Petardos: cinco ideas de negocio

Yo he visto cosas que ustedes no creerían. Los Jardines de Colón transformados en un parque del Londres mismísimo, difuminados entre una pared que niebla parece aunque niebla no sea, difuminados por el humo de un Puto Petardo del tamaño de un flamenquín de La Cigala del Sur.

He identificado a seres humanos aturdidos entre la nube blanca, abriéndose camino hacia la supervivencia. A seres humanos víctimas del apocalipsis, renqueantes, sus manos en sus oídos, protectoras, con la mirada teñida de venganza, oh todo tan malróller.

He visto los mejores cardados de mi barrio destruidos por los petardos, atemorizados, histéricos, confundiéndose la laca con la pólvora, arrastrándose del banco en el que charlaban hasta la esquina más alejada de los bárbaros.

He caminado por la Avenida de Libia con el pánico zarandeándome los tobillos.

He desconfiado de los grupos de niños y me he cambiado de acera para ahorrarme el dolor.

Nunca lo he conseguido.

Esto ocurre así desde que el mundo, big bang mediante, es mundo: los alcaldes dictan bandos con los que la infancia en concreto —y las personas en general— se envuelve el bocata de chorizo. He visto también, lector amigo, su almuerzo de Navidad, y se me ha anticipado de maya forma el gozo, ay, el gozo, de recorrer el camino entre la puerta de la casa de sus suegros y la puerta de su coche mismísimo escoltado por el sonido angelical de los petardos con los que el vecinito de abajo, ese niño tan majo que en las pasadas fiestas solicitaba su aguinaldo, ha decidido amenizar al barrio.

Porque vendrá la muerte y tendrá sus ojos.

No los ojos del niño que tira petardos. O sí.

Sí los ojos suyos en el retrovisor, mientras el Puto Petardo explota. O no.

Ante semejantes revelaciones yo he pensado en cosas. Yo he reflexionado: los petardos, la crisis. Ningún videojuego de matanzas gana a un Buen Puto Petardo asustando a un perrete. Ninguna paga del abuelo se emplea con mayor sabiduría, generación tras generación, que en un Buen Arsenal De Putos Petardos estratégicamente colocados sobre los excrementos de los perretes en cuestión.

Ahí he visto el futuro.

Ahí he visto yo oportunidades de negocio.

Por lo cual desgrano a continuación, sin coste para la comunidad, algunas de ellas.

1. Aprovechamiento del Espacio Ahora Conocido Como Naves de Colecor para la creación del primer petardódromo a escala planetaria. Cesión del mismo al ejército norteamericano de cara a la preparación de nuevas invasiones, con las consiguientes pernoctaciones aseguradas para el sector hostelero de la ciudad. Rueda de prensa de la asociación del ramo para exigir compromiso a las autoridades competentes, mientras se extiende una manita y se guarda la otra en el bolsillo.

2. Adición del undécimo punto al listado "Córdoba 10", decálogo de altura mítica y base tan real como la respuesta automática el salmorejo no está pasado, es que aquí lo hacemos fuertecito. Bautizo del mismo como "Córdoba Petarda", y desarrollo relativo a una forma de Expedientes de Regulación de Empleo que resulta indolora, incolora, inodora e insípida: acumulación de petardos en el centro de trabajo y explosión de los mismos en cuanto las previsiones del futuro siglo intuyan un mes de pérdidas. Entrega a los familiares de una caja con extremidades para el recuerdo.

3. Conversión de la Península de Miraflores en un homenaje a la Comunidad Valenciana, sus tradiciones y su cultura. Posible petardódromo alternativo en el Espacio Antes Conocido Como Centro De Creación Contemporánea De Córdoba Y Ahora Conocido Como Espacio Andaluz De Creación Contemporánea Y Mañana Dios Dirá. Encargo a Santiago Calatrava de otro proyecto para el centro de congresos. Instalación de una placa, donada por los joyeros cordobeses y realizada con materiales provenientes de los numerosos establecimientos que bajo el rótulo Compro oro se multiplican en nuestra ciudad; placa de tamaño Ojo-del-Califa y que, con la inscripción MONUMENTO AL DESPILFARRO, se colocará junto al avión cultural.

4. Elevación hasta los altares de la UNESCO de la propuesta de inscripción del uso y abuso del petardo como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en liza —¿los aprobaron o no?— con los Diablos Danzantes de Yare (Venezuela).

5. Inserción del Puto Petardo en cualquiera de los orificios corporales del niño o adolescente o adulto borracho —los petardos, como Soberano, también parecen ser cosa de hombres— que lo lance. Encendido colaborativo del mismo, rollo alumbrado, con concejales y niñas de barrios por los que el autobús finge pasar cada media hora cuando en realidad se zampa sus buenos cincuenta minutos de espera en la marquesina, y sin panel de control que valga. Aprovechamiento del mismo para un nuevo espectáculo de luz, color, sonido, alma, corazón y vida que recabará turistas para la ciudad. Ofrecimiento de gestión del mismo al Cabildo Catedralicio.

Al respecto: «explota, explótame, expló» (Raffaella Carrà).

Háganse.

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23 de diciembre de 2012 - 07:00 h
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