El viaje del cuerpo al duelo de Rosario Villajos: “Nunca quise ser madre, pero me encantaría ser padre”
Hay escritoras que llegan a la literatura con un plan. Otras llegan casi por accidente. Rosario Villajos pertenece claramente al segundo grupo. Cuando habla de su trayectoria, la que va de la publicación de la novela gráfica Face (2017) hasta el libro Cortarse el cabello, que llegó a las librerías hace unas semanas bajo el amparo de Seix Barral (Grupo Planeta), lo hace con una mezcla de ironía, incredulidad y cierta distancia hacia la figura pública de la escritora (premiada y observada) en la que se ha convertido.
“Rosario es Rosario, yo soy yo”, dice en un momento de la conversación que ha mantenido con este periódico, como si ambas identidades convivieran con cierta independencia. Es jueves, en una ruidosa cafetería del Realejo, en la que un camarero interrumpe el tintineo de los desayunos cantando por seguiriyas. Villajos nos pide el audio. “Si lo cuento, es que igual no me creen”, explica, sin referirse textualmente a si lo cuenta en Madrid, donde vive desde hace casi una década, y a la que quiere abandonar, como se abandonan los novios que aparecen en su último libro.
Un libro de relatos que llega tras el éxito crítico del anterior: La educación física, la novela que le dio el premio Biblioteca Breve, y con la que se dio a conocer a un público amplio (más allá de nuestras fronteras, de hecho). Desde entonces, su vida —dice— ha cambiado un poco. No demasiado. Pues en lo básico -la escritura, la terapia y los golpes de la vida-, ya estaban ahí antes de que ganara uno de los premios literarios más prestigiosos del país con una historia sobre una chica joven de provincias de los años 90, y que, pese a lo local que pudiera parecer, ha acabado conectando con lectores de Rusia, Portugal, Italia o Francia, que son solo algunos de los países en los que se ha traducido aquella obra.
Un año antes de aquel triunfo, en otra cafetería cordobesa, Villajos se sentó con este periódico. Y ella se acuerda. “Hace cuatro años que no nos vemos, tío. La última vez que nos vimos fue con La Muela”, rememora, mientras mece su larga cabellera rizada.
El sueño de mi vida no era ser escritora ni nada parecido
PREGUNTA (P). ¿Cómo ha cambiado la vida en los últimos años?
RESPUESTA (R). Pues para bien. Bueno, no sé, como que me he estabilizado mentalmente. Es que recuerdo que, cuando llegó el Covid, yo todavía estaba en Madrid viviendo en un piso todo lleno con cajas, pensando que me iba a ir otra vez a cualquier sitio. Y, sorprendentemente, todo se encauzó, pero por un episodio que no sé si contarte.
Ese episodio del que acaba hablando -se encontró con el cadáver de un suicida-, bien podría ser casi un relato de su nuevo libro, en el que la precariedad, el azar y la muerte se mezclan con iconos del terror, que ella, por supuesto, reescribe de su propio universo. La realidad de aquel encontronazo con un cadáver, sin embargo, fue menos literaria: le provocó insomnio y un grado de nerviosismo que, finalmente, la llevó a terapia.
Cuenta que de allí salieron otras cosas: “Sobre la huida, sobre ir de un sitio para otro, todo el rato, de una ciudad para otra, de un no sé qué a un no sé cuánto... Y de repente me di cuenta de que tenía la habitación llena de cajas, como si no llevara allí ya cuatro años. Y dije: ya va siendo hora de poner mi habitación aquí. Y ya está. Me quedé allí. Lo que pasa es que ahora tengo muchas ganas de volverme a Córdoba.
P. Y en este tiempo, ha explotado ya la literatura, quizá más de lo que tú pensabas.
R. Mucho más. Y además con la sorpresa de que ha llegado a la gente. O sea, el sueño de mi vida no era ser escritora ni nada parecido. De hecho, sí que tenía ganas de hacer algo creativo, pero nunca pensé que iba a ser esto. Durante muchos años, la escritura era algo que hacían los demás. Y ahora, cada vez me gusta escribir más. Lo que más me gusta es la parte en la que tengo que escribir y en la que tengo que corregir con los editores, ver cosas que se pueden mejorar, cosas así. Luego ya la parte de publicar o la parte de la promoción y eso cada vez me atrae menos.
