Inviernoño (el regreso)

Finiquitamos octubre con una extraña sensación, de vivir un otoño que ya abraza la oscuridad propia de la estación, pero que aún tienta a vestir de corto según roza el mediodía. Por una vez, sólo por una, la exageración propia de la tierra se hace buena en cuanto que los datos empíricos acompañan aquí y en Madrí. Una puñeta para los escépticos, pero una verdad como un templo euclidiano para los apocalípticos. La pausada y progresiva prolongación de los extremos, aunque aún sin demasiados datos estadísticos que la apuntalen, muestra una realidad que tiene negros a los comerciantes de abrigos.

El otoño, el da la hoja mustia, cielo gris y gentes con cara lacia, llega cada vez más tarde y aguanta menos con nosotros. Puede que haya llegado el momento de revisar el concepto que tenemos de las estaciones, intentando encajar unas cuatro o cinco estaciones más entremedias de las que ya tenemos, que amplíe el calendario climatológico y sea totalmente representativo de la realidad de nuestros armarios. Así, además de aguzar el conocimiento que tenemos del mundo, puede que demos un empujoncito al PIB estimulando el clítoris del consumo de trapos de marca. Las grandes pasarelas de la moda tendrían así que duplicar, cuanto menos, las sesiones y la oferta al ávido consumidor de inutilidades.

Así, de entre la nueva oleada de estaciones, ha ganado adeptos el que ya se conoce como veroño, que empezaría a primeros de septiembre y moriría ya esta misma semana. El concepto, simple e intuitivo como él sólo, anticiparía a un otoño de unas 2 semanas de duración que moriría con las primeras nieves que tuviesen a bien en caer por Burgos. Así, de esta atosigante moda de identificar el clima del país como único e indivisible por las cabeceras de los informativos en lugar de difundir y hacer entender su atractiva complejidad, pondría fin a la climatología como ciencia y asentaría el niputaideaismo como medio para bautizar la dinámica atmosférica que afecta a este miserable rincón del mundo.

Para muestra un botón.

Si hace escasos cuatro días los telediarios de medio país dedicaban una media de 10 minutos a sacar cacha playera a cuenta de la insoportable dorsal anticiclónica que nos afectó, en cuestión de cuatro días lo que vamos a tener es un menú del día compuesto por las primeras nieves en Navacerrada, el frío gélido que baja del monte hasta el sufrido castellano, y las primeras colas de taquicárdicos haciendo cola en la farmacia para prevenir la llegada del invierno.

Para que no se dejen arrastrar por la tentación de la inventiva anumérica, aquí les esbozo qué es lo que podría ocurrir para que no se asusten cuando el señor de la corbata que almuerza con ustedes al otro lado del televisor les diga que el inviernoño ya está aquí. Verán, el mardito azoriano anda aún bastante fortalecido, con un centro de altas presiones razonablemente elevado y masivo en extensión, que tiene a media Europa sudando lo que nunca sudó (sirvan como ejemplo los 10 gradazos de mínima con que andan por Copenhague). En buena medida, la culpable de esta situación es una sucesión de profundas borrascas que en su paso hasta las inmediaciones británicas han empujado las altas presiones hasta el interior del continente.

Del extraño juego de este tipo de borrascas, empezará a afectarnos en los próximos días el extremo meridional de la misma, con una tímida vaguada atlántica que afectaría a partir del sábado al occidente peninsular, y en una segunda incursión, más potente y profunda, al resto de la Península a partir del próximo lunes. Así, de esa profundización que nos podría llegar desde el norte, acompañaría un brusco descenso de las temperaturas y una situación potencialmente explosiva cuando la masa de aire frío se sitúe sobre el recalentado Mediterráneo.

Un anticipo de invierno con sabor a otoño, aún un tanto indefinido pero que al menos incrementará las ventas de jerseys de manga larga, algo es algo.

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29 de octubre de 2014 - 07:00 h
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