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La leyenda del rival: Jesús Diego Cota

Redacción Cordópolis

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“Los periodistas se reían de mí cuando les decía que vería al Rayo jugar en Europa. Pagué un precio muy alto, pero no lo cambiaría por nada. Disfruté fuera del terreno de juego de esa experiencia como un aficionado más. Ver al equipo de mi barrio en Europa fue algo increíble”.

Quien dijo eso palabras recordando el único periplo en UEFA del club vallecano fue Jesús Diego Cota. Tal vez no el jugador de más calidad que haya vestido la camiseta rayada –ese honor podrían atesorarlo goleadores como Fernando Morena, Hugo Sánchez o Toni Polster-, pero sin duda el más carismático de esta entidad que ya tiene 91 años de historia. Su gran capitán.

Cota jugó casi toda su carrera de lateral diestro. Comenzó en el C.D. Albufera hasta que recaló en la cantera del Rayo. En el 85 se estrenó como internacional sub-21 en un torneo en Toulon. Su buen hacer motivó su debut con el primer equipo, en Segunda y durante la temporada 87-88, de la mano de otro mítico de la entidad como Felines. Empezó de suplente de Zapatera y al año siguiente se coronó como titular indiscutible actuando de interior diestro y destacando (anotó dos goles en 32 partidos) entre un grupo que logró el ascenso a Primera. Militaban en ese Rayo futbolistas como el hermanísimo Hugo Maradona y el añorado Cunningham.

“He vivido de todo. Ascensos, descensos, constantemente… pero lo más importante para mí ha sido el formarme como persona en este club”, apostilló Cota en una entrevista no hace mucho. Por eso, después de aquel ascenso del 89, afrontó con naturalidad el primero de sus descensos, como colista ‘destacado’.

Conservó la titularidad durante las dos siguientes campañas, tanto con Eusebio Ríos como con Camacho. De la mano del de Cieza logró Cota su segundo ascenso a Primera. Ya es por aquel entonces el Rayo una S.A.D. y lo gobierna la familia Ruiz Mateos. En la 92-93, compartiendo vestuario con Paco Jémez, Polster y Visnjic, conquistó el lateral su primera Champions: es decir, el Rayo se mantuvo, acabando la liga en el puesto catorce. Sobresalió en esa plantilla el carismático cancerbero nigeriano Wilfred, fallecido hace unas semanas. Cota le recuerda así: “muchas veces me decía: 'Cota, pareces mi padre'. Sí, es verdad. Siempre estaba a mi lado en las mesas comiendo, estuvo en mi despedida de soltero, me enseñó su primer coche y estuve tratando de traerlo con los veteranos para jugar. Era una de las personas más buenas y nobles que he conocido en el mundo del fútbol”.

Con David Vidal descendieron de nuevo Cota y su Rayo en la 93-94. Los 16 tantos de Hugo Sánchez no fueron suficientes para evitar la promoción, que perdieron ante el Compostela. Podría haber conseguido, seguro, un contrato otro club en la élite el ya consolidado y experimentado zaguero (promediaba más de treinta partidos por año), pero prefirió unir su suerte a la del equipo de su corazón. Y así, volvió a gozar de otro ascenso un año después. Cota compartió esa campaña el costado diestro del Rayo junto a otra leyenda del club, Ángel Alcázar.

De vuelta a Primera, a pesar de contar con jugadores de mucha calidad –Abel, Barla, Aquino, Ghillerme…-, el Rayo está a punto de caer presa de la inestabilidad (hasta cuatro técnicos ocuparon el banquillo). Se salvó in extremis en el minuto 81 del partido de vuelta de la promoción ante el Mallorca con un golazo de vaselina de Onésimo.

El destino volvió a medir al Rayo de Cota y al Mallorca en la promoción del año siguiente, pero esta vez la suerte cae del lado balear. Allí estuvo el capitán, viendo desde el banquillo –fue sustituido en el minuto 61 del choque de vuelta en Vallecas- cómo su equipo caía. Y llorando, claro.

