Descansar, todo un lujo

A ver cómo lo digo para no parecer una exagerada. Desde que me quedé embarazada la primera vez (noviembre de 2010) no ha habido una sola noche que haya dormido del tirón. ¿Hay alguien que no me cree? Es posible, pero no me preocupa. Lo que os escribo es rigurosamente cierto, tanto como que mi hijo chico ha engordado casi kilo y medio en menos de un mes (sí, ese era el que no comía… pero desde que abrió el pico está imparable).

Ya sabéis de qué os hablo aquellas que hayáis pasado por situaciones similares. Empiezas con los pipís nocturnos, con las preocupaciones. Continúas con molestias en la espalda, piernas cansadas. Cuando la barriga crece, encontrar la postura en la cama es misión imposible. Luego llegan los movimientos del bebé y, de nuevo, los pipís, cada vez con más frecuencia. Pero, hasta aquí, parece que todo está controlado porque siempre conoces a alguien (yo me he convertido en una de esas personas) que te dice aquello de: "Pues aprovecha ahora que puedes para dormir, porque cuando nazca el bebé vas a ver lo que es no pegar ojo". Y entonces llegan los llantos, las tomas nocturnas, las caquitas entre pecho y pecho, los gases y un largo etcétera que más tarde se convierte en "quiero agua", "tengo miedo", "lloro sin motivo pero lloro y tienes que venir"… O te levantas tú porque piensas que el pequeño está destapado (y efectivamente lo está) o porque hace un rato que no lo oyes por el transmisor y vas a comprobar que sigue vivo: le tocas un poco la carita o la mano y si se mueve, te vuelves a tu cama (este tema da para una tesis. Hay quien me ha asegurado que va con un espejito a comprobar si su hijo respira: si cuando lo acerca a la carita del niño se llena de vaho, todo va bien).

Llega un momento en que todo se normaliza, al menos para la gran mayoría de las familias. El bebé, una vez que pasa la cuarentena, aprende a disociar entre el día y la noche y a dormir más horas seguidas cuando oscurece. Incluso hay quienes, muy afortunados ellos, descansan la noche entera porque su bebé la hace del tirón. E incluso hay algunos que aseguran que, desde muy pequeñitos, sus hijos se duermen solos y ¡¡sin poner en práctica el temido (al menos para mí) método Estivill!! Pues a estos últimos va dirigido el siguiente mensaje: NO OS CREO.

¿Vosotros sabéis el calvario que llevamos con mis dos hijos y sus noches? ¿Os he contado alguna vez que cada vez me pongo el iluminador o antiojeras más abajo? ¿Qué ya he llegado a la altura de la punta de la nariz? ¿Qué hay mañanas que cuando intento recordar lo que ha pasado esa noche no me acuerdo de nada? Los que nos conocen personalmente saben de sobra que mis niños son muy poco dormilones, sobre todo el mayor, que se despertaba con el vuelo de una mosca y cualquier excusa le sigue pareciendo bien para despertarse en mitad de la noche con ganas de fiesta. La problemática nocturna del otro enano es bien distinta. Le cuesta mucho coger el sueño y se sigue despertando una o dos veces para mamar. Así que imagináos mi desasosiego cuando me meto en mi cama muerta de sueño y pienso mientras veo al chiquitín: "¿Podré recuperar hoy el sueño perdido? ¿Será esta noche mi noche?". Pero no… esa noche aún no ha llegado. Aunque no pierdo la esperanza. Llegará. Y podría ser hoy mismo…

Bromas aparte (porque esto de que esta noche igual descanso era una broma), en estos días estamos pasando por una gran crisis del descanso. A todo lo que os acabo de contar hay que sumarle que el mayor está pasando por una especie de gripe, con fiebre incluida (aunque ya está bastante mejor) que hace que cada cierto tiempo, una hora más o menos, haya que tomarle la temperatura, comprobar que no ha subido demasiado y, si es así, darle el antitérmico. Con todo este trasiego, lo normal es que el pobre se espabile y ya te pida agua (cien veces) y pipí (cincuenta veces) y luego quiera hablar y que le cantes una canción y… en esas estás cuando oyes que se ha despertado el chico y está llorando desconsolado, pidiéndote su ración nocturna. Es entonces cuando piensas en la siesta que vas a intentar pegarte por todos los medios después de comer, pero que nunca llega porque nunca puedes. Y entonces te aseguras a ti misma que la noche siguiente te vas a acostar a la misma hora que ellos, pero luego nunca lo haces porque te quedan mil cosas que rematar o porque te gusta la serie que están poniendo en la tele.

Y esas estamos: cansados, cansados, cansados. Muertos de sueño, vaya. Así que, si me veis bostezar no os lo toméis a mal porque es cosa mía, no vuestra. Ahora, si estás leyendo estas líneas y tienes pensado decirme alguna vez que tu hijo se duerme solo y hace la noche del tirón, no lo hagas. Por favor, cuéntaselo a otra mamá. A mí no. Porque, aunque haya dicho que no me lo creo, en el fondo sí te voy a creer y mi amargura y sueño se van a multiplicar por mil y… al final, me vas a caer mal ;). ¡Ah! Y ahorráos vuestras palabras aquellos que me decís que no voy a volver a dormir bien en la vida. No juguéis con mi sueño: el lujo de poder descansar como Dios manda.

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16 de enero de 2013 - 07:00 h