, como son la pornografía, el juego o las tecnologías”, indica.

Superar la conducta adictiva y caer en el “ya te llamaremos”

De todo eso puede hablar Ángela (nombre ficticio), que este jueves también se ha dejado caer por Ariadna para hacer terapia y contar su caso. Ángela es una joven cordobesa que pasó tres años en la cárcel por tráfico de drogas, entre 1998 y 2001. Adicta a la cocaína y la heroína, a la joven la pillaron como correo con 3 kilos de hachís y, por no delatar a nadie, acabó en prisión, de donde salió ya hace 20 años. A diferencia de Antonio, Ángela cuenta que dejó de consumir en cuanto entró en la cárcel. Desde entonces, hace ya más de 20 años, está limpia y no consume drogas.

Es la otra cara de la moneda. La de quien aprovecha su paso por prisión para superar su conducta adictiva. Ángela tiene hoy 43 años y no ha vuelto a recaer. Sin embargo, no ha conseguido tampoco encontrar un trabajo o un medio de vida estable. Ser mujer y expresidiaria conduce irremediablemente a una tasa altísima de rechazo laboral.

“No es fácil encontrar trabajo cuando sales de la cárcel. Todo es ‘ya te llamaremos’. Y tú sabes que no te van a contratar”, recuerda la mujer sobre una época, la inicial, en la que sintió que cambiaba para siempre la forma en la que era percibida. “Te discriminan, te rechazan como si fueras un bicho malo. Es una sensación muy rara y se pasa mal”, remata, aún reconociendo que, en esa sensación, puede haber mucho sesgo propio, producto de sus miedos e inseguridades. 

Claro que, al igual que Antonio, los primeros golpes llegan desde el entorno cercano. “De repente te das cuenta de que las personas que creías que eran tus amigos ya no están. Desparece todo. El mundo que me encontré cuando salí de la cárcel era totalmente distinto”, rememora ahora Ángela, que, paradójicamente, se sentía muy fuerte porque había logrado cumplir condena y salía de la cárcel limpia, algo que no todo el mundo consigue en su paso por la prisión. Hoy, 20 años después, sigue pensando que “las personas cambian” y ve a aquella joven que salió de prisión “como una campeona”.

La prisión ha formado parte de mi vida siempre

Ángela

Lo dice alguien que entró en la cárcel con dos hijos y que hoy tiene seis de varias parejas, y que, en estas dos décadas, ha trabajado de barrendera y limpiando, en su mayoría, al tiempo que ha seguido acudiendo a terapia para echar fuera todo el dolor. En estos momentos, Ángela vive en Las Palmeras con una vivienda social que consiguió tras años de lucha para obtenerla con el Ayuntamiento.

Aunque considera que su paso por prisión fue positivo (“Yo no sé si estaría aquí hoy mismo si hubiera pasado por allí”, dice), hoy tiene que acudir de nuevo todas las semanas a la cárcel. Aunque lo hace desde el otro lado de la mampara. ¿Por qué? Porque su hijo mayor está hoy cumpliendo condena por tráfico de drogas. Le queda un año más de coger el autobús hacia el penal de Alcolea para charlar con su hijo, intentar sacarlo de la cárcel y sacarle la cárcel de la cabeza.

“La prisión ha formado parte de mi vida siempre. Ahora cuando voy no me conmueve, no me hace llorar, no me pone triste. A veces pienso que no me puedo desprender de la prisión. Antes era yo y hoy es mi hijo, y siento que voy y vengo, como si se estuviera repitiendo la historia y tuviera que verla desde otro lado”, explica Ángela con una naturalidad que desarma cualquier argumento en contra de la cronificación de la delincuencia en los entornos marginales.

Un pie y medio en la calle y las dos manos en la cárcel

¿Cuándo comienza la reinserción? ¿Cuándo se activan los mecanismos mentales que llevan a un preso adicto a querer poner fin al círculo cerrado de calle-droga-cárcel? Manuel, que trabaja a diario con presos en tercer grado o condicional, dice que no hay un caso único. Cada persona tiene su propia epifanía. Algunos tienen un pozo sin fondo, otros despiertan y cambian de hábitos. Sí que se nota, no obstante, que cuando salen de prisión y pasan al CIS, con un régimen abierto, comienza a mejorar el comportamiento.

