Ataraxia

.

La ataraxia es la incapacidad del ser humano para sentir frustración. La puede provocar un ictus o incluso un golpe en la cabeza, y por ella perdemos toda capacidad para enfadarnos o desilusionarnos. Parece el santo grial pero tiene un alto precio, perdemos el deseo y el motor para cambiar que supone la amenaza del desencanto, la frustración. El que la padece no es consciente de sus límites, ni de las consecuencias de sus actos. El término tiene un origen filosófico en corrientes como el epicureísmo, el estoicismo y el escepticismo, y aquí se identifica con tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad gracias a la anulación del deseo, de las ambiciones.

El otro día volví a ver La Vida de Pablo, la película de Richard Horn. La primera vez que lo hice ya me pareció una historia hermosa y triste, la atmósfera cargada de pesimismo, la vida parecía una derrota asumida de antemano y todo consistía en sobrellevar esa impotencia producto de los límites de los protagonistas y la conciencia de ellos, o directamente de la abulia. O quizás de la habilidad para saber vivir, quizás hacemos cosas porque no sabemos disfrutar de la vida y nos empeñamos en transformarla, y ahí de pronto nos encontrábamos a unos amigos que lo habían descubierto y se esmeraban en conversar, mirar, disfrutar de la brisa, las terrazas, los muebles antiguos.

Comienzas la película y ves como todo evoluciona despacio y sin sentido y esperas el momento en el que todo cambia, que surja el proyecto que los une, los proyecta… y no, al rato te das cuenta de que eso es todo, que simplemente se trata de saber estar ¿ Será mediocridad? (RAE: de calidad media, de poco mérito, tirando a malo). Quizás los amigos de Pablo sean como la ciudad, de la que no paramos de decir que es aburrida, pasiva, provinciana, nostálgica, irrelevante. Igual todo ese esteticismo es un barniz que dan a las cosas para no enfrentar los desconchones de los muros, las puertas que no cierran, la insignificancia, la ruina. Los proyectos en esta ciudad nacen y sobre todo mueren solos, no por consecuencia de la voluntad de nadie, surgen de las palabras inconexas de unos y otros y tiempo después los silencios y las ausencias nos indican que ahora toca otra cosa, quizás ninguna cosa. Los calculistas indios definieron la nada como el resultado de sustraer cualquier número de sí mismo, y los amigos de Pablo hacen todo el esfuerzo por alcanzar la nada a base de negarse a sí mismos, nada más allá de convertirse en paisaje.

El debate estaría entre la indolencia buscada o la mediocridad impuesta si no fuera porque veinte años después Carlos Pardo escribe la novela que escribe, Richard estrena esta joya de película, y Pablo hace su primera y, para mí, excelente exposición (y si estuviera aún Eli...). Así que habrá que aventurar una tercera hipótesis y es que esta charpa ha encontrado un camino laberíntico (como la Córdoba de la película o uno de los cuadros de la exposición) y a la vez tan sencillo como pararse a mirar y no ser pretencioso para llegar a la excelencia, o a la profundidad, o lo que quiera esto que sea. La condición es tener la suerte de tener talento o de encontrarlo cerca, no tener prisa, ni ambiciones, ni estrategias, ni proyectos. Y esperar pacientemente unos veinte años.

Etiquetas
Publicado el
21 de febrero de 2017 - 05:07 h