Autocrítica olímpica

Conste que me hubiera gustado la elección de Madrid como sede olímpica para 2020. Y no sólo por lo que afectaba a nuestra ciudad, aunque también. Pero tras dos derrotas consecutivas, esta tercera presenta lecturas que no deberíamos pasar por alto.

La principal, desde mi punto de vista, es dejar de mirarnos el ombligo de esa tan desmesurada y española manera. Cada vez que España presenta una candidatura, los tiempos se manejan con un incomprensible triunfalismo y una interpretación distorsionada de la realidad. Especialmente, de la percepción que de nosotros se tiene. Es hora de que nos preguntemos si somos tan simpáticos como creemos, o al menos, si el mundo lo piensa de nosotros. No pueden aparecer unánimente los medios hablando de la emoción provocada por la presentación de la candidatura, cuando, escuchando atentamente los discursos, no superan en ningún aspecto técnico los de las otras candidatas. Si acaso, una trasnochada y reiterativa alusión a los hijos, a la ilusión, y a valores que en este contexto, seamos sensatos, se dan por supuestos. Puede que en nuestro afán de ser eternamente admirados y admirables nos salgamos de la curva. Puede que los periódicos de medio mundo hayan dedicado muchas más páginas en los últimos años a nuestros desmanes y corruptelas que a las cualidades de nuestro carácter y hospitalidad, indiscutibles sin duda, pero comunes a cualquier descripción que cualquier pueblo hace de sí mismo.

No se puede presentar una candidatura que aluda a la necesidad de conseguir la elección. Esa presión no gusta a ningún ente decisor. No se puede tener un perfil tan bajo en determinados cargos públicos que luego han de tener protagonismo en circunstancias como las que nos ocupan. Con todo mi respeto, y sin señalar quién sí y quién no, no se puede llevar la delegación más numerosa casi doblando a la siguiente, la nipona. Mucho menos cuando estamos bajo lupa en la gestión de lo público.

Tampoco debemos ignorar las deficiencias, cuando no directamente ausencia, en este y otros terrenos, de lobbies propios a nivel internacional. Se corresponde con la realidad de nuestro tejido productivo. Desgraciadamente esto tiene demasiado peso, y más en un contexto tan opaco como el de los Comités Olímpicos y miembros del COI. En el afán de aprovechar esta oportunidad, que parecía la más despejada, alguien pasó por alto el grave riesgo de que buena parte del status quo europeo pudiera no querer perjudicar el gran proyecto de París 2024. Una ciudad europea en 2020 hubiera sido un gran lastre. Además, ávidos de amigos en los foros internacionales, seguimos amplificando cualquier palmada en el hombro del presidente de los Estados Unidos, quien, probablemente, además de animar nuestros esfuerzos en el G20, no perdía de vista un posible apoyo a sus propósitos en Siria. Una declaración de intenciones por parte de nuestro país bien pudo afectar también en la votación a los miembros del entorno árabe.

Tampoco ayuda la tibieza que organismos y prensa española han tenido con el dopaje cuando se trataba de un apellido español. Estamos recuperando terreno, pero habrá de estar completamenbte despejado para que no nos ataquen por ahí. No ayudó una coyuntura en que un año después de estar a punto de un rescate financiero, se pretenda organizar unos juegos. Y, en un giro perverso del razonamiento, si se pretende hacer con pocos recursos (era un punto fuerte de la candidatura), tampoco gusta.

Tampoco ayudó la suerte, tan necesaria siempre. El empate con Estambul en la primera votación puso en bandeja nuestra eliminación, ya que los votantes de Tokio podían así descarrilar a su teórica máxima competidora según las encuestas.

En definitiva, oigo hablar de injusticia, de esfuerzos e ilusiones rotas, pero deberemos reconocer que seguro también las otras dos ciudades han trabajado mucho y con entusiasmo. Eran tres y sólo podía ganar una, por muy bien que se hayan hecho las cosas en todas ellas.

Y, a lo mejor, deberíamos plantearnos que la de Tokio era una gran candidatura. Puede que esa haya sido una más que importante razón.

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Publicado el
9 de septiembre de 2013 - 08:00 h
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