Sobre este blog

Soy una barcelonesa trasplantada a Córdoba, donde vivo creyendo ser gaditana. Letraherida, cinéfila aficionada, cultureta desde chica, más despistada y simple de lo que aparento y, por lo tanto, una pizca impertinente, según decía mi madre. Desde antes de tener canas, dedico buena parte de mi tiempo a pensar y escribir sobre el envejecer, que deseo armonioso. Soy una feminista de la rama fresca. Yo, de mayor, vieja.

Elogio del post-it

Post-it.

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Hablemos del post-it, ese papelito amarillo aparentemente inocente con el que tratamos de acordarnos de algún asunto o de advertir algo a otra persona. Como veréis, tiene usos insospechados en la vida de las mujeres.

Tal vez recordéis a Thelma ―una mujer treintañera― dejándole a su machista esposo una notita en el cristal del horno anunciándole que se iba de viaje con Louise, su amiga unos años mayor (Thelma y Louise, Ridley Scott). Esto ocurrió en 1991; pero un par de años antes, en 1989, ya habíamos tenido la oportunidad de constatar que Shirley (Shirley Valentine, Lewis Gilbert), una mujer de mediana edad con un marido hiperaburrido y una vida de esposa y madre que vaya tela, utilizaba el mismo procedimiento expeditivo ―también en el cristal del horno― para comunicarle al marido-plasta que se iba a Grecia, acompañando a su vecina a quien le había tocado un viaje para dos personas.

Han pasado treinta años de estas películas, pero los problemas de fluidez en la comunicación, al parecer, siguen ahí. Viendo La vida era eso, de David Martín de los Santos (2020), descubro que el post-it es la misma opción que elige María para informar a su esposo ―menos casposo que los anteriores, pero aun así bastante previsible y enquistado― que a sus más de setenta años va a emprender un viaje solitario e incierto. Eso sí, María está más evolucionada y en el papelito de marras le recuerda que en su ausencia riegue las plantas.

Tres mujeres que identifican su deseo y toman la firme resolución ―en palabras de Jaime Gil de Biedma― de seguirlo, contra todo e incluso contra ellas mismas y sus miedos. El post-it se convierte en la llave de su libertad, dada la imposibilidad de una comunicación que les permita negociar con sus parejas.

Hay mujeres que utilizan los post-it para interpelar a los seres insolidarios con los que comparten la vida ―hartas de desgañitarse, de tratar de negociar, de suplicar, de exigir, de sugerir, de enfadarse―, para que cada cual haga la parte alícuota que le pertenece del trabajo doméstico. Con la paciencia ad limitum, deciden dejar de desgastarse y siembran la casa con un rastro de papelillos que recuerdan, señalan, identifican y muestran lo que nadie ve. A ver si los inútiles funcionales se dan por aludidos.

Hay otros muchos usos posibles. Hace ya bastantes años, un grupo de mujeres fabricaron unas pegatinas que decían: Esto ofende a las mujeres, y las iban colocando en los anuncios callejeros y en cualquier imagen o situación en la que no se respetaba la dignidad de las mujeres.

En el terreno de la convivencia ciudadana, todas y todos tenemos que sufrir la falta de sentido cívico de esos seres mal educados que miran hacia otro lado, haciéndose los despistados, cuando sus perros depositan en mitad de la calle su mierda. En mi barrio, donde las cagadas de los perros campan por sus respetos, algunas mujeres sabias sembraron de letreros la calle, interpelando a los propietarios incívicos.

Un post-it vale más que mil cabreos.

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Soy una barcelonesa trasplantada a Córdoba, donde vivo creyendo ser gaditana. Letraherida, cinéfila aficionada, cultureta desde chica, más despistada y simple de lo que aparento y, por lo tanto, una pizca impertinente, según decía mi madre. Desde antes de tener canas, dedico buena parte de mi tiempo a pensar y escribir sobre el envejecer, que deseo armonioso. Soy una feminista de la rama fresca. Yo, de mayor, vieja.

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