Veraneos, 13: Iowa

Fantásticos los campos de Iowa (USA) con sus maizales, su trigo, sus calabazas y sus extrañas lechugas. Y las vacas.

Soy el hombre invisible y, gracias a mi condición, invado la privacidad de la granja de los Jonhston, cerca del condado de Maddison, ése de los puentes de madera tan raros.

Estoy en su cocina y veo a Robert pelando zanahorias y a Francesca atusándose el pelo y esquivando la mirada.

Hace calor en Iowa. Hace calor en general.

Yo, el hombre invisible, observa la mesa y las sillas de la cocina, de color caramelo, las cortinas, la nevera, las estanterías con latas de té y de galletas… Y a Robert y a Francesca que se sirven un poco de brandy y unos puntos suspensivos.

Hace calor en Iowa y en el condado de Maddison, pero a veces llueve como si no hubiera o hubiese mañana y esa tela de lluvia siempre será pasado.

O momentos del pasado.

Soy el hombre invisible que ve cómo Francesca y Robert suben al piso de arriba pero yo no. Yo me quedo en la mejor cocina conocida, con vistas al maíz y a las lechugas.

El amor es el borde de un abismo o un freno de mano o cruzar un puente o trasladarse o quedarse o partir o joderla o no o volver o no quedarse o sí tal vez.

Una sucesión de disyuntivas.

Estoy de vacaciones en el condado de Maddison (Iowa) sin cruzar los puentes. Invisible.

Soy el espectador.

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