El tapón

Hace ya muchos años asistí a mi primera asamblea de trabajadores. Como trabajador, no como periodista. Se votaba un nuevo convenio colectivo. Casi todas las manos se alzaron menos la de un compañero que pidió la palabra y me señaló. Yo apenas tenía 23 años y empalmaba contratos de sustitución. Venía de ganar 50.000 pesetas al mes llevando las cuentas de una cooperativa y aquellos con aquellos 1.000 euros me veía como el tío Gilito. Pero el compañero me señalaba y me decía que ese convenio estaba muy bien para todos los que habían levantado la mano, pero que a gente como yo los condenaba a ser mileuristas perpetuos. Mileuristas. Cómo se llegaron a echar de menos a partir de 2010.

Josep Sala i Cullell ha escrito un libro revolucionario: Generació Tap. L´herencia enverinada dels fills de la Transició (Ara Llibres, 2020). En él bautiza a una generación que, a su juicio, se comportó "como una plaga de langostas" que arrasó todo lo que pudo sin importarle mucho lo que venía detrás. Y habla precisamente de esos convenios colectivos, tan aplaudidos por los sindicatos. Llegaba la empresa, planteaba que había que recortar un 10% de la masa salarial, y curiosamente siempre se hacía por abajo. Nunca por arriba. Los que controlaban esas asambleas se garantizaban convenios que les favorecían a cambio de, bueno, los jóvenes. Ya se buscarán la vida.

No quiero destripar la tesis de un libro que debería ser faro de una generación, la mía, la X, de 1965 a 1981. No desde el rencor, sino más bien desde la conciencia. No hemos tenido menos oportunidades que la generación Z. Si las langostas nos dejaron a nosotros las migajas, ellos directamente se han encontrado con los escombros.

Nosotros no pudimos acceder a una vivienda de manera sostenible. La generación tapón sí. Nos hipotecamos por encima de nuestras posibilidades con unos sueldos que ya eran la mitad de la mitad que el de los del tapón. Nos ha costado la misma vida llegar a un puesto ocupado por gente que lo colonizó recién cumplidos los 30 años. Nosotros, a los 30 años todavía teníamos problemas para salir de casa de nuestros padres. Muchos, a los 40, todavía no lo han hecho.

Y lo de llegar a ser funcionario, pues poco menos que elegido por los dioses. Hoy, en cualquier administración la edad media de la plantilla se aproxima a los 50 años. En algunos organismos incluso se supera. Hubo una especie de tapón tras una entrada en tropel, como eso, como una plaga de langostas, que impidió que aquello se renovase.

Poco a poco, la generación tapón está dejando paso. Pero porque se está jubilando con unas pagas que en su mayoría son superiores al salario medio. Y son esos salarios los que tienen que financiar esas pensiones. No hay que ser economista para concluir que fácil no va a ser. Se me ocurre que si en su momento se hubiesen socializado esos recortes salariales o nos hubiesen abierto la puerta a esos convenios de oro a lo mejor ahora sí que podríamos contribuir a que el sistema no se viniese abajo. Una idea loca, vaya.

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6 de noviembre de 2020 - 22:34 h
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