Nacho Vegas: “La batalla cultural la ha ganado la derecha”

Nacho Vegas | ÁLEX GALLEGOS

Nacho Vegas (Gijón, 1974) tiene sentido del humor para reírse de todos los clichés en los que se le ha etiquetado: desde el cantautor maldito al del malo del indie español, el hombre que casi conoció a Michi Panero y coqueteó con las drogas, o ahora el cantante anticapitalista y activo militante político que no duda en ponerse detrás de la bandera de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

En el indie patrio, la figura de Nacho Vegas llegó a ser mitificada. Pero basta tomarse una caña con él en la plaza de la Corredera y enchufar la grabadora para descubrir, a los pocos minutos, que es un gran conversador, un amante de la música que disfruta con lo que hace y que ese malditismo que rodea a su figura es otra cosa.

Nacho Vegas pasó el pasado lunes por Cosmopoética para leer unos poemas de su último libro, Reanudación de las hostilidades, y tocar unas canciones. Y en plena resaca de lo que ocurrió el 1 de octubre en Cataluña hablamos con un músico que no se muerde la lengua, que no esconde su activismo político y con el que acabamos intercambiando series y lecturas sobre Italia, un país aún más contradictorio que este. La caña de cerveza está servida y Nacho Vegas se lía un cigarrillo mientras encendemos la grabadora. Rec.

PREGUNTA. En una entrevista, ¿dónde te sientes más cómodo: hablando de música, de literatura o de política?

RESPUESTA. Todo tiene que ver. Al final, es un poco extraño que en los últimos discos que saqué se cargaron las tintas sobre la dimensión social y política de las canciones. Digamos que la realidad y el momento social mandan. La música tiene mucho que ver con los procesos sociales que se dan en el momento en el que se crea. Entonces, es normal que se hable de ello. También quise asociar de una manera consciente mi música a mi compromiso político sin que me importara que se hablara de ello. Es verdad que se ha hablado mucho de ello, pero bueno, otras veces se hablaba de droga en las canciones y se me preguntaba mucho por eso. Siempre que hablo de un tema tiene que ver con la realidad, que es la materia prima de las canciones. Como dijo aquel, este mundo no me es ajeno, por lo que se puede hablar de cualquier cosa. Lo que pasa es que a veces tengo el miedo de parecer una especie de tertuliano que habla de cualquier tema. No dejo de ser un autor de canciones y no me gusta sentar cátedra de nada. Al final, las canciones son dudas, dilemas y contradicciones. Muchas veces leer un titular de una entrevista que has hecho y parece que estás soltando como una sentencia. Hace poco me pasó con Público cuando dije aquello de que "la vieja izquierda sigue hablando de clase obrera sin darse cuenta de que ha sido derrotada" (risas). Es una frase sacada de una tesis que tiene que ver con el libro que publiqué y con la realidad, también cultural, que vimos en Asturias en estos últimos años. Pero claro esa frase también sirvió para que mucha gente de la izquierda me llamara traidor y cosas así. Hay veces que te sientes un poco extraño, pero son problemas que tienen que ver con mi trabajo. También soy muy bocazas. Mientras tenga que ver conmigo y no afecte a otra persona no me importa ser un bocazas.

Soy muy bocazas

P. Es muy trascendente el mensaje que se lanza a través de la música. Llega de manera más directa y clara a la gente que cualquier mitin o cualquier entrevista que conceda un Pablo Iglesias de la vida.

R. Sí, eso es verdad. Siempre que ha habido momentos sociales importantes ha habido himnos, poemas o canciones que lo acompañan. Lo que pasa es que en este momento que vivimos en los últimos años como el clima que se creó durante el 15-M se hablaba de que se carecía de himnos. Surgió entonces esa discusión un poco absurda en Podemos de que uno era más de Vetusta Morla, otros más de cuando pusieron la canción del pueblo unido jamás será vencido al final de un mitin, otros hablando de Coldplay. Era absurdo. Es verdad que estamos en una época en la que hay pocos himnos, pero creo que es más importante no solo lo que la música dice sino lo que la música hace: cómo la vehiculas y cómo la asocias a un movimiento social determinado. Eso es más importante que el propio mensaje de la canción. De hecho, a la inversa ha ocurrido. En los noventa y en los dos mil, en la escena indie de la que yo vengo, no había canciones de contenido político pero sí que hubo algún grupo que lo hizo. Hubo grupos como Grande Marlaska, antes Garzón, o Asturias Mus, que tuvo un disco, Naval. Fueron discos que tenían un contenido político muy chulo pero que con el clima que había en la escena indie no trascendieron. Entonces, eso al final, por mucho que digas si no lo asocias a un proceso civil se acaba quedando en nada. También pasó en el indie británico. Había grupos con contenidos muy marxistas y a diferencia de otros grupos británicos como Billy Bragg, que siempre apoyó con su música las luchas obreras y las huelgas mineras, que unía con su trabajo al activismo político, estos grupos quedaron un poco como indies que tuvieron su momento pero que nadie los asociaba a música política.

