Elena Lázaro


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He leído con preocupación el último informe sobre la evolución de los barrios de Córdoba, así que esta vez decido caminar hasta Cañero para ir poniendo el ojo y la oreja en las calles que separan mi barrio del que nos toca retratar. Nunca sabe una dónde puede estar la historia. Parece buena idea comprobar “in situ” -lo nuestro- esa sangría que al parecer están sufriendo los barrios históricos mientras se llenan las zonas residenciales que rodean la ciudad.

Recorro Almogávares, Marrubial, Avd. Barcelona y Libia, no cabe más casticismo en un paseo de una tarde casi asfixiante del final de la primavera. Ya sé que los datos son los datos y que no hay quien discuta que los barrios del siglo XX, con su hacinamiento, sus calles ruidosas de comercio local y estrechas aceras, no quedan igual en la foto de perfil que los impolutos residenciales del XXI, con sus bajos ajardinados, amplias aceras y mastodónticos centros comerciales; que no puede una lucir igual de importante en el todocamino aparcado en el descampado que sigue siendo la acera de los impares de la Ronda del Marrubial que delante de la última promoción con vistas a la sierra.

Que ya sé que los datos aseguran que la ciudad crece hacia el campo mientras se vacía en su centro, pero en mi paseo lo que veo son calles llenas, gente entrando y saliendo de los comercios, nada que ver con esas avenidas casi fantasmas de edificios repletos de personas aisladas en sus flamantes salones. Será que las gafas contra la presbicia no me dejan ver bien de lejos, pero veo más muertas aquellas zonas que los barrios que se supone que agonizan.

En eso pienso mientras bajo por la calle Pablo Ruiz Picasso. Bueno, en eso y en si debo nombrar o no a Cañero con el nombre que el movimiento memorialista no ha logrado borrar. Pues bien, un asunto y otro desaparecen de un plumazo al llegar a la Plaza y colocarme delante de la Iglesia de San Vicente Ferrer.

La historia in situ no hablaba de abandono de un barrio con 70 años de historia; tampoco del obispo que lo construyó ni el fascista que eligieron para nombrarlo.

La Plaza de Cañero por la tarde es un puro griterío de criaturas que corren detrás de una pelota, se lanzan globos de agua, escalan los naranjos, peinan muñecas, cambian estampas y chulean de bici nueva. Ahora que lo escribo sí que parece una historia del pasado, pero una vez descartada la posibilidad de ser parte de algún tipo de anomalía del espacio-tiempo, estoy segura de que lo que vi y escuché en Cañero aquella tarde de primavera fue la vida real.

En la vida real, Rubén va directo a pedir gusanitos, mientras su hermana Estrella emplea más de cinco minutos en analizar bien todas las posibilidades que ofrece un quiosco de chucherías para acabar decidiéndose por un polo flash ¿o era flan? (no lo sabe la RAE, lo voy a saber yo).

En la vida real un padre acude a secarle las lágrimas para que se levante tras caer de culo y pueda seguir chutando, por cierto, directo hacia la cabeza de una intrusa con boli y cuaderno sentada junto a rarito con pinceles.

En la vida real, las campanas tocan para llamar al rezo pero ni dios entra en misa.

En la vida real, Ana pide un euro para sacar una bola de regalo en una de las maquinitas de la heladería y su madre le grita con una acentazo colombiano la respuesta más cordobesa que se puede dar: “eso es un pego que no sirve para nada”. Si eso no es integración que venga la Unesco y lo vea.

En la vida real, María increpa a Adriana argumentando seriamente: “si eres de Segundo A ¿cómo te va a gustar un niño de Segundo B? Eso es imposible”.

En la vida real, también hay familias que crían a sus criaturas en una plaza al sol y no en una burbuja de nueva construcción.

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