Sin acento, sin despedida

Hace diez años nunca hubieran imaginado lo que les iba a pasar. Ni ellos, ni ninguno de los chavales que los rodeaban. Pese a que lo soñaban a diario. Dos nombres, Javi y José. Dos apellidos, Hervás y Fernández. Dos colores, el blanco y el verde. Un escudo, el del Córdoba CF. Un destino, Primera.

Pero pasó. Y es una lástima. No para ellos, sino para la ciudad, para la afición. Córdoba parece padecer un mal endémico. Es la enfermedad de este tiempo. Es la patología que hace que todo lo bueno desaparezca. A Córdoba se lo quitan todo.

El fútbol es un ejemplo. El club más representativo ya no tiene el cariz cordobés de antaño. Su gobernancia fue vendida por encomienda a un forastero que ahora ejerce su poder tal y como le da la real gana, sin apenas importarle lo que se pueda pensar por aquí. Lógico, por otra parte.

El propio Córdoba sirve como muestra de lo que ocurre socialmente en estas tierras cuando ya dejan de ser labradas por sus oriundos. Aquí se siembra para que otros recojan el fruto. Se comete la torpeza de allanar el camino para que otros transiten.

En apenas un año, dos de los potenciales futbolistas con mayor futuro de la cantera, Javi Hervás y José Manuel Fernández, han dejado de militar en el equipo que los ha formado. Para ambos se ha cumplido el sueño de sus vidas. Para el club, presuntamente, un buen negocio.

Aunque en realidad todo esto no es tan bueno. Es más, da pena. Dicha realidad merece un lamento. Por dos hechos. Porque, ni el uno, ni el otro han podido disfrutar de la máxima categoría del fútbol con el equipo de sus amores. Y porque, ni el uno, ni el otro han tenido su más que merecida despedida.

Hervás, procedente de una lesión, apenas tuvo diez minutos para decir adiós en el primer partido de ida de los play off. El jugador, que por méritos propios fue proclamado como la revelación del campeonato pasado, incluso llegó a escuchar algunos pitos de la grada por su irregularidad.

Fernández, de su lado, vivió el último partido como blanquiverde desde el banquillo. El chaval, con apenas veintitrés años, parte rumbo a tierras aragonesas buscando un cierzo más favorable, dado que por aquí, nadie le aseguraba su titularidad.

Ambos, nutridos futbolísticamente con la esencia blanquiverde desde las categorías inferiores (véase la fotografía; año 2003), emigran sin despedirse dejando al equipo sin su acento. Es un lujo haber podido contar con ellos, pero una pena que, por obviedades, no se les haya podido retener.

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18 de enero de 2013 - 05:00 h