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Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Altercado inminente

Oficina de Cajasur cerrada.

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Están cerrando en los barrios las oficinas-sucursales de una popular entidad bancaria que, en sus momentos de gloria, presidía un humilde cura de pueblo. Ah, qué tiempos de bonanza, oh témpora, oh mores.

Precisamente en barrios de población empobrecida –demasiados en la ciudad, triste ranking- también con gente de avanzada edad que lo mismo piden una vacuna que le atiendan en la oficina de su banco.

Mujeres y hombres que sostienen una economía doméstica que implica a tres generaciones: abuelos y abuelas con los nietos de la mano o en el carrito, padres y madres ocultos mientras en el eslabón central de lo cotidiano buscándose la vida. Son los que esperan a la puerta del banco del barrio los lunes y los jueves, de 8.30 a 11.00 horas porque es el horario de “operaciones en caja”. No otros días, no a otras horas.

Los veo fuera del local de la sucursal haciendo cola, pidiendo la vez como en la frutería, bajo el sol de primavera, expuestos a un travieso chubasco de abril inesperado. Eso es también la intemperie.

La entidad bancaria publicita sus apps y su oferta de banca on line para operar. Alguien debe decir eso desde un lugar demasiado elevado que le impide ver abajo, donde la brecha digital es más profunda que la Fosa de las Marianas.

Mientras: el desmantelamiento.

A su vez, la gente va al banco a pagar con humildad y elegancia de chándal sus recibos. Y los hacen esperar afuera, si acaso. Otros van a ver qué tienen; qué les queda. Son personas que, la noche de antes, se acuestan pensando que “mañana tengo que ir al banco” y así no se duerme bien.

En la cola, a las puertas de la oficina de la entidad, uno de esos hombres buenos dice “esto es cosa de la dirección; ellos no tienen culpa, son órdenes”. Los trabajadores de la oficina son sin duda sus vecinos que acatan directrices.

Puede estallar.

He visto la olla a presión silbando en la esquina del barrio, en una cola. La desesperación puede hacer saltar la espita y, entre lo que llevan aguantando cada uno y una en sus fondos y la barrera que tienen enfrente, se desatará un altercado. Serio. Justificado, explicable, tal vez necesario.

Ocurrirá y yo acabaré imputado por vaticinarlo aquí. Se me acusará de “incitación a la violencia” o algo así. Y yo saldré a defenderme diciendo cosas estúpidas como que “sólo era un artículo de mierda” o que “la Historia siempre condena a los profetas” o que “la ficción es no más que ficción”.

Todo eso puede suceder y yo tendré cinco minutos warholianos de fama.

Porque todo es una puta mierda. Pero sucede.

Aquí. Ahora.

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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11 de abril de 2021 - 05:00 h