Resplandeciente

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El tiempo acompaña y una marea humana recorre las calles de la ciudad en un Domingo de Ramos espléndido, desde su inicio hasta su final

Triunfal entra Jesús en Jerusalén, que una vez más es San Lorenzo. Cuando se abren las puertas del templo, y de su barrio, también lo hacen los días de sentimiento en la calle. En la plaza, una multitud aguarda la salida de la hermandad que anuncia alegre: la Semana Santa ya está aquí. Está aquí y comienza resplandeciente. Como el rostro de ese niño que, con sencillo hábito, porta una palma. Los más pequeños se encargan de iniciar un camino marcado por las emociones. El Señor de los Reyes, a lomos de la borriquita, empieza a generar los primeros de una larga serie de sentimientos. Arranca un Domingo de Ramos espléndido, en compañía de un sol radiante y de una ciudad entregada. Y arranca sin edad, con la ilusión infantil y la devoción en la madurez, o en la juventud. Porque ésta forma parte del testimonio que de la jornada da Córdoba.

Las calles son escenario de un constante ir y venir de personas, de aquí y de allá, de cualquier lugar. No es una marea humana, sino que son varias. Apenas existe espacio sea cual sea el escenario elegido por el cofrade, o por el visitante, para ver el paso de una cofradía. Como sucede en Agustín Moreno, a las puertas de Santiago y en todo su largo y ancho, cuando el Cristo de las Penas inicia su estación de penitencia. Emoción en el rostro de quienes observan la salida y mucha más en aquellos que van a llevar a su titular en distintos momentos de la tarde. Y de la noche, en la que toca el regreso al templo que quizá nadie desea. Los sentimientos afloran también cuando es María Santísima de la Concepción la que suavemente comienza a recorrer un barrio que la acompaña en el principio y al final.

Ocurre lo mismo en el Cerro, donde un año más, abre la tarde de Domingo de Ramos la hermandad del Amor. A las tres de la tarde, atraviesa la puerta de Jesús Divino Obrero la cruz de guía. Unos minutos después, el Señor del Silencio ofrece a la ciudad su estampa, sello de Ortega Bru que, por fortuna, permite disfrutar quien despreciado por Herodes busca la otra orilla del río. Porque Córdoba le espera, también al Cristo del Amor y por supuesto a María Santísima de la Encarnación. Su cara es fundamento de fervor, de devoción de quienes atienden su andar en la calle y de las mujeres que la llevan. Ellas marcan el paso de su Virgen, así como de los latidos de las calles. Por delante queda un largo trayecto hasta el final de la procesión, que tiene lugar ya en la madrugada del Lunes Santo.

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En la plaza del Cristo de Gracia, muestran el sol y la gente la realidad del día grande, tan largamente esperado. El calor aprieta en una tarde reluciente, con un cielo abierto y de claro azul. Las multitudes se repiten por doquier. En el Alpargate, hay quien aguarda la salida de Jesús Rescatado allá incluso donde comienza la calle María Auxiliadora, donde probablemente nada se ve a lo lejos. El Señor de Córdoba inicia su recorrido por la ciudad y el entorno de la parroquia de Santa María de Gracia parece venirse abajo. Rompen en aplausos todos cuantos en el lugar están. Ésta es una tarde especial para la hermandad, pues la imagen de Fernando Díaz de Pacheco recibe unas horas después la Insignia de Oro de la ciudad. Es reflejo de la devoción popular, cuya comprobación está tras el paso del cautivo. También una marea humana marcha tras él.

Marea humana como la que llega a San Andrés. La plaza está abarrotada, al igual que todo el recorrido hasta Capitulares. La salida es casi un imposible. Un milagro que obran Jesús de las Penas y María Santísima de la Esperanza. Sus cuadrillas de costaleros derrochan todo cuanto tienen ante una multitud agradecida y emocionada. Paso a paso, lentamente y con bella factura. Caminan elegantes entre la bulla, como la que horas después va a acompañar a las imágenes en la Cuesta del Bailío. Apenas da tiempo de que la Virgen atraviese la puerta y muestre su rostro en la calle cuando llega la primera saeta. Quienes la llevan, que le cantan unos instantes después, derraman gotas de devoción. Es el día en el que, sea cual fuere el lugar y la cofradía, arte y Fe marchan juntas. Es un día resplandeciente, pero también sufrido. Alguna lipotimia que otra se produce a lo largo de la tarde.

El calor no cesa. Tampoco cuando cae la noche y en su regreso a San Francisco y San Eulogio encuentra todavía unas calles repletas el Señor de la Oración en el Huerto. Elegante en sus maneras y con unos sones a la altura, avanza poco a poco hacia una despedida que a buen seguro no desea nadie. Son los últimos instantes de un Domingo de Ramos inolvidable, que trae a la mirada estampas y al oído sonidos, que atrae el color del cielo y el brillo del sol. Marchan hacia su templo los titulares de la hermandad del Huerto, como lo hacen los de aquellas cofradías que todavía arañan de la manera en que pueden unos minutos más a la noche, que ya es anuncio de Lunes Santo. Acaba como empieza, resplandeciente.

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30 de marzo de 2015 - 11:58 h
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