Más allá del abismo

La palabra holocausto se instaló en el siglo XX como un concepto eminentemente concreto, haciéndonos olvidar su sentido abstracto y bíblico. La idea ya no es otra que la horrible matanza de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia no hace falta mirar mucho ni a muy distintos lados para descubrir otros holocaustos y nuevos nazis. Pero eso no altera el extraordinario andamio cinematográfico que Steven Spielberg levantó alrededor de aquel suceso, un auténtico monumento que quedará eternamente grabado en nuestra memoria para gloria del séptimo arte. La lista de Schindler es ya, al margen de anécdotas más o menos oportunas, como es el caso de los Oscar, una de las cimas del cine de todos los tiempos.

La crónica histórica recoge los hechos de otro Oskar, Shindler, un polaco colaboracionista con los exterminadores que levantó una gran empresa dedicada a la fabricación de munición y  que para ello utilizó mano de obra judía aprovechándose de su condición esclava. Recoge también la actitud de este hombre que acabó salvando a muchos de una segura muerte, arrebatándoselos a las cámaras de gas y a la incontinencia sangrienta de sus ‘camareros’. Spielberg nos narra el viaje al horror de un grupo de personas, nos hace sentir dentro de los agobiantes trenes a pleno sol, en las duchas de los campos, dónde la tensión se mezcla con el miedo y el bochorno, creando en el espectador una sensación de desolación que tiene la suerte de no vivir.

Es de suponer que a estas alturas todos sepan acerca de esta película sus detalles más evidentes: lo del dramático blanco y negro con algún mínimo apunte en color, lo de meter  el visor hasta el interior de la cámara de gas o ese otro tan polémico de reunir al final del film, alrededor de la tumba de Schindler, a los actores y a los personajes que interpretan. Debido a ello, cualquier nueva crónica acerca de la película puede tranquilamente tratar sólo alguno de sus aspectos. Hay uno muy curioso, y es el triángulo que se establece entre Schindler y el bien y el mal, simbolizado en la relación entre el protagonista, el mortífero comandante nazi Amon Goeth y el hábil judío, Itzhak Stern, que actúa como contrapeso de su conciencia. Liam Neeson, Ralph Fiennes y Ben Kingsley son casi los únicos reconocibles dentro del horrible marasmo, y prácticamente los únicos que el espectador necesita reconocer, pues en ellos tres se concentra al fiel y a los dos platos de la balanza. Spielberg, que lo mismo le mete a uno en la boca del tiburón que le saca en volandas del Arca de la Alianza, consigue en esta ocasión introducir al espectador en la vida de mil y pico personas sin apenas presentárselos, manteniéndolos en una discreta sombra, pero vivos y palpitantes como almejas recién abiertas. Con esta cinta, realizó auténtica poesía viviente, una obra totalmente lírica sobre el horror y la demencia del hombre, un maravilloso canto a la vida y a la esperanza dentro de la oscuridad, tal y como explica Stern en una memorable escena: "Esta lista… es el bien absoluto. Esta lista es la vida. Fuera de ella se abre el abismo".

Es sólo un aspecto de su película, pero que estruja un drama tan amplio y disperso que deja de él sólo unas gotas, amarguísimas, pero que caen, o sólo vemos caer, en un pequeño puñado de personajes… y funciona, porque cada vez que la veo tengo que hacerlo acompañado de una caja repleta de pañuelos de papel.

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28 de septiembre de 2013 - 12:07 h
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