El arma secreta
Las redes sociales, diseñadas en principio desde el buen rollito para “conectar y entretener” a la humanidad, se han transformado en la herramienta de desinformación y asedio político por antonomasia. Facebook, Instagram, WhatsApp y X —antes Twitter— han dejado de ser “pasatiempos” para convertirse en el campo de batalla donde se libran las guerras electorales en la actualidad.
En este artículo quiero describir las tripas de esta bestia que parece que no terminamos de entender muy bien.
Primero algo de historia. El pistoletazo de salida de esta nueva realidad se remonta a 2016, cuando dos pepinazos sacudieron occidente: la victoria que nadie esperaba del Brexit en el Reino Unido, y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. En el centro de ambas campañas se encontraba una empresa; Cambridge Analytica, y un método, el análisis masivo de datos. Según reveló entonces en primicia la revista suiza Das Magazin, tanto los partidarios de la salida de la UE, como la campaña de Trump utilizaron los servicios de esta por entonces misteriosa compañía. La empresa, dirigida por Alexander Nix, empleó una aplicación de Facebook llamada MyPersonality, que recopilaba datos sobre la psicología de los usuarios con una precisión asombrosa; podía determinar la raza con un 95% de acierto, las preferencias políticas con un 85% y la orientación sexual con un 88%.
El pastel se descubrió en 2018, cuando se reveló que Cambridge Analytica había accedido a los datos de hasta 87 millones de perfiles de Facebook sin el consentimiento de sus usuarios, utilizando esa información para elaborar perfiles psicológicos y enviar propaganda política hiperpersonalizada. El documental de Netflix “Nada es privado” lo explica muy bien por si queréis profundizar. En el proceso de análisis salieron datos muy curiosos como que al votante medio de Trump le gustaba el género Z, y metían millones en publicidad en los intermedios de The Walking Dead y similares. El objetivo no era convencer a los indecisos, sino explotar los miedos y prejuicios de del aproximadamente 15% de los votantes a los que llamaban “the persuadibles” para tratar de inclinar la balanza y conseguir lo que nadie esperaba. Como admitió el propio creador del método, el psicólogo Michal Kosinski, “solo he mostrado que la bomba existe”. Las consecuencias de esta fueron leves para sus ejecutores: Facebook recibió una multa récord de 5.000 millones de dólares en Estados Unidos y otras sanciones en el Reino Unido. Peccata minuta. Las consecuencias para los que recibieron el bombazo EEUU, UK y Europa, fueron y siguen siendo, incalculables.
Pero ¿cómo se cocina esto?. En el referéndum del Brexit, la campaña oficial Vote Leave gastó más de 2,7 millones de libras en anuncios segmentados en Facebook, una barbaridad para la época, creando 1.433 mensajes diferentes dirigidos a grupos específicos de votantes. A los amantes de los animales se les mostraba un mensaje; a los votantes mayores, otro con eslóganes de los 350 millones semanales que se fundía el sistema nacional de salud (NHS); y a los jóvenes, otros con promesas de “futuro más brillante y libre” lejos de los malvados reguladores de Bruselas. Estos anuncios fueron vistos más de 169 millones de veces. La Comisión Electoral británica determinó que Vote Leave había violado la ley electoral al colaborar con otra organización para eludir los límites de gasto.
Cambridge Analytica fue el primer caso de éxito del arma de manipulación masiva podrían ser las redes sociales, y se abrió la veda. En 2022 Elon Musk se gasta 44.000 millones de dólares en comprarse Twitter y ponerle un nombre siniestro, y también en 2022, Donald Trump se gasta los cuartos en crear Truth, su propia red social y empieza a hacer ojitos a Musk, preparando ambos su próximo asalto. Las presidenciales de 2024. En esos años también se produce la verdadera y más acojonante transformación en el contenido de las redes sociales con el impulso y auge de la nueva chica del bloque; la IA generativa.
En 2024 una oleada de deepfakes —videos, audios e imágenes falsas creadas con IA— inundó las campañas de medio mundo. Desde la parodia de Kamala Harris que el bueno de Elon Musk difundió a sus 192 millones de seguidores en X, hasta el audio manipulado del presidente Biden instando a los demócratas de Nuevo Hampshire a no votar en las primarias, la frontera entre lo real y lo ficticio se ha difuminado por completo.
El propio Musk, amo y señor de X, se ha destacado como uno de los principales impulsores y practicantes activos de esta desinformación. Un análisis del Centro para Contrarrestar el Odio Digital reveló que las afirmaciones falsas y engañosas publicadas por Musk sobre las elecciones de 2024 acumularon más de 2.000 millones de visualizaciones. Tras anunciar su apoyo oficial a Trump en julio de 2024, los mensajes políticos de Musk en X generaron más de 17.100 millones de visitas, el doble que todos los anuncios políticos pagados en la plataforma durante el mismo período. Musk transformó X en su propia máquina personal de “enmierdación” política, compartiendo afirmaciones falsas sobre inmigrantes indocumentados que votaban en masa, teorías conspirativas sobre el “virus de la mente woke” y advertencias sobre el colapso del país si no se materializaba bajada masiva del gasto público. Para sanidad no había pero para comprar centros de datos y misiles tomahawk sí.
