El coche

En el asiento de atrás, Manuel besa a Lupe, roza sus hombros, le baja el tirante del sostén, su mano diestra, la de matar, abre los muslos.

Y todo va bien.

Son un hombre y una mujer.

Y un coche.

El chófer de confianza sale a fumarse un cigarro a la esquina.

El Mercedes de Manolete preside la sala capitular de Orive y poco más hay que decir.

Es perfecto.

Como una evocación.

La verdad no es tan perfecta como la mentira. Así te lo digo.

Ah; sin embargo, la evocación es un artefacto. Imprevisible.

Puede ser.

Por eso yo veo el Mercedes de Manolete, de color blanco crudo, con estribo, con los neumáticos firestone de repuesto, con sus asientos corridos, los retrovisores cromados, el techo negro. El mejor de los coches posibles para el mejor de los hombres posibles.

Y el chófer de confianza sale a fumarse un cigarro a la esquina.

Lupe, mientras, se sube el tirante y susurra con acento ultramarino: "no se te ocurra morir, tío loco, vivamos juntos por siempre en el asiento de atrás".

"No sé".

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Publicado el
4 de junio de 2017 - 03:00 h
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