Y eso que yo pensaba que iba a ser algo que me iba a encantar, pero cuando me pasó lo del premio. Pensé… No sé lo que pensé, pero me di cuenta de que no me gustaba la exposición pública, que no la disfrutaba. Y veo que hay gente que lo disfruta, que le encanta poner cosas en las redes, las fotos con este, y que está todo el día ahí. Y, bueno, lo primero es que yo no tengo tanto éxito. Pero aun así, esa parte no me gusta nada. A mí lo que me gusta es que la gente lo lea y ya está.
P. Claro, pero ¿qué es el éxito?
R. Para mí el éxito son mis amigas.
P. ¿Y el éxito literario?
R. Para mí el éxito literario es donde crítica y masa confluyen, ¿no? O sea, le gusta a la gente de a pie y le gusta a la crítica. Eso es un éxito. Yo creo que yo no he llegado ahí todavía.
Cuenta la escritora que el éxito de La educación física fue tan inesperado como complejo de gestionar. La novela la situó de golpe en el mapa literario, con premios, traducciones y una gran atención crítica, pero también con lecturas que la encasillaban como un libro “de su tiempo”. “Había críticos a los que les gustaba muchísimo, pero también hubo quien dijo que era un libro de moda”, recuerda ahora. Ella, en cambio, siempre lo vio de otra forma: una historia incómoda sobre la adolescencia, el deseo y el cuerpo femenino que, precisamente por eso, difícilmente dejará de ser pertinente. “Yo al revés: pienso que es un libro que no va a pasar de moda, por desgracia”.
Esa experiencia ha marcado también su relación con Cortarse el cabello, su nuevo libro de relatos. Si con aquella premiada novela la recepción pública pesaba más, ahora Villajos dice sentirse mucho más tranquila con lo que ha escrito. “Estoy tan convencida de por qué lo he hecho y sé que es bueno… lo sé por cómo me siento después de escribirlo”, explica. Quizá también porque es un libro más extraño, menos pendiente de la expectativa del éxito. “Sé que no va a ser un fenómeno de masas”, admite con franqueza, “pero también sé que es un libro que puede dar que hablar”. Y, a diferencia de otras veces, esa idea parece bastarle.
A nadie le gusta que le recuerden que sus padres van a morir
P. ¿Por qué crees que no va a ser un fenómeno de masas?
R. Pues porque a nadie le apetece que le recuerden que sus padres van a morir o que tú también vas a morir. Pero es que hay que aceptarlo. Sí creo que la gente que conecte con él, va a conectar muy bien. Y ayer (cuando lo presentó el miércoles en Córdoba) lo noté. Había gente que vino a la presentación que ya lo había leído y que me dijo: “He llorado con el libro”. Y que te digan eso… es muy bonito. Me hace llorar a mí también.
P. Es curioso, porque utilizas metáforas propias del terror en este libro. Y, sin embargo, los momentos más tensos están en los momentos de precariedad. En esa chica sola a la que le deja su pareja en Londres cuando no tiene ni para pagar el alquiler.
R. Eso es aterrador. Pero es aterrador ahora también aquí. O sea, donde te pongas que dices: Dios mío, lo difícil que está encontrar vivienda… Que te deje tirada tu pareja es aterrador. El suspense está en la vida cotidiana. En los cambios de planes, en los cambios de rumbo. Que de repente algo se cruce y digas: “¿Y ahora qué hago con esto?”. Sobre todo desde la precariedad. Yo creo que no me atrevo a dejar el trabajo que tengo. Hay mucha gente que me dice: “¿Por qué no saltas ya definitivamente a la literatura?”. Porque me da mucho miedo. Lo he pasado tan mal antes... tan, tan mal, como de estar tres meses sin poder pagar alquiler y por eso tener que irme de Córdoba, que no me atrevo a dejar el trabajo. Ni muerta.
P. Me has dicho que no esperabas acabar siendo escritora. Desde una perspectiva más larga, aún, viniendo de una familia humilde, ¿cómo lo vives? Probablemente, el tuyo es un caso claro de que ha funcionado el ascensor social del que tanto se habla.
R. Yo creo que lo que ha logrado mi generación es un fallo del sistema. El otro día lo pensaba: hay gente joven que vive totalmente de hacer algo creativo, pero porque viene de un ambiente en el que sienten la confianza de que, si no les sale bien, su familia les va a apoyar hasta que puedan remontar. Yo no sé tú, pero yo no tenía esa posibilidad. Entonces yo creo que he empezado a publicar cuando me he visto que tenía una base estable en la que caerme muerta. Cuando logré un trabajo que dices: vale, me permite tener la cabeza despejada y puedo ponerme a hacer mis cosas. Antes de eso, me dedicaba a cosas creativas, pero toda tu cabeza estaba en cómo vender ese algo creativo.
