La gente guapa estuvo en Córdoba

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Alcanzaba el Sol una posición alta en plena tarde, a eso de las cinco, y la treintena de grados daba un sudorcillo brillante a las frentes, eso que Ruiz Quintano llama el "calor omeya". Don Álvaro Domecq apuraba el gintonic apoyado, desde la silla, en la pared de La Marquesa, y el sombrero cordobés le daba el aire grave de una institución. Fuera esperaban mientras los excluidos por la distancia de seguridad y los aforos reducidos, tipos sin copa, desarmados sin revólver en el saloon, que verían la corrida totalmente sobrios, a media hora para que empezara. A uno de los parroquianos lo echaron una vez dentro, y yo solo pensé en la excusa que le pondría a la mujer por llegar tan pronto.

No había antitaurinos ni los medios de comunicación que los cubren, y más de uno contento por no tener que desempolvar los porqués enrevesados de algo tan fácil como una afición. El ambiente habitual del clavel y el puro y del chaval en náuticos con camisa hortera de coderas, vestido como de comunión en Utrera, quedaba en segundo plano ante la presencia de la gente guapa, tan de Umbral, despreocupada, ociosa y con ánimo peregrino. Venidas de muchas partes, alguno se bajaba la mascarilla al paso de las más patifinas, que dejaban en el ambiente la fragancia dulce e intensa de la geometría perfecta de la belleza.

Se consumía la expectación en los aledaños de la plaza, si bien descafeinada de personas, la falta de costumbre pandémica hacía vibrar el recuerdo de que hubo un tiempo en el que formábamos una comunidad. Cayetana Álvarez de Toledo, escoltada por Emilia Landaluce, era el photocall andante de esa España indecisa entre el PP y Vox. Si, ya en la plaza, era fácil divisarla desde cualquier parte del tendido, la blusa roja en la barrera era una baliza para el espectador. Por si alguien no se había dado cuenta de su presencia, Morante se encargó de brindarle un toro, quién sabe si en acto de partido, para despejar cualquier duda de que la rubia díscola y aristocrática del PP con acento porteño allí estaba.

Una vez escuchado el himno nacional, el paseíllo rompió con responsabilidad, desde los dos matadores que se batían el cobre hasta Kike Paellas, la joven promesa de los areneros, que celebró entusiasmado la faena al quinto. Juan Ortega, torero clásico de esta nueva generación de matadores con carrera, justificó su presencia y su cartel de torero revelación de la temporada con el capote, replicando con personalidad por lentas verónicas un quite al torero de la Puebla; que sacó la casta de figura del toreo para justificar el precio de la entrada, del hotel y del AVE.

El evento rompió el tedio de una ciudad en pandemia en la que no pasa nada. Algo Springfield. La gente guapa cenó algo y volvió a su casa.

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15 de octubre de 2020 - 10:26 h
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