Balutia desde dentro (episodio 3)
Amanece y de a poco
Tras siglos de letargo vuelve a amanecer en Balutia.
La luz aparece lentamente sobre el horizonte. Las pistas blancas de Sierra Morena y el Valle de la Alcudia se desperezan mientras el frío continúa adherido a las manos y el cuerpo tarda todavía algunos kilómetros en comprender que el día ha comenzado de nuevo. La cita es a las 7 a. m., pero desde una hora antes hay quien merodea dando los últimos retoques a su bicicleta. Hay amaneceres que parecen una simple transición horaria y otros que tienen la extraña sensación de estar despertando algo mucho más antiguo que uno mismo. Balutia pertenece a los segundos.
Quizá porque Balutia tiene algo de territorio imaginado, como Babia, Jauja o Macondo. Una Ínsula Barataria dispersa entre tres comunidades autónomas, varios valles y demasiadas fronteras administrativas trazadas ajenas a esta tierra de dehesas, minas y caminos ganaderos. Un lugar cuya existencia parece más emocional que política. Más intuitiva que exacta.
Desde tiempos inmemoriales la humanidad se ha empeñado en trazar fronteras que el tiempo ha ido destejiendo lentamente, como una goma de borrar sobre mapas demasiado antiguos y dibujados con la impermanencia de un lápiz. Y quizá por eso Balutia produce esa sensación constante de atravesar algo más profundo que una simple ruta ciclista: aquí sobreviven las huellas de antiguas divisiones políticas, de explotaciones mineras, de caminos ganaderos y de pueblos desaparecidos mientras el territorio continúa respirando con absoluta indiferencia hacia un presente inmóvil y un futuro incierto.
La sensación aparece desde el inicio. Las encinas dispersas sobre las lomas, los cercados infinitos, el granito, las pistas blancas, las aldeas casi vacías y esa manera particular que tiene la luz de apoyarse sobre Sierra Morena hacen pensar continuamente en un paisaje suspendido fuera del tiempo moderno. Como si alguien hubiese intentado borrar esta región del mapa sin conseguirlo del todo.
Pero sin duda la metáfora más apropiada para un amanecer en Balutia es la de los tonos pastel de las acuarelas. Y no es casualidad que esa idea remita constantemente a las pinturas de la madre de David, el artesano silencioso que ha cosido este territorio con un hilo invisible de carreteras secundarias, caminos agrícolas y memoria cultural. Sus dibujos aparecen continuamente en la cabeza mientras se pedalea: lomas desdibujadas, horizontes lavados por la luz, perfiles suaves donde resulta difícil distinguir qué parte pertenece al paisaje y cuál al recuerdo.
Y luego minas, embalses, dehesas y lugareños sin prisa que te reciben como si fueras del pueblo de al lado, que no preguntan si eres de aquí o de allá. En Balutia, ese territorio que solo se recuerda mientras se atraviesa, la propia geografía lobotomizada, llena de agujeros, de montañas de escoria y de edificios en ruinas, se aferra a un hilo de memoria sin certeza alguna de haber sido. Porque esta ruta atraviesa un territorio que durante siglos ha sido perforado, vaciado y abandonado, una región donde la extracción minera ha dejado un paisaje de oquedades y silencios que todavía hoy se intuyen bajo la superficie. Un paisaje colosalmente humanizado que también sirve para almacenar el agua que ahora permite la agricultura, la ganadería y la vida. Si buena parte de Balutia está cicatrizada por sus minas, no es menor la superficie sepultada por sus embalses: un proceso faraónico de extirpación e inundación.
Prólogo
Por las pistas blancas de Villanueva de Córdoba el aire cambia de densidad y comienza a oler a estiércol, jara y tierra húmeda. El centenar de pasos canadienses que aparecen durante la ruta recuerda continuamente que esta sigue siendo una tierra eminentemente ganadera, una región donde el movimiento de animales y personas ha moldeado el territorio durante siglos, a la par que las minas y los embalses. Y mucho antes de que apareciesen las actuales divisiones autonómicas.
Tras siglos de letargo vuelve a amanecer en Balutia. The eternal sunshine of a spotless territory.
Sobre este blog
Manon y Julio han recorrido medio mundo en bicicleta y están empeñados en montar al otro medio sobre dos ruedas para propagar los beneficios de la movilidad activa. Discípulos de Malabrocca, llevan lustros investigando sobre intermodalidad, urbanismo, mecánica o educación. Siempre en y sobre sus velocípedos. Como profes que son, les encanta aprender. Están convencidos que esto de la movilidad activa es la solución a la insoportable levedad del ser en la era del petróleo. Para ello han puesto a pedalear todo lo que han aprendido en su formación en sociología, economía, pedagogía, turismo o gestión cultural. Y han metido todo en una coctelera para fundar Revelociona SCA. Los de Cordópolis les han dejado esta esquinita para compartir los paisajes, análisis y resultados que ven desde su manillar.
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