957 27 52 39

La última vez que marqué ese número fue hace un poco más de 24 años. Lo hice desde un teléfono góndola de la mesita de noche del dormitorio de mi padre.

Era sábado, creo, a media mañana. Por la radio, los niños de San Ildefonso cantaban su mantra anual de números y pesetas.

Cuando me respondieron la llamada de esa casa a la que pertenecía el número ya salía un ataúd camino del Instituto Anatómico Forense, o cómo se diga eso. El ataúd iba lleno de energía interrumpida.

No he vuelto a marcar ese número; pero me lo sé.

¿Que por qué me lo sé? Pues no sabría explicarlo.

Me gustaría haber estudiado como para neurólogo o algo así. Intentaría explicar por qué una sucesión de cifras me va desde un espasmo eléctrico en el cerebro a las tripas pasando por el corazón o más o menos. Pero no tengo argumentos para explicar eso.

Sé que me sé el teléfono. Que no me abandona.

Yo que soy tan torpe que confundo a un Jaime con un Javier, a una María con una Miriam, a José María con María Jesús, sin embargo sé repetir 9 5 7 27 52 39. Es curioso.

En este punto creo que hace 24 años y poco de todo. Que todo está así medido.

Y, como es natural, no entiendo nada.

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26 de diciembre de 2020 - 22:18 h
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