Coherente

Despedida de Julio Anguita | MADERO CUBERO

Nunca voté a Anguita ni nunca lo votaría, pero siempre fue un tipo a tener en cuenta, alguien a quien escuchar y de quien aprender. Siempre se dijo de él que era el mejor político de su época, pero en el partido equivocado, y que hubiera sido un gran presidente a no ser por el pequeño detalle de que era comunista. Así vivió y así murió, adornado con la bandera de su partido hasta el último viaje al crematorio. Siempre fue un verso suelto, pero siempre fue coherente.

La coherencia es uno de los rasgos fundamentales del líder, porque las personas necesitamos seguir a referentes que predican con el ejemplo y muestran un alineamiento perfecto entre sus palabras, sus actos y sus pensamientos. Por eso se echa en falta tanto el liderazgo entre los políticos actuales, porque son una veleta constante al viento de los sondeos, generando sombras de desconfianza a izquierda y derecha. La hemeroteca mata a todo el incoherente, pero a Anguita nunca se le pudo pillar en un renuncio porque tenía clarísimo a lo que jugaba. Tanto que nunca se alejó de su doctrina aún a sabiendas de que él mismo se estaba poniendo techo. Ni una pose fingida ni una palabra fuera del discurso. El que quiera, que lo siga. Así de fácil.

Sólo con eso se ganó el respeto, siempre mayor en cantidad que los votos. Fue una constante en su vida política, porque aunque no estuvieras ni de lejos de acuerdo con su ideología, su carisma, inteligencia e intelecto eran innegables. "Programa, programa, programa", decía hasta el hastío a quien quisiera escucharle, más de los que parecía, pero sin peso ni presencia. Tanto que una absurda ley electoral que nadie quiso no quiere tocar dejó su mejor resultado (dos millones de votos) en apenas 21 escaños en 1996, el mejor resultado comunista hasta que sus herederos de Podemos saltaron la banca 20 años después.

¿He dicho herederos? Perdón, se me ha escapado. Ha sido un lapsus. Anguita era comunista con todas las consecuencias, y fue coherente hasta el fin en todas y cada una de las decisiones que tomó. Como él mismo reconoció, murió con su pensión de 1.800 euros de profesor en el Blas Infante, un Seat León y  un viejo ordenador. "¿Para qué quiero más?", se preguntaba años antes de morir, predicando con el ejemplo antes de que los nuevos comunistas de diseño, chalet, sueldo oficial y familia enchufada usurparan la hoz y el martillo envueltos en la bandera del populismo más casposo, enterrando de paso toda la honra y coherencia que Anguita cultivó durante décadas.

El comunismo es un error, una fallida anomalía histórica y un anacronismo fatal. Utópico sobre el papel e inviable en la práctica, el sistema que más muertos ha dejado en el siglo XX sólo sobrevive en parques temáticos como Corea del Norte o Cuba víctima de sus propias incoherencias, de esas de las que Anguita huía como de la peste. Comunistas de boquilla eran los franceses de la Gauche caviar, que paseaban con el Liberation bajo el brazo camino del l’aperitif, porque una cosa es ser comunista y otra gilipollas, ya que el jamón le gusta a todo el mundo. Así le fue al otrora poderoso e influyente Partido Comunista galo, hoy perdido entre la indiferencia.

No hay que irse tan lejos, porque aquí en Córdoba también había ejemplos de mayúsculas incoherencias prosoviéticas. Para los periodistas era cita ineludible la recepción de Feria de los lunes por la noche en el Rincón Cubano, donde antes de que los mojitos corrieran en cascadas sonaba el clásico ¡A las mariscadas!, mientras los camaradas competían en el noble arte de pelar langostinos y chupar cabezas. Allí no faltaba ni gloria (ya quisieran los pijos del PP llegar a ese nivel…) en los mejores años de Rosa Aguilar, repartiendo besos y abrazos populistas en la bonanza previa a la crisis y a su propia conversión al socialismo. Todo servido por camareros que, dicen las malas lenguas, se habían convertido repentinamente al marxismo leninismo a la espera de algún regalito municipal cuando se acabara la tarea en el albero.

No esperasen a Anguita en ninguna de esas. Seguro que no le gustaban, como seguro que se lo comerían los demonios al ver en lo que se ha convertido su partido y su ideario, cómo los nuevos comunistas de moqueta y coche oficial han reducido su discurso en un tuit y una soflama, en una parodia progre de una bella e inalcanzable utopía…

Nunca le conocí, pero su muerte me ha retrotraído a mi infancia, porque Anguita fue mi primer alcalde, con él conocí lo que significaba esa palabra. Recuerdo los paseos con mi padre por el Bulevar de Anguita mientras encontraba una solución a los restos encontrados; su amor por Córdoba y su sentido de Estado; sus encendidas reacciones a los atentados de ETA en los años del plomo (¡ay!, ¿qué pensaría al ver el compadreo de Podemos con Bildu…?) o verlo tras un paso en Semana Santa porque la admiración por el arte era compatible con el ateísmo. Y sobre todo, recuerdo su coherencia. Nunca le votaría, pero siempre tendrá mi respeto.

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18 de mayo de 2020 - 09:50 h
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