Más de 500 personas se concentran en apoyo a los refugiados

Manifestación en apoyo a los refugiados en el Bulevar Gran Capitán | MADERO CUBERO
El Bulevar de Gran Capitán se convierte en el símbolo de la solidaridad con las personas protagonistas del éxodo masivo hacia Europa por los conflictos en sus países de origen

La foto del pequeño Aylan yaciendo en la playa ha conmocionado al mundo. Ha mostrado la realidad que sirios, afganos, nigerianos o eritreos llevan sufriendo durante años. Un drama humanitario al que la Unión Europea asiste impasible y endureciendo su política represiva. Por ello, y ante las últimas muertes de 11 refugiados sirios, Córdoba se concentró ayer para mostrar su apoyo a las miles de personas que tratan de encontrar en Europa refugio, protección y respeto a sus derechos humanos.

Las más de 500 personas que ayer se congregaron en el Bulevar de Gran Capitán manifestaron no querer vivir en “una Europa blindada, hostil e insolidaria con el resto de pueblos del mundo. Una Europa que primero provoca miseria y luego niega su responsabilidad ética, política, económica y social”. La tragedia de Lampedusa, cuando cerca de 400 personas murieron ahogadas, puso de relieve la necesidad urgente de una reforma de la política migratoria. Sin embargo, los estados miembros pusieron todos sus esfuerzos en fortalecer sus vallas y alambradas, en lugar de centrar el debate en la protección de los derechos humanos de las personas migrantes.

Los manifestantes, además, exigieron un cambio drástico y urgente de las políticas internacionales que aborde decidida y eficazmente las raíces de los problemas que obligan al éxodo masivo de tantas personas. Y aplaudieron la iniciativa del Ayuntamiento de unirse a la red de ciudades refugio propuesta por la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

El último informe publicado por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), el pasado mes de junio, recoge que Siria es el principal país emisor de personas refugiadas y con más desplazados internos. Líbano, Pakistán, Jordania, Uganda o Turquía ya acogen a centenares de miles de personas refugiadas, en algunos casos desde hace décadas. En 2014, en España tan sólo 5.947 personas demandaron asilo, el 0,95% del total de los 28 países que integran la Unión Europea. Una cifra muy inferior comparada con Alemania (202.645) o Suecia (81.180). Por provincias, Madrid fue la que atendió a un mayor número de solicitantes (1.861), seguida de Barcelona, Melilla, Valencia y Ceuta.

En Oriente Próximo, después de cuatro años de guerra civil, más de la mitad de la población siria ha tenido que abandonar sus hogares: tres millones y medio de personas refugiadas y seis millones y medio de personas desplazadas dentro de las fronteras del país. La guerra civil de Ucrania ha originado el primer gran éxodo de personas refugiadas en el continente europeo, hecho que no tenía lugar desde el fin de las guerras de los Balcanes. El conflicto que estalló hace un año ha provocado el desplazamiento de más de un millón de personas.

España ya sabe lo que significa la experiencia del refugiado, tal y como atestiguan los miles de republicanos que tuvieron que exiliarse tras la Guerra Civil. Esa población no tenía responsabilidades políticas o militares. Unas 465.000 personas que cruzaron la frontera con Francia para encontrarse con un país con una fuerte crisis económica desde 1930. El analfabetismo y la escasa cualificación profesional provocaron que gran parte de la sociedad francesa sintiera cierta repulsa hacia esos exiliados. Ante esta situación, el gobierno francés se mostró interesado en fomentar la repatriación a España o la re-emigración a países como México, Chile o República Dominicana, las tres únicas repúblicas americanas que aceptaron oficialmente a los republicanos españoles.

76 años después, la historia se repite. Pero España no es la protagonista de ese escarnio. Hoy, miles de personas intentan cruzar el Mediterráneo a nado o hacinados en embarcaciones para huir de un régimen –político o económico– que los oprime y los obliga a poner en riesgo sus vidas y las de sus familias. Sin embargo, al llegar a tierra –si lo consiguen– se enfrentan a una realidad aún más dura: la repulsa de los gobiernos, quienes los consideran una “lacra”. Ante estos calificativos, la CEAR propone elaborar discursos y difundir mensajes a favor de la convivencia a fin de erradicar los prejuicios xenófobos y racistas, y fomentar los valores de la hospitalidad, la solidaridad y el respeto a los derechos humanos.

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