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Sobre este blog

— Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, graduado en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

— Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

— Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Por qué defendería a Nicolás Maduro

Javier Vilaplana

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Sobre este blog

— Y bien, ¿qué tiene que decir del procesado?

— Pues poca cosa, señoría: se dice que se le puede encontrar habitualmente en el estrado, sentado en el lado de la defensa. Abogado, graduado en filosofía, profesor e investigador universitario y esforzado karateka, se le suele ver pedaleando, casi como si de un ritual se tratara, desde su despacho hasta la Ciudad de la Justicia, la Facultad de Derecho o el tatami.

Padre de dos niñas, he leído que, además de diversos artículos, ha escrito los libros La posverdad a juicio. Un caso sin resolver (Premio Catarata de Ensayo) y Leer lo correcto. El proceso como una de las bellas artes.

— ¿Y cree que debería el jurado creer lo que nos cuente?

— Eso, señoría, ya no me corresponde a mí decidirlo. Lo que sí le puedo asegurar es que se trata de alguien que no da nada por sentado, menos aún cuando la justicia o la razón están en juego.

— Está bien. Gracias por su testimonio. Visto para sentencia.

Si Nicolás Maduro me llamara, asumiría su defensa ante los tribunales de Nueva York tras la manifiestamente ilegal detención de que fue víctima hace unos días.

El legendario letrado Jacques Vergès —conocido como “el abogado del terror” o “el abogado del diablo” por, entre otros asuntos, haber defendido a individuos como el venezolano Carlos el Chacal, el nazi Klaus Barbie, o el exlíder de los Jemeres rojos— admitió en cierta ocasión, con evidente aire provocador, que habría defendido a Adolf Hitler y a Osama Bin Laden, y que, por qué no, también asumiría la representación legal en juicio del mismísimo George W. Bush, eso sí, “siempre que se declarara culpable”.

En su interesante libro Calle Londres 38, el abogado y profesor Philippe Sands relata la laberíntica y desigual batalla legal librada entre el derecho internacional —singularizado en aquel caso en el hoy ya prácticamente difunto principio de Justicia Universal— y el exdictador chileno Augusto Pinochet, quien fuera legalmente arrestado en Londres y quien, finalmente, fuera legalmente liberado. Toda una guerra judicial que, sin perjuicio de que terminara en otra nueva derrota para la Justicia, significó una histórica victoria para la dignidad.