La clave para trabajar la reinserción, dice este integrador, es ser capaz de crear un vínculo y un espacio donde ellos sean capaces de sentirse libres para hablar de las cosas que han pasado y las que están viviendo en este momento. La esperanza en la reinserción para este experto es, por tanto, individual, persona a persona. “Esperanza en el sistema no tengo ninguna”, reconoce Manuel, que comprueba diariamente como los presos “no saben como volver a la vida” cuando ya tienen un pie y medio fuera de la cárcel. 

Tanto es así que no es raro el caso de quien, una vez cumplida la condena, expresa abiertamente su deseo de volver a prisión por no poder adaptarse a la vida en libertad. “De alguna forma encuentran seguridad en la prisión”, explica Francisco, el psicólogo de Ariadna. “Es donde saben desenvolverse, es su forma de vida. Cuando salen, han perdido todo vínculo con la sociedad y no saben vivir en la calle”, apostilla Prese. No obstante, todos se apresuran a aclarar que, aunque esto ocurre, no es lo común. La inmensa mayoría de los presos no quieren volver a ver la prisión ni en pintura y la idea del preso que delinque para volver dentro es residual y un tanto exagerada (algunos internos lo expresan, casi nadie lo cumple).

Cuando salen, han perdido todo vínculo con la sociedad y no saben vivir en la calle

Presentación Izquierdo Trabajadora social

Otro mito carcelario que la realidad desmonta: el de que en la cárcel hay más droga que fuera. Manuel aclara que en la cárcel por supuesto que hay droga, si bien, por su experiencia, la mayoría de los presos ven la prisión con una manera de quitarse de las drogas. Y por una sencilla razón: en la calle carecen de recursos y, sin embargo, dentro tienen ayuda para dejar de consumir.

“Muchos presos se quitan mientras cumplen condena y, cuando ponen un pie en la calle, vuelven a consumir”, relata el integrador social, que lamenta que la visión que tiene la sociedad de las adicciones está más vinculada al vicio que a la enfermedad o los problemas emocionales y mentales.

“Tanto fuera como dentro de prisión, el que consume es para protegerse. Del dolor y el sufrimiento, de las circunstancias, de lo que está viviendo y también de lo que está sintiendo. Y en la prisión más todavía, porque uno no se puede mostrar débil o tierno o bondadoso”, resume Manuel. En este ámbito, el psicólogo de Ariadna considera que, tanto dentro como fuera de la prisión, las adicciones como “un intento fallido de autoterapia”

Manuel, además, considera que el sistema penal español es excesivamente duro con los delitos por droga. “Es un sistema punitivista en el que quien la hace, la paga. Y punto. No hay alternativas diferentes para quien tiene un problema con la droga”, sostiene. Francisco añade que es muy común que personas que entran en prisión por delitos no violentos relacionados con la droga acaben cometiendo más delitos violentos en prisión y, de este modo, alejándose cada vez más una posible reinserción en la sociedad.

No hay vínculo, hay un desvínculo; la sociedad se desvincula de esas personas y de ese lugar

Manuel Sánchez Integrador social

Y, si difícil es para los presos recuperar el vínculo con la sociedad, más difícil parece ser reconstruir los lazos de la sociedad hacia los presos. “No hay vínculo, hay un desvínculo. Es lo contrario. La sociedad se desvincula de esas personas y de ese lugar. Antes las prisiones estaban en las ciudades, ahora las hemos sacado a las afueras”, reflexiona Manuel, que recalca que las variables para una reinserción sana son las mismas que necesita cualquiera para prosperar: “Salud, dinero y amor”. 

En este trinomio tiene mucho peso el papel de la familia, que no siempre esta suficientemente bien ponderado. “Muchas familias consideran que la droga es un vicio y que no lo dejan porque no quieren, cuando, en muchos casos, las adicciones son a veces un síntoma hacia el que se desvían conflictos familiares”, afirma Francisco, que apunta que, como la propia sociedad, las familias tienen una forma de afrontar las adicciones desde el castigo.

En el lado positivo de la balanza, todos los trabajadores de Ariadna creen que el sistema penitenciario español ha mejorado mucho y hoy es más humano. “Le queda mucho camino por recorrer, pero está cambiando el concepto y el trato a los internos”, afirma Ascensión, que añade que se está empezando a tratar a la población carcelaria “como personas y no como internos”. Y eso sí que puede ayudar a romper los barrotes de las cárceles mentales.

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