En paralelo, el virus trascendió a Estados Unidos y Reino Unido y la técnica se expandió. En Brasil, la desinformación fue una estrategia clave en la victoria presidencial de Jair Bolsonaro en 2018. Un análisis reveló que el 56% de las imágenes políticas más compartidas en WhatsApp durante el período electoral eran engañosas, y la gran mayoría favorecía al candidato de extrema derecha.
En la India, WhatsApp se convirtió en un hervidero de bulos durante las elecciones generales de 2019 y 2024, con mensajes virales que difundían afirmaciones falsas sobre el proceso de votación y que, en algunos casos, provocaron hasta violencia física. En Filipinas, las elecciones de 2025 han sido controvertidas por lo que los legisladores han calificado como una “armamentización de la desinformación”, con redes coordinadas de cuentas falsas que apoyan al expresidente Rodrigo Duterte. Un estudio reveló que hasta el 45% de las conversaciones sobre las elecciones estaban siendo impulsadas por perfiles falsos, bots y avatars.
Méjico, Colombia, Argentina y otros países de América Latina también han sido escenario de este fenómeno. En las elecciones mexicanas de 2021, los grupos de Facebook actuaron como “cebo” para atraer a los usuarios a chats de WhatsApp y Telegram, donde la desinformación circulaba sin regulación. En Colombia, los discursos de “post verdad” y desinformación estuvieron incrustados en la comunicación pública durante las elecciones presidenciales de 2022, con políticos y empresas afines recurriendo a contenidos falsos para generar respuestas emocionales en los votantes. En algunos casos, como el de Javier Miley, ya no lo usa sólo para ganar elecciones, sino también para vaciar los bolsillos de sus incautos seguidores cripto bros participando en un timo “pump and dump” de manual con la moneda recién creada a tal efecto Libra. Dios los cría y ellos se roban.
Para mí el caso más extremo del uso de las redes sociales como arma política de impacto vuelve a tener de protagonista a Donald Trump y se produjo tras las elecciones de 2020 en Estados Unidos. Según el informe del fiscal especial Jack Smith, Trump utilizó Twitter, como altavoz de enmierdación y pataleo tras haber perdido las elecciones contra Biden. Trump difundió afirmaciones falsas sobre un supuesto fraude electoral masivo, atacó a funcionarios y jueces que no respaldaban sus mentiras, y movilizó a sus seguidores para la concentración del 6 de enero en Washington D.C.. “¡La gran protesta en D.C. será el 6 de enero. ¡Estén allí, será salvaje!”, tuiteó Trump el 19 de diciembre de 2020. Allí que se plantaron buena parte de sus seguidores, algunos disfrazados con cuernos de toro. Sería hasta gracioso si no hubiesen fallecido 9 personas en el evento. Así se las gastaba nuestro amigo Donald.
La respuesta de las propias plataformas ha sido, en el mejor de los casos, ambivalente. En 2020, Facebook implementó medidas extremas de moderación que redujeron a cero las visualizaciones de contenidos falsos durante las elecciones. Osea que poder se puede. Pero en 2024, ya con Trump empujando fuerte, la empresa cambió de rumbo. Su presidente de asuntos globales, Nick Clegg, reconoció que habían “cometido demasiados errores” al limitar contenido inofensivo y castigar injustamente la “libertad de expresión” de demasiada gente. En enero de 2025, Mark Zuckerberg anunció el fin del programa de verificación de datos externa en Estados Unidos, reemplazándolo por un modelo de “Notas Comunitarias” similar al de X. Ambas se han convertido a día de hoy en auténticas zahúrdas de mierda como ya comenté en este artículo.
En 2026 esto ya es un despiporre, Musk está desbocado pegando collejas a todo dirigente europeo que se precie y se ha enzarzado hasta con Irene Montero, Trump está amenazando en destruir civilizaciones “en una noche” desde su propia red social, y la plaga de voceros y caponeros de los “persuadibles” copan ya otras plataformas como YouTube, Instagram o TikTok con lo que la panda de borregos exaltados sigue creciendo. ¿Hasta cuando va a durar esto?¿Alguien va a hacer algo? ¿Cuál será la próxima? ¿Lo de que un bufón chalado como Donald Trump haya llegado a presidente de los Estados Unidos y esté amenazando con tirar bombas atómicas no es suficiente?
Las redes sociales no son un juguete, ni un pasatiempo, ni una broma de mal gusto. Son un peligro y un arma de destrucción masiva que se va a cargar nuestro mundo tal y como lo conocemos, o al menos nuestras democracias si alguien no hace algo YA.
Sobre este blog
Javier Jiménez (Córdoba 1976) es un empresario cordobés con más de 25 años de experiencia en los que ha iniciado proyectos de todo tipo en diferentes sectores. Futurista empedernido y adicto a la búsqueda y desarrollo de oportunidades y alianzas estratégicas tanto en el ámbito nacional como internacional. Un líder creativo y optimista con excelentes habilidades para el desarrollo de productos innovadores y mercados basados en tecnología. Actualmente dirige la empresa Grayhats en la que hace consultoría estratégica y de ciberseguridad.
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