Tarareando

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He estado yendo a algunas sesiones de unas jornadas sobre cultura crítica y compromiso que la Diputación ha organizado en la Fundación Botí. Hubo de todo, y pasó como una ráfaga por la epidermis de esta ciudad que está siempre un poco distraída, como cumpliendo con una visita de esas que ocurrían antes. El debate más o menos era si se puede hacer poesía sin hacer la revolución, o si se puede hacer una revolución con mala poesía, esas cosas. Yo creo que la poesía y la revolución son la misma cosa, así que si mala es la primera mala será la segunda, pero ocurrir ocurre, que la mayoría de las revoluciones dejan por el camino unos ripios infumables. No lo vi todo, así que no juzgo, además llevo unas semanas muy juzgador y se me disparan las transaminasas.

Me voy a tomar un café a la Tarara, uno de esos sitios que todavía surgen con formas de otro tiempo, productos del deseo, del buen gusto, del placer de compartir. La Tarara es un bar que está en la calle Ángel de Saavedra, cosa de Rosario Vacas y José Manuel Rojas, recién llegado de Granada y dispuesto a seguir hablando de flamenco, ahora aquí. Tengo debilidad por los proyectos que se hacen sin estudios de mercado, ni plan de viabilidad, y aparece el dueño con el bote de detergente y la bolsa del Piedra. Me siento y veo a Manuel, Enrique Morente, Vicente Amigo, El Pele, y ya tenía yo allí la revolución y la poesía, unos señores inteligentísimos comprometidos con la verdad del arte, y no pocas veces también con los calzones rotos de sus vecinos.

¿Hay alguna conexión entre comprometerte con la verdad del arte y los calzones rotos?, he vuelto a la pregunta de las jornadas. Hacemos poco caso a los flamencos, ahora mismo me gustaría tener a mi lado a Chano Lobato para hacerle esta pregunta, lo hubiera bordado inaugurando la cosa. Los flamencos son nuestros sabios, pero  los glorificamos como chamanes o los denostamos, y se nos olvida preguntarles, disfrutar de la reserva de heridas, de los callos de sus manos y de su garganta, del inmenso sentido del humor que a pesar de todo suelen tener. Me aburre toda esta cosa del flamenco como recurso para turismo de experiencias, las matinales, y me alegra que aún queden rincones donde encontrarse honestamente con un arte que tiene más futuro que pasado. El café estaba estupendo pero se me ha quedado frio.

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5 de abril de 2016 - 06:37 h