Es que, incluso cuando yo salía por los bares de Córdoba, estaba trabajando. Porque estaba haciendo networking, como se dice ahora. Pero eso es agotador: el no saber si vas a tener un proyecto el mes que viene. Entonces, hasta que no me he visto tranquila, con un trabajo que tampoco me quita el sueño, pero que me permite ponerme a pensar en mis cosas, no es cuando me he podido sentir a gusto y vivir.
P. El reverso de ese networking, es la soledad. Que puede ser un pozo o puede ser un estímulo.
R. Un estímulo, claro. Pero durante mucho tiempo no la quería para nada, y lo guay es que he transformado toda esa soledad en algo que contar después, ¿no? En La Muela, por ejemplo, había algunas cosas que tienen relación con mi vida en Londres o, bueno, las cosas que cuento aquí también, ¿no?, en la forma en la que se me ha educado. Al final, yo es que no me he aburrido en la vida. Y creo que, gracias a que a lo mejor podría haberme aburrido, aprendí a dibujar, o aprendí a escribir, o aprendí a que me gustaran los libros.
P. En el libro cuentas que estás atravesada por Lo padre.
R. Sí. Creo que, cuando somos pequeños, sin querer, cogemos a uno de los adultos de la casa como referente. Primero, cogemos al que creemos menos perdedor y, en mi caso, pues era mi padre, porque no estaba en casa. Porque, para mí, estar en casa era un rollo. Entonces, yo pensaba: pues yo quiero ser como mi padre. Pero luego, con el tiempo, dije: no, la verdad es que me mola más el rollo que tiene mi madre. De cómo transforma todo, de cómo lo hace todo más creativo. Que ella tampoco se aburre nunca.
Pero cuando digo “atravesada por lo padre” es porque mi padre, pues estuvo muy enfermo. Incluso nos dijeron que iba a morir con 50 años y luego murió con casi 82. Entonces, hemos tenido un cuidado de no estorbar, de estar todo el rato: “Qué podemos hacer para que todo esté muy bien”. Pero con una presión y un estrés muy grandes. Esperando todo el rato que la muerte llegara y, finalmente, la muerte ha llegado cuando tenía que llegar.
La muerte atraviesa Cortarse el cabello desde su origen —el fallecimiento del padre de Rosario Villajos—, pero en el libro se expande hacia una reflexión más amplia sobre cómo convivimos con la pérdida. La escritora cree que, culturalmente, seguimos estando poco preparados para afrontarla con naturalidad. “El momento de la muerte en sí es sostenible, se puede hacer”, explica. “Lo duro viene después”. En su caso, el duelo se desplegó sobre todo durante el primer año: un tiempo en el que se mezclan recuerdos inesperados, bajones repentinos, ganas de llorar y también de reír. Para Villajos, atravesar ese proceso resulta mucho más llevadero cuando se comparte con otras personas que han pasado por algo similar, cuando existen amistades en las que apoyarse.
Esa dimensión compartida del duelo está muy presente en el libro, especialmente a través de conversaciones entre personajes que se cuentan historias unos a otros, casi como si fueran pequeños cuentos que ayudan a soportar lo que duele. En ese contexto aparece también una reflexión provocadora sobre la familia y los roles. “Yo nunca he querido ser madre”, dice Villajos, “pero me habría encantado ser padre”.
P. El duelo, de hecho, es un ejercicio de ficción también brutal, porque hay una fantasía que tú articulas alrededor de la persona que se ha ido.
R. Claro, metes todo lo que te molestaba debajo de la alfombra hasta que revientas. Hasta que estás en paz. Y eso es algo muy cultural, muy de España, donde no se puede hablar nunca mal de alguien que ha fallecido. Y es un ejercicio de ficción, claro, pero por toda la película que te montas. Pero es un ejercicio también de honestidad decir: bueno, vamos a ver, vamos a esperar aquí, vamos a pensar bien lo que estoy diciendo y lo que estoy pensando, porque al final esconder eso… Yo creo que esconder la realidad te puede crear una necesidad de búsqueda de la verdad.
P. De hecho, en el libro, también hablas de que, incluso entre amigos y familiares, soportamos menos hablar de la realidad que de la ficción.
R. En el mundo en el que vivimos, que estamos constantemente mirando el teléfono, cada vez es más difícil tener la atención plena de alguien.
