La milonga

https://youtu. be/6ZqnTBEvSxQ

La historia ya se ha repetido muchas veces en España (y en el mundo) como una farsa. Ahora llega el turno de la tragedia.

El nacionalismo, está en la historia, es un movimiento político reaccionario. El estatal suele defender lo ya conquistado, o nuevas conquistas. El que no tiene estado, quiere tener esas fronteras. Dentro, nosotros. Fuera, ellos. Sin matices. Nosotros, libres e iguales. O al menos, intentaremos ser libres e iguales. Ellos, que se busquen la vida.

A lo largo de la historia, el nacionalismo ha surgido como una reacción al internacionalismo, representado ahora de una manera mucho menos utópica como una globalización salvaje y económica que destroza lo local. Vale. Por eso, quizás, hay una gran parte de la izquierda que se confunde y que ahora se envuelve en banderas.

Las banderas, todas, son excluyentes. Los nacionalismos, todos, son excluyentes. Tienen sentido como negación del otro y reafirmación de uno mismo. Por eso nunca entenderé a la izquierda nacionalista. Es un oxímoron tan extraño como que la nieve esté caliente.

En estos tiempos extraños, nadie piensa de una manera global. El cambio climático (aunque es mejor llamarlo calentamiento global) no entiende de banderas. Da igual. Nos afectará a todos como especie. Pero hay más. La economía se ha hecho salvajemente global. Levantarle muros ante los gigantes que tenemos enfrente es directamente suicida. ¿Qué nuevo país puede sobrevivir si no alcanza pronto acuerdos con sus vecinos y las grandes potencias?

El siglo XXI, como tendencia, debería ser un tiempo con fronteras líquidas, en el que quizás deberíamos preocuparnos más como una especie que va camino de extinguirse de manera absurda. Eso sí, llevándose antes al planeta por delante.

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18 de octubre de 2019 - 22:12 h
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