Cota era ya por aquel entonces un treintañero bregado en mil batallas. El Rayo volvió a subir después de una temporada de transición en el año 99, venciendo con autoridad al Extremadura en otra promoción. El entrenador de los vallecanos era Juande Ramos, el de los extremeños Rafael Benítez. Y Cota, por supuesto, titularísimo en ambos partidos.

Llegamos a la 99-00. Cota formaba parte de la defensa que guarecía habitualmente la meta del mítico Kasey Keller junto a Alcázar, Llorens y Jean-François Hernández. El gran capitán jugaba de central. Durante unas semanas, el Rayo ocupó un rol extraño. Fue líder en Primera, al vencer consecutivamente en las cuatro primeras jornadas a Atlético, Mallorca, Real Sociedad y Celta. Contaba con el segundo presupuesto más bajo, pero la mano de Juande y la unidad de una plantilla comprometida consiguió que al final de la campaña alcanzaran el noveno puesto. El mejor de la historia de la entidad hasta ese momento (registro superado el año pasado Paco Jémez).

Cota y todo el rayismo cruzaron los dedos. El nombre del club franjirrojo había entrado en el bombo en el que la UEFA decidió premiar al final de esa campaña el juego limpio. Hubo suerte. Por fin la franja iba a pasear su orgullo por el continente… pero Cota no iba a poder participar de esa fiesta. “¿Cómo vas a jugar la UEFA con el Rayo?” Esas palabras le tuvieron que resonar en la cabeza al capitán el 24 de agosto de 2000, cuando partió su tibia contra el jugador del Constel-laciò andorrano Jonás. Era el partido de vuelta de la ronda previa de esa competición. El Rayo logró merced al 0-10 de la ida y el 6-0 de ese choque en Vallecas la mayor goleada de un club español en el continente. Pero Cota no iba a poder jugar más partidos de ‘su’ Mundial –si mantenerse era ganar la Champions, jugar en Europa no debía ser menos-. Como un rayista más siguió los partidos ante Molde, Viborg, Lokomotiv, Girondins y Alavés.

Después de todo un año en blanco y a pesar de tener ya 34 años, Cota tuvo fuerzas para volver a jugar. Con el Rayo, claro. Y de vivir un 1-3 al Atlético en Copa –que, aunque estuviera en Segunda, era el Atlético-. Y de disfrutar de otros nueve partidos más en esa 2001-2002 en la que se despidió del fútbol profesional. Su último encuentro fue ante el Celta, un 11 de mayo. Dejó al Rayo por cuarta campaña consecutiva en la élite (era la primera vez que lo lograba). Esa tarde se fue junto a otra leyenda como Alcázar. Ambos fueron sustituidos durante el partido y aclamados por la grada. Ambos no estaban de acuerdo con sus directivas. Ambos habían sido fieles a sus sentimientos hasta el final de su vida deportiva.

411 partidos –ninguno ha jugado más con el Rayo- merecieron el reconocimiento de la actual directiva, que le otorgó a Cota el año pasado la insignia de oro del club durante las celebraciones de su noventa cumpleaños.

Pero Cota no se marchó de Vallecas. Ni mucho menos. Montó un restaurante que luce su nombre en el propio recinto del campo y que cada fin de semana es escenario de debates futboleros y rayísticos. Y Cota, como seguidor y vallecano, no se corta al expresar su opinión sobre política. Como sobre el tristemente famoso desahucio de su vecina Carmen: “es como un atraco a mano armada; sólo les falta el pasamontañas”. El Rayo ayudó a la señora y Cota lo entendió porque “somos un barrio que abre los brazos a todo el mundo. Todos estamos viviendo una mala situación y para algunos es crítica. Gente normal, trabajadora, en la que nunca pensarías, buscando en los cubos de basura, viviendo en la calle”. Cota ahora no se muestra indiferente a la situación de su entorno, “pero claro, no eres Dios y no puedes dar más de sí. A quien le corresponde ayudar es al Gobierno, pero está todo tan podrido...”

Es la historia y el presente de Cota. Uno de los últimos ‘one-club-man’ de España. La enseña y el orgullo de un club de barrio. Ejemplo y cuento vivo con un modesto final feliz. Con un gran final feliz.

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