Angustias Molina, la memoria cordobesa que sobrevivió al bombardeo fascista de 'La Desbandá'

Entrevista a Angustias Molina, que vivió con su familia La Desbandá en 1937.

Angustias Molina tiene 86 años y vive en Córdoba desde los 4. Siendo una bebé de solo un año, en 1937, vivió junto a su familia uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil, 'La Desbandá', la huida de miles de personas de Málaga hasta Almería, asediados por el bombardeo fascista que desde el mar y por aire acabó con la vida de 5.000 de esas personas. En el recuerdo de Angustias está, primero el silencio de su familia sobre un episodio del que no se hablaba en casa y, más tarde, ya adulta, cómo descubrió que sus padres la cogieron a ella y a sus dos hermanos, a lomos de un mulo, y emprendieron la huida -hace ahora justo 85 años- para salvar la vida.

“Mis padres eran maestros en La Herradura (Granada). Allí nací yo”, explica Angustias, para apuntar cómo, con el tiempo, “oía contar a mi madre que tuvieron que salir corriendo en La Desbandá” que venía desde Málaga en dirección a Almería. “Con mi madre recién operada, conmigo con un año y mis hermanos con 3 y 5 años, huyeron”. Cuenta, también, cómo las miles de personas desplazadas -hay estudios que las cifran entre 150.000 y 300.000-, “asaltaban las casas en busca de comida para poder vivir”.

Huyeron entre el 7 y el 12 de febrero de 1937 de una Málaga que rebosaba de refugiados provenientes de media Andalucía. Se contaban por miles, en un reguero humano que huía del avance golpista y la ciudad se convirtió en un hervidero con una única salida: la línea costera que conduce a Almería y que resultó ser una trampa mortal. El ejército rebelde, al acecho, ejecutó junto a efectivos alemanes y tropas italianas un ataque indiscriminado contra la población civil, que fue bombardeada por los buques Cervera, Baleares y Canarias y ametrallados en vuelo rasante por los Heinkel que aportó la Luftwaffe o los Fiat CR32 de la aviación italiana.

A lomos de un mulo

Bajo esas circunstancias, desde La Herradura, la familia de Angustias llegó primero hasta Castell de Ferro, aún en la provincia de Granada, donde fueron acogidos por amigos, que “les proporcionaron un mulo” para que su madre y los niños fueran a lomos del animal. Y desde allí, llegaron a Adra (Almería), donde la mujer “tenía familia con la que se refugiaron”.

Para entonces, tanto su padre como su madre habían sido “destituidos como maestros” y no podrían encontrar ya nunca trabajo en la educación pública en manos franquistas. Además, “a mi padre lo cogieron prisionero, lo mandaron a la cárcel Motril”, cuenta Angustias. Y, mientras, su madre con los tres niños, “para comer, se fue a Granada en busca de su suegra, maestra ya jubilada y que tenía su pensión”. En la capital nazarí estuvieron un tiempo, mientras la madre de Angustias iba y venía a Motril, donde permanecía preso el padre, “hasta que lo enviaron al campo de concentración de La Granjuela (Córdoba)” y finalmente quedó libre a comienzos de los años 40.

Para entonces, Angustias con 4 años, sus dos hermanos y su madre, pudieron llegar a Córdoba, donde han vivido toda su vida. Aquí la Azucarera de Villarrubia fue su tabla de salvación. “La fábrica abrió una escuela para los hijos de los trabajadores y ahí se vino a dar clases mi madre”, rememora. Mientras, su padre, comenzó a dar clases privadas, muchas veces señalado por haber sido destituido como maestro.

El silencio sobre un episodio traumático

Y en su vida ya en Córdoba, fue cuando Angustias supo del traumático episodio que vivieron sus padres en La Desbandá, silenciado durante muchos años por quienes lo padecieron y por la historia oficial. “Durante años, mi madre no nos decía nada, no supimos nada de esa etapa”, dice. Pero Angustias, ya adulta y casada con José Quesada -un granadino al que conocía desde que ella tuviera 4 años y él 8-, quiso volver a La Herradura, su pueblo natal, en unas vacaciones. Y allí fue la primera vez que supieron la verdad.

“El dueño del hostal donde nos hospedamos, que había sido alumno de mi padre, nos habló del tiempo en que estuvieron allí y nos contó cómo tuvieron que echar a andar en La Desbandá”.

“Y de cómo, incluso, los chiquillos que iban con las familias huyendo, como nosotros, se lo pasaban bien. Ellos no sabían de qué iba aquello, viendo a los barcos. El Baleares, el Canarias....”, rememora sobre los nombres de los buques que veían en el mar y bombardearon en febrero de 1937 las vidas de miles de personas, vidas que los supervivientes como los padres de Angustias Molina reconstruyeron con su memoria, muchos años después.

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