El largo final

En los códigos actuales de la sociedad occidental, las competiciones deportivas (en general) han optado por revisar más frecuentemente de lo habitual su tradición para entrar en un reformismo continuamente revisable, modificado a su vez con frecuencia, y encaminado fundamentalmente a dos vías que se retroalimentan: Obtener más beneficios por televisiones, y, para que esto sea posible, igualar las competiciones o al menos propiciar la emoción final (aunque a veces el resultado sea una mayor desigualdad entre la élite y los equipos o deportistas nuestros de cada día).

La cuestión es que dichos sistemas de competición suponen que cuando llega el final de las mismas, el final de temporada, aún muchos deportistas o equipos puedan estar inmersos en la consecución de un determinado objetivo, sea lograr un campeonato, llegar a una competición superior, no descender, registros personales, mejorar al año anterior... Siempre hay un objetivo, un reto. Y nada dibuja mejor un páramo que cuando en un deporte llegan estas fechas y no queda nada por cosneguir. Decimos entonces que el final de temporada es muy largo, cuando no directamente penoso.

¿Se imaginan algo así en el contexto de nuestras vidas? Sería como si en nuestro andar cotidiano, las expectativas se perdieran, y todo lo que hicíéramos fuera inútil. Que no hubiera horizonte, o lo peor, no hubiera horizonte de mejora. Que continuar un camino cortado se vuelva absurdo, pero inevitable. Y siguiéramos caminando. Buscando un sentido. Volver al tren de vapor y alimentarlo con su propia madera. Pero ya sin que nos haga gracia.

A veces, el deporte, en su versión más global, y no estrictamente competitiva, se parece demasiado a la vida. A veces, el final de una temporada es como el final de un sistema. Se hace muy largo. Y se precisan mentes despejadas que piensen en clave de futuro, casi casi como si dicho futuro pudiera existir.

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20 de mayo de 2013 - 08:00 h
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