Barrueco, escultor sonoro

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Manuel Barrueco es ensalzado por el público especialista del festival

El marco en el que se encuadra el festival y la oferta cultural y formativa del mismo hacen que sea especialmente atractivo para convocar un tipo de público muy específico: ecléctico en sus orígenes pero con un paladar de exigencia elevada. Un público a la altura de uno de los mejores guitarristas del mundo, Manuel Barrueco.

Comenzó el encuentro con su transcripción de la Suite VII en re menor de Weiss (originalmente para laúd). Una pieza barroca tocada con una maestría impoluta, una firmeza y una claridad de ideas tan sublime que parecía, por momentos, minimizar la gran dificultad intrínseca en este tipo de adaptaciones. Por si fuera poco, la endiablada velocidad con la que interpretó una intensa giga final, última danza de la suite, dejó palpable quién y con qué tacto se somete al polifemo.

Tras esta obra introductoria, Barrueco abordó otro titán de la música polifónica barroca: la Chaconne, de la Partita Nº 2 en re menor de Bach. Las difíciles escalas eran sometidas con la naturalidad de un funámbulo entre riscos de acordes y montañas de complejas armonías para descansar posteriormente en valles de mansedumbre, sensibilidad formal y coda. Los fuertes aplausos del público despertaron del sueño pero no rompieron el encantamiento.

Es muy difícil encontrar a alguien que sea capaz de ejecutar con la exquisitez que el maestro cubano posee las Variaciones sobre un tema de Mozart, Op. 9 de F. Sor. Escalas, arpegios y acordes clásicos; abundancia sin vacío sonoro; delfín policromado. Los asistentes se afanaron en devolverle el pulso mediante un aplauso entusiasta con el que se cerró la primera parte del recital.

Si durante la primera parte habíamos visto al Barrueco emperador, capaz de controlar con serenidad los múltiples desafíos de la polifonía barroca y las desencadenadas escalas clásicas, en el segundo acto tendríamos la oportunidad de disfrutar al Barrueco romántico interpretando tres autores españoles: Moreno Torroba, Turina y Albéniz.

De la Suite castellana (Moreno Torroba), fielmente ejecutada y sin excesos, destacó su último movimiento, Danza. Sencillo, frugal, ligero y una clara muestra de intenciones de esta segunda parte cuya introducción terminaba con intensidad para dejarnos en manos del fauno.

Las palabras son sombras describiendo el Fandanguillo de Turina que disfrutó el maestro. Sólo con música puede pintarse un paisaje que le haga su merecido homenaje. Expresivo con la humildad de su mensaje y timbre fielmente policromado nos llevó a través de Soleares hasta una desconocida y poco interpretada Ráfaga que comenzó fría para, paulatinamente, ir absorbiendo temperatura, restando aliento al público, acercándose al vértigo que únicamente con una técnica como la suya puede vencerse.

Albéniz empezaba a disipar las nieblas oníricas. Terrenal y humana fue su interpretación de Mallorca, una pieza sutil y genuina. Cataluña, transicional. Y Sevilla, la plaza del desquite donde de nuevo demostró por qué sigue siendo uno de los más grandes, uno de los elegidos.

Los gritos de júbilo y los aplausos con toda la sala en pie no tardaron en llegar y agradecido, Barrueco, nos regaló dos bises: el primero Cajita de Música de Tárrega, fábula de armónicos y escalas muy agudas, efectismo logrado; el segundo, Scherzo mexicano de Ponce. La sala volvió a ponerse de pie para despedir hasta la próxima vez al gran maestro.

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