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El que no llora no mama

Mar Rodríguez Vacas

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Ha llegado el momento. Ese que estaba deseando que llegase pero que seguro añoraré mil veces en un futuro. Mi hijo pequeño ya tiene casi seis meses y toca ir introduciendo, poco a poco, alimentos nuevos. Hablando en plata, y para que me entienda mi hijo mayor, que el bebé va a dejar de tomar ‘tetapecho’ (como el llama a la lactancia materna) para pasar a probar qué son los cereales, la fruta y, por último, la verdura, con carne o pescado.

Comienza otra etapa y tengo que hacer acopio de material para enfrentarme a ella. Lo primero y más fundamental: los biberones. No os llevéis a engaño por el título de este blog porque este artilugio en mi casa apenas ha hecho acto de presencia. El mayor soltó el ‘tetapecho’ a los seis meses y a los diez me dejó muy clarito que lo del bibi no era lo suyo. Una noche cualquiera puso el “no” por delante y se negó a tomar un solo mililitro de leche con cereales. Después de seguir intentándolo durante meses y hacer numerosos ensayos e investigaciones llegué a la conclusión de que era la tetina lo que a él no le gustaba. Sin embargo, la del chupe (que era exactamente la misma) no la dejaba ni a tiros. Opté por las papillas con cuchara para la cena y el desayuno. Un rollo, sobre todo cuando pretendía que el pequeño se durmiera con su bibi calentito, como lo hacen la gran mayoría de los bebés. En fin, mala suerte la mía. Nunca más quiso saber nada de los biberones.

Así que tuve que hacer recuento de los que tenía por casa. Y había suficientes gracias a unos amigos que nos tienen bien abastecidos. Lo segundo indispensable era un esterilizador. No contaba con el que tenía porque este verano se lo cargó el del ‘tetapecho’ cuando lo colocó encima de la placa vitrocerámica y le dio a la ruedecita de la temperatura. Cuando me vino el olor a plástico quemado ya era demasiado tarde. Levanté el esterilizador y, mientras una gran nube de venenosas dioxinas invadía toda la cocina, descubrí un enorme agujero en la base del aparato. Vamos, que lo tiré directamente a la basura.

Ya sólo faltaban la leche y los cereales. Muy ilusionada me fui a la farmacia a comprar todo lo necesario el día que me dijo su pediatra que comenzase a darle bibis con cereales por las noches. Y tremendo chasco me llevé.

Hace pocos días le preparé al peque su primer biberón. 150 mililitro de leche y dos cacitos de cereales. Me sentí una auténtica novata entre tanto cacharreo. Que si llena el bibi con el agua mineral; caliéntala en el cazo; vuelve a llenar el biberón con el agua ya templada; añade cinco cacitos de leche en polvo con el nivel rasado por un cuchillo; cierra el bibi y agítalo; vuelve a abrirlo y añade los dos cacitos de cereales y agita con precaución para que no salgan grumos. ¡¡Ya estaba hecho el bibi!! Ahora sólo tenía que coger al bebé en brazos y ¡a comer! Qué fácil, ¿no? ... ... ... Pues no.

Cuando me dispuse a darle el bibi, el pequeño no quería saber nada de nada del nuevo método de alimentación. ¿No lo oísteis llorar? Porque me aseguran por ahí que el llanto llegó fuera de los límites municipales. Y yo que me pensaba que eso de chupar de la tetina iba a ser coser y cantar… Tuve que dejarlo. Al día siguiente, repetí la operación con el mismo resultado. Decidí que lo mejor iba a ser hacerle un bibi de poca cantidad en todas las tomas para que se fuera familiarizando con la tetina. A la cuarta vez que le hice eso, sólo conseguí que se riera mientras le acercaba el biberón. Supongo que pensaría: “Otra vez, ya está la pesada de mi madre con el bibi… que se cree que me lo voy a tomar”. Y después, el llanto.

Desesperada estaba, de verdad. No sabía qué hacer… Si la cosa seguía así tendría que darle los cereales ¡¡¡con una jeringuilla!!! Hablé con abuelas, madres expertas y lloré en el hombro de cualquiera que se me ponía a tiro. El mayor, por lo menos, quiso biberón cuatro meses… pero es que este ¡¡¡ni probarlo!!! Hasta que un día… que creo que lo pillé con hambre, se lo tragó sin rechistar. Pero fue un mirlo blanco. Visto y no visto. Volvimos a las andadas. Él a no querer comer y yo a mi desesperación. Y ahora, que han pasado casi dos semanas de aquel fatídico encontronazo con el mundo de la alimentación, sumo sólo tres los bibis que se ha tomado el pequeño. Hartita estoy ya de tirarlos enteros por el fregadero. Supongo que el secreto está en la paciencia. De esa tengo yo una poca, así que aguantaré sin derrumbarme. Él es el que parece que tiene menos y sigue cumpliendo a rajatabla el dicho que reza: “El que no llora, no mama”. En fin... no me queda otra que esperar.

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