Santa Rosa: una calle de pueblo con aires de ciudad


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Puedes recorrerla en apenas tres minutos. Al fin y al cabo caminar a lo largo de doscientos metros no exige mucho más y, sin embargo, no creo que nadie haya empleado jamás tan poco tiempo para llegar de un extremo a otro de la calle Santa Rosa. Con una densidad comercial que ríete tú de la Gran Vía, esta calle es el corazón, o más bien el motor, del barrio que asumió por metonimia el mismo nombre. Da igual por dónde se empiece a caminar, cada paso se refleja en un escaparate distinto componiendo un extraño ecosistema en peligro de extinción: el comercio de barrio.

Esta diminuta calle de sentido único resiste los embates de una crisis tras otra incorporando en sus dos aceras los cambios que haga falta añadir para sobrevivir. Esta calle cambió su cine de invierno por una tienda de ropa de importación china y el de verano por una oficina bancaria y un bloque de viviendas y locales construido en plena burbuja inmobiliaria. Una metáfora que llenaría páginas sobre cómo el capitalismo devora la cultura, pero que en Santa Rosa es apenas un recuerdo para nostálgicas como la que completa estas líneas, capaces de apreciar restos de la pintura amarilla del antiguo buzón de Correos en el cruce con la avenida de Cruz de Juárez. Aquel armatoste metálico en el que introducíamos nuestras cartas cuando narrarse la vida no era instantáneo ni pasaba por la pantalla de un teléfono.

He contado cuarentaiún comercios distintos y sólo cuatro locales cerrados. Aquí es posible comprar cualquier cosa. La mayoría de las tiendas son negocios familiares, algunos de ellos con más de cuarenta años en sus mostradores, como la panadería, el estanco o la ferretería. Y es esa diversidad la que ha permitido mantener su esencia sin vender su alma al diablo que hace ya tiempo que se instaló en mitad de la calle.

Santa Rosa es un zoco de barrio, ruidosa, coloreada por los tonos chillones de algunos carritos de la compra y perfumada por las tiendas de alimentación, las planchas de la tintorería, el horno de pan y, desde hace poco, el incienso de una herboristería. A esta calle le sale la vida entre las canas y arrugas de quienes la han habitado durante décadas y quienes llegados desde el otro extremo del mundo la han hecho suya, sumando colores y acentos a un barrio que nació también de la emigración. Gente que abandonó el pueblo para habitar la ciudad e hizo de Santa Rosa un barrio mestizo con costumbres de pueblo y aires de ciudad.

Quizás por eso no extraña el saludo desde el balcón de una vecina en bata a un vecino que cruza la acera. Quizás por eso no sorprende la naturalidad con la que los tendederos exhiben la ropa interior del vecindario. Quizás por eso conviven tan bien la modernidad del patinete y la bicicleta con las abuelas que cruzan la calzada temerarias empujando sus andadores con la bolsa de la compra colgada mientras se acerca el autobús. A ninguna de ellas se le pasaría por la cabeza ir hasta alguno de los dos pasos de cebra de los extremos de la calle para ir al otro lado. Ni a ellas ni a nadie que en su sano juicio entienda que esta calle es de quien la pisa, de quienes la habitan y no de quien la rueda o la rodea sin detenerse a disfrutarla.

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