Dios ha muerto

A finales de la primera década del tercer milenio, un presidente estadounidense dijo: "Dios ha muerto. Y lo hemos matado nosotros". Esa misma noche, Ramón García agradecía a la audiencia su fidelidad y despedía la última emisión del Grand Prix, la panacea televisiva de los veranos en familia. Podría tratarse de una simple coincidencia, pero algo revelador subyace tras los hechos. El presidente no hablaba de teología, sino de la influencia omnipotente de los medios. The Loudest Voice, de Showtime, pone de manifiesto la religión de los mass media y el cosmos del demiurgo con más adeptos de la historia: la televisión, politeísta y predicadora, que a raíz del 11-S evolucionó definitivamente hacia su credo más agresivo y adoctrinador.

El único arma de seducción masiva capaz de hipnotizar nuestra atención e inducirnos hacia conflictos inexistentes. Hoy yace sobre su propio altar. Desde hace años su credibilidad se desangra ante el retablo publicitario. Muy pocos profesan ya su fe. Su palabra simple, sesgada y boba se impone en consejos de administración. Se ha destapado su farsa y se ha desvelado la fórmula de su dormidera perfecta: dar a la audiencia lo que necesita sin que ésta sea consciente de su necesidad. Pero ya nadie se cree nada; nadie se cree a nadie. La desconfianza cierne un nuevo paradigma individualista sobre las cabezas de unos feligreses sin más templos que sus propios cuerpos.

La televisión entendida como medio informativo expía su engaño y da sus últimos estertores. Aquella que impulsó a Estados Unidos hacia la masacre de Irak sin más motivos que salvaguardar los valores de un sueño americano que hoy es una pesadilla surrealista. Aquella que todos los veranos nos llena la nevera. Años atrás, cuando Ramontxu, se sacaba el melón y la sandía para cenar, nada tan fresco, ligerito y familiar como el Grand Prix para irse a dormir. También había buena carnaza congelada: fichajes y culebrones, olas de calor nunca antes sufridas y un crimen abominable sin resolver. Si el refrito político la cagaba, se ponía en la mesa toda esa carnaza con un poco de salseo borbónico. Dios ha muerto y lo hemos matado nosotros. Quedamos libres de su doctrina y nos apresuramos, igualmente persuadidos, hacia el cántico de las plataformas digitales. Distinto mesías, mismo evangelio. Solo Dios dirá.

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18 de julio de 2019 - 19:46 h