P. De ahí que uses iconos del terror. Vampiros, mujeres lobo, fantasmas... ¿Falta la bruja?
R. No está la bruja. Yo creo que la bruja soy yo. Pero en el buen sentido de la palabra, no en el peyorativo, de persona malvada. Que a veces también, porque creo que hay también problemas míos sin resolver en algún momento. Pero creo que la bruja soy yo: la que invita a los niños a casa, que les voy a contar un cuento, que son los lectores y las lectoras. Soy yo.
Creo que nacemos a otra cosa cuando morimos
Cuenta Villajos que, en mitad del proceso de escritura de Cortarse el cabello, encontró una forma inesperada de estimular la imaginación: aprender a echar las cartas del tarot. La idea surgió casi como un juego, pero terminó convirtiéndose en una herramienta creativa. “En un momento dado aprendí a echar las cartas y se las eché a los personajes”, relata. Las tiradas no determinaban la trama, pero sí abrían posibilidades narrativas, sugerían conflictos o direcciones que la autora no había considerado. Era, en cierto modo, una manera lúdica de dialogar con las historias cuando estas podrían quedarse atascadas.
Esa curiosidad por lo esotérico,que asoma en la charla de forma espontánea, conecta también con su interés por la figura histórica de las brujas. Villajos recuerda el impacto que le produjo El baño del diablo, una película inspirada en estudios históricos sobre la Europa medieval. El filme explora casos de mujeres que cometían crímenes terribles en sociedades profundamente cristianas donde el suicidio estaba prohibido: matar a alguien podía ser, paradójicamente, la única forma de asegurarse una condena a muerte. “Me puso los pelos de punta”, dice la escritora, que también recuerda otro motivo habitual detrás de las acusaciones de brujería: el deseo de apropiarse de las tierras de las mujeres señaladas. “Te acusaban de bruja y se quedaban con tu casa”. Hoy, bromea, los métodos han cambiado, pero la lógica especulativa persiste: “Ahora tenemos fondos buitre”.
P. El nacimiento también forma parte del libro, y de una manera bastante… digamos, traumática.
R. Es que creo que nacer y morir son lo mismo. Yo creo que -va a sonar como muy cuento de hadas, pero bueno, yo he venido a eso, ¿no?, a contarte un cuento de hadas también, si hace falta-... Creo que nacemos a otra cosa cuando morimos. No digo que se repita la vida ni nada parecido, sino que nuestras partículas, lo que somos, van a parar a otro sitio. Es como nacer. Porque yo he visto morir y se parece tanto a un parto —que es algo que también he visto— que aluciné con eso.
Pues con la muerte pasa un poco lo mismo. Hay gente que muere en un accidente y ni se entera. Ha sido todo súper rápido. Y hay gente que ha tardado seis días en morirse, poco a poco. Y ha sido una agonía bastante fuerte, ¿no? La misma agonía que se puede sufrir en un parto largo. Porque nosotros sabemos lo que sufre la madre. No se sabe tanto, hasta hace poco, lo que sufre el feto, que también sufre. Ahora se monitoriza y se sabe que sufre muchísimo, y se sabe que luego eso además puede traer problemas, traumas, cosas… Entonces pienso que se parecen mucho. Lo que pasa es que nacer es mucho más bonito porque sabemos que hay alguien esperando. Y, sin embargo, cuando mueres, no se sabe si hay alguien esperándote.
P. ¿Y cómo has tejido esa red que al final los conecta todos los relatos?
R. No sé, ha salido de forma muy natural y muy sencilla. Como que iba enlazando, cambiaba voces, cambiaba géneros, porque en un momento pensaba: en vez de ser una niña la que lo cuenta, va a ser un niño, y en vez de ser un niño, que sea una niña la que nazca. Pero en general he disfrutado muchísimo, ha salido muy orgánicamente. Y, al final, la mayoría de los cuentos tratan del abandono. Lo que más miedo da es el abandono. Que tus padres no vuelvan. Que tu madre nunca vuelva a ser la misma, que tu padre esté muerto en vida.
P. Sí, los zombis, que también salen.
R. Claro. Para mí los yonquis, los de la heroína, son zombis totalmente. Ahora tenemos el fentanilo y se ha puesto de moda otra vez la heroína.
R. Al final es el humor la red invisible que conecta todos los relatos, ¿no?
P. Puede ser. En la vida y en la muerte cabe todo. Igualmente, cuando vas a un funeral acabas riéndote por anécdotas. Y yo creo que el humor tiene que estar ahí. Y que tiene que haber respiros. Creo que he intentado que el libro tuviera descansos también para que no fuera todo tan intenso. No sé, lo he disfrutado tanto, que no sé cómo voy a volver a escribir una novela. Así te lo digo.
Lo que más miedo da es el abandono
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