Supongo que me gustan las películas, las buenas películas, porque en ellas, a diferencia de lo que pasa en nuestras vidas, todo está ordenado. Frente al caos de lo cotidiano, la pantalla me ofrece un relato en el que cada pieza encaja y donde todo confluye en un final que, con independencia de que sea trágico o feliz, sentimos que al llegar a él hemos recorrido un camino en el que hemos aprendido. En el que incluso nos hemos reencontrado con nosotros mismos, dándole sentido a un par de horas fuera del ajetreo que nos disloca, a salvo de tanta luz y de tantas expectativas. De esta manera, una buena película acaba siendo sanadora. Como lo es un abrazo, un reencuentro amistoso, un paisaje frente al que sentimos la grandeza del universo.
Nunca pude imaginar que vería una película como Hamnet al final de una semana que también a mí me ha atravesado con las sombras de ese dolor que, aun siendo ajeno, se vuelve colectivo porque nos recuerda la fragilidad que compartimos. Ni en mis peores pesadillas pude soñar que vería la adaptación de uno de los libros que más me ha gustado en estos años en medio de un laberinto de sombras y malestares. En un enero de lluvias que parecen hacernos todavía más pequeños e inciertos, por más que encierren la promesa de una primavera radiante. Hacía tiempo, mucho tiempo, que no llegaba al final de una película con los ojos llenos de lágrimas y escuchando como mi compañero, sentado al lado, parecía no tener consuelo. Supongo que los dos teníamos un atasco por dentro de tal magnitud que solo la historia de Maggie O`Farrell, y ahora también de Chloé Zao, consiguió que sacáramos hacia afuera una suerte de duelo que no habíamos hecho, y en el que también, claro, habría retazos de espinas e incógnitas que nos debilitan en estos años desordenados.
La hermosa historia que la novela de O`Farrell nos cuenta con un equilibrio casi perfecto entre los intensos retratos psicológicos, la fuerza torrencial de las emociones y la belleza de las palabras ha sido trasladada al cine sin que se traicione esa apuesta tan radical. La directora de Nomadland, con la complicidad de la autora, ha sabido leer con inteligencia las páginas y las ha traducido no solo en unas imágenes bellísimas – algunos encuadres son verdaderas composiciones pictóricas, en las que la luz, los colores y la disposición de los personajes generan cuadros vivientes – sino también en un viaje en el que el espectador acaba sintiéndose parte del drama. Un proceso empático que crece a medida que avanza la historia y que culmina en uno de los finales más hermosos que yo recuerdo del cine reciente. Un final que atesora miles de claves que nos interpelan y que van desde la potencia del arte para retratarnos y salvarnos, y muy en especial del teatro como ejercicio de (re)construcción colectiva, a los laberintos subjetivos del duelo que continúa siendo, siglos después, uno de esos vacíos frente a los que nuestra racionalidad omnipotente se nos escurre como agua entre los dedos.
Aunque la película, a diferencia de la novela, da un mayor peso al personaje de William, al que Paul Mescal otorga peso y belleza aunque por momentos me pareciera desdibujado, el centro de Hamnet es la impresionante Agnes, interpretada por una espléndida Jessie Buckley que se merece todos los premios de la temporada. Es esa Agnes la que, como con más hondura leemos en la novela, nos revela toda una potencia que nos lleva a los territorios tradicionalmente invisibles de las mujeres sabias, las que al margen de lo normativo eran seres nacidos de la madre Naturaleza que solo ellas sabían leer con ojos lúcidos y creativos, mujeres que como la protagonista de la película estuvieron siempre en lucha con los espacios tan estrechos que les reservaban. De ahí que en Hamnet sintamos cómo el bosque, los árboles gigantes, el cielo inmenso, sean para Agnes la posibilidad de saberse y sentirse libre, lejos de las oscuras cocinas y de los dormitorios de techos asfixiantes. Donde ella podía reencontrarse con su posibilidad de crear e imaginar, manchando sus manos de tierra, manos capaces de adivinar. Ellas, la Naturaleza; ellos, la Cultura. Un mundo desigual en el que solo ellos – los héroes, los genios, los caballeros – tenían el derecho a realizar sus sueños y a moverse, en todos los sentidos, del lugar que por herencia les había sido asignado. Unos tipos que en algún caso, como le sucede a William, encuentran enormes dificultades para afrontar las emociones, las cuales solo son capaces de canalizarlas a través de un hacer, en este caso creativo, en el que acaban diciendo lo que no saben decir de otra manera. Tan desconectados como siempre hemos estado de la corporalidad y, por tanto, de la vulnerabilidad que es la que nos define como seres vivos. Tan lejos de la sabiduría de las plantas, de las lecciones de los bosques y de todo lo que sostiene la vida. Supongo que también mis lágrimas tuvieron que ver por sentir en mí gran parte de esa desconexión y lejanía, por más que intente enmendarla a menudo con palabras que me desnudan.
Cuando el pasado viernes mi compañero y yo salimos a la calle tras haber estado en una especie de útero que nos amparaba, bajo una lluvia que furiosa parecía insistirnos en que somos animalillos siempre a la búsqueda de calor y de abrazos, lo hicimos como quien ha asistido a una suerte de ceremonial laico donde el yo se ha hecho un nosotros y en el que, arte mediante, hubiéramos atravesado mil senderos llenos de barro y con flores moradas renaciendo. Fue así como Hamnet nos advirtió de que esa eternidad es la única posible y de que solo la posibilidad de pensar y sentir juntos nos permite superar el duelo y esperar con ansias el mes de abril. Ojalá con la inteligencia que supondría aprender de Agnes todo lo que este mundo de “genios masculinos” condenó a hogueras y silencios. Imaginemos ese otro universo posible: ese con el que habría soñado la hermana que Shakespeare nunca tuvo.
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