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Los corresponsales extranjeros (IV)

Hemingway (centro),  Ilya Ehrenburg (izquierda) y Regler, en España, 1937.

Nicolás Puerto Barrios

24 de agosto de 2026 19:59 h

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A partir del 18 de julio de 1936 cientos de periodistas llegaron a España de distintos países (1). Los que pretendían cubrir el bando republicano, accedían en tren o coche a través de la frontera abierta de Cataluña (La Junquera), o por Irún antes de su caída. Los destinados al bando sublevado cruzaban desde Portugal hacia Galicia y Extremadura o entraban, unas semanas después, por el sur vía Gibraltar, Noroeste de la provincia de Sevilla y Extremadura. Los franquistas, no obstante, desconfiaban profundamente de la prensa liberal extranjera y después de la masacre de Badajoz iniciaron un control férreo, permitiendo la entrada principalmente a corresponsales de agencias o cabeceras de corte conservador, católico o abiertamente fascista, como Kim Philby (enviado de The Times y, secretamente, espía soviético) o periodistas del diario nazi Völkischer Beobachter.

En las primeras olas llegaron a la zona republicana autores de renombre que combinaban el periodismo con la literatura o el activismo político, como Milocha Koltsov (enviado de Pravda), Ilya Ehrenburg de Izvestia, Arthur Koestler (quien entró a la zona franquista camuflado con credenciales falsas del London News Chronicle). John Dos Passos, Ernest Hemingway y Martha Gellhorn se incorporarían poco después. Muchos de ellos fijaron su residencia y base de operaciones en el Hotel Florida de la Plaza de Callao de Madrid.

Cuando comenzaron a interrumpirse, debido a los bombardeos y sabotajes, la mayoría de las líneas aéreas terrestres telegráficas (2) y telefónicas (3), las cuales desde los distintos puntos geográficos del país y zonas fronterizas enlazaban con Madrid, los periodistas dependían por completo de las operadoras de la Telefónica para conectar con las centralitas de París, Londres o Nueva York, que transmitían por onda corta. No se abría ninguna línea internacional hasta que el censor daba el visto bueno definitivo al texto escrito.

El edificio de la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), situado en la Gran Vía de Madrid, se convirtió en el auténtico cuartel general de la prensa extranjera para el bando republicano. La Oficina de Censura Extranjera, se instaló en la quinta planta del rascacielos y todos los corresponsales internacionales estaban obligados a acudir allí para redactar sus crónicas o enviar sus despachos.

El escritor español y miembro de la UGT, Arturo Barea (autor de La forja de un rebelde), como dijimos en un anterior artículo, fue nombrado responsable de esta oficina de censura, junto a su ayudante y futura esposa la periodista austriaca Ilsa Kulcsar que hacía de traductora. Se encargaban de tratar cara a cara con los corresponsales, equilibrando la estricta seguridad militar con la necesidad de que la República obtuviera buena prensa en el exterior.

Hemingway, por ejemplo, buscaba un periodismo épico y literario. Barea tenía órdenes militares estrictas de eliminar cualquier dato que revelara la ubicación exacta de los impactos de obuses en la Gran Vía o la debilidad de las defensas de la capital. Esto provocaba violentas discusiones nocturnas en la quinta planta, donde Hemingway acusaba a Barea de arruinar su estilo literario y Barea le recordaba que un adjetivo erróneo podía costar vidas españolas.

Como el edificio era el blanco prioritario de la artillería franquista situada en el cerro Garabitas (Casa de Campo), los periodistas debían cruzar la Gran Vía esquivando los obuses. Una vez dentro, las plantas superiores temblaban con los impactos, obligando a bajar a los sótanos a las telefonistas y redactores.

La oficina funcionaba las 24 horas del día en un ambiente de humo de tabaco, café, tensión militar y constantes discusiones con los censores por cada adjetivo tachado. En las plantas subterráneas del edificio, se refugiaban cientos de civiles de los barrios colindantes durante los bombardeos aéreos de la aviación italo-alemana, conviviendo con el trasiego técnico y militar que, a duras penas, mantenía viva la red de comunicaciones del país.

Ilya Ehrenburg tenía una intensa relación de camaradería, debates ideológicos y discusiones con los intelectuales y corresponsales extranjeros que se concentraban, principalmente en el Hotel Florida, y en las actividades de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Aunque la mayoría apoyaban la causa republicana, el escritor soviético criticaba el enfoque “romántico” y a veces individualista de Hemingway sobre la guerra, prefiriendo una visión más disciplinada y política. De esta manera, este Hotel se convirtió en el cuartel general de la prensa extranjera y los intelectuales. Era un espacio donde convivían el lujo decadente, el peligro y el espionaje. Aunque el pueblo del Madrid asediado sufría hambre y racionamiento, en el Florida los corresponsales extranjeros aún podían conseguir whisky, champán y comida de contrabando. Las mañanas comenzaban con los huéspedes saliendo a los pasillos para comentar dónde habían caído esa noche las bombas de la aviación franquista, marchando tras el desayuno a los frentes. Así el asedio a Madrid desde octubre de 1936 a marzo de 1939 se mantuvo, pero cambiando la consigna del “No Pasarán” a la de Negrín: “Resistir es Vencer”.

(1)https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_foreign_correspondents_in_the_Spanish_Civil_Warhttp://www.sbhac.net/Republica/Prensa/Corresponsales/Extranjeros/Extranjeros.htm

(2) La reina Isabel II ordenó la instalación obligatoria de líneas telegráficas en paralelo a las vías férreas a en el Artículo 37 de la Ley General de Caminos de Hierro del 3 de junio de 1855.

(3) Por las canalizaciones subterráneas de la Red Telegráfica del Estado, que unía los edificios Ministeriales de Madrid desde finales del Siglo XIX, se conectó también a finales de los años treinta del Siglo XX parte de la nueva red de la CTNE.

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