Veraneos: 2.- Resacón en Larnaka

Estoy pasando mi cold turkey, mi hang over, tirado en una toalla en la playa de Larnaka, Chipre, mirando malamente el mar porque mis gafas progresivas están sucias de salitre y humedad. Hace calor en Chipre, una isla con forma de balalaika que, si miras google earth, se asemeja en cierta manera al tapón del sumidero de la bañera del Mediterráneo. Es el fin. O el principio. Puede que de todo o de nada.

Toda geografía es una invención humana y, yo, relajado inventor tirado en la arena, creo que tras la curva de mi barriguita y más allá de los dedos de mis pies, si cruzase este trozo de mar, llegaría a las costas del Líbano, de toda esa rockera zona que llamamos Oriente Medio. Aquí el mar no hace olas, es una película azul y calma. Entiendo a aquellos escritores apócrifos que describieron a un tipo con barba caminando sobre las aguas: es natural. Si Jesucristo se hubiese bañado en la Manga del Mar Menor tendría acento ché y sería fallero o pirotécnico o algo así.

Detrás de mí, al otro lado de la avenida, por cierto, está la iglesia -antes mezquita y antes iglesia (Chipre es sincrético, un verdadero palimpsesto, es lo que tiene)- de Agyos Lazarus (San Lázaro). Sí: ese tipo que el tal Jesucristo resucitó por ahí enfrente en Galilea o lo sacó del coma o algo y, luego, el tal Lázaro se fue a predicar y acabó aquí en esta islita. Lo más gracioso es que, cuando cascó por segunda vez, lo enterraron aquí y, pásmense, su tumba, en el sótano de la iglesia, está vacía porque los caballeros templarios se llevaron sus restos a París, me parece. Joder con la historia: qué relato. El cabronazo estuvo en tres tumbas, qué movilidad: parecía un funcionario de élite. Hoy, en esa iglesia de Larnaka, se practica el rito ortodoxo. Es decir, que no hay heterodoxia, digo yo. Resucitar es toda una trabajera, un coñazo.

La resaca que me postra aquí decúbito prono en la playa de Larnaka, Cyprus, tuvo su origen anoche, cuando me trasegué dos botellas de vino local y unos chupitos de ozu. El ozu es una especie de orujo a la griega que tiene dos efectos principales: si es bueno te hace ver al mismísimo arzobispo Makarios flotando en el aire con las barbas y la sotana mecidas por el viento. Si es de garrafón, te pone la cabeza como la de un conejo con mitsomatosis y al día siguiente ves el mar moverse hacia atrás y hacia adelante como en un documental apocalíptico sobre el cambio climático y el nuevo devenir de los océanos.

Conclusión: es el mar el de la resaca. No yo. Y en este momento, de manera, digamos, instintiva, tarareo aquella vieja copla de Tom Waits: the piano has been dirinking, not me. Not me.

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10 de agosto de 2014 - 03:00 h