El indie de principios de los noventa cambió de signo y se derechizó de alguna manera. Dejó de tener contenido político y social y empezó a hablar de cuestiones más subjetivas

P. Es que los indies no se metían en política. Le cantaban a otras cosas.

R. Claro. El neoliberalismo implica una serie de valores en los que está el individualismo y el rechazo a cualquier cosa que tenga que ver con apelar a la colectividad. De todo esto estaba imbuida, aunque no lo quisiera, la música de aquellos años. Fue una batalla cultural ganada por la derecha. Recuerdo que en los ochenta el indie que empezó en las Islas Británicas tenía un carácter antithatcher bastante marcado. Pero es que Thatcher arrasó con todo y ganó incluso aquella batalla cultural. Una frase muy famosa de Margaret Thatcher fue cuando le preguntaron por su mayor logro político y ella respondió que Tony Blair. Eso también ocurrió con la cultura. Al final el indie de principios de los noventa cambió de signo y se derechizó de alguna manera. Dejó de tener contenido político y social y empezó a hablar de cuestiones más subjetivas.

P. Era más lírico.

R. Sí, mucho más intimista y sin querer abrir las ventanas. Se puede hablar de cosas íntimas y también proyectarlas hacia fuera. Pero de una manera inconsciente el indie estaba imbuido de una cultura hegemónica que tenía que ver con un sistema que nos estaban metiendo una serie de valores consumistas que sigue triunfando y arrasando. La batalla cultural la ha ganado la derecha. La izquierda siempre se ha arrogado a la cultura y en realidad creo que nos equivocamos. Es la derecha la que va ganando.

La derecha tiene conciencia de clase, de la opresora, pero conciencia de clase

P. Owen Jones lo cuenta en Chavs cuando entrevista a un diputado del partido conservador británico que le dice que por supuesto que existe lucha de clases y que la va ganando la suya.

R. Eso lo dijo también Warren Buffett. Al final te das cuenta de que tienen más conciencia de clase en la derecha que en la izquierda. Por eso hay que recuperar el punto de vista de clase. Hay una cosa muy curiosa con la música que es el fenómeno de Taburete, el grupo del hijo de Bárcenas y el nieto de Díaz Ferrán. Leí un artículo en el que entrevistaban a gente del público y había unos en un concierto en Barcelona que iban a verlos con camisetas en las que se leía PAM. La periodista le preguntó qué significaba y le dijeron que era "Pijos a Muerte". (Risas). Te das cuenta de que esa gente tiene conciencia de clase, de la opresora, pero conciencia de clase. Y sin embargo en el indie lo que pasaba es que no había conciencia de ningún tipo. Lo que siempre le interesó a la derecha no es tanto tener una cultura que transmitiera sus valores sino una cultura aparentemente despotilizada y que no fuera problemática porque eso era lo que le hacía el juego al sistema. La batalla cultural de la derecha ha consistido en despolitizarlo todo, desde la cultura hasta la Guerra Civil, que nos lo venden como una especie de lucha fratricida entre hermanos como si no hubiera habido un golpe de estado.

Lo que siempre le interesó a la derecha no es tanto tener una cultura que transmitiera sus valores sino una cultura aparentemente despotilizada y que no fuera problemática

P. Y piden no reabrir las heridas 80 años después.

R. Exactamente.

P. No solo el indie, también están los cantautores. Siempre se les consideró un coñazo. Incluso hoy la palabra cantautor está devaluada.

R. Hombre, es verdad que es una palabra que estaba muy denostada y ahora parece que menos. En los noventa y en los dos mil sí que se escuchaba mucho lo de cansautor, cantautista y todas estas mierdas que decían. Encima en los noventa estuvo esta generación de Ismael Serrano, Pedro Guerra y Javier Álvarez que fue un poco anatema en el mundo indie, que sonaba a rancio, a cosa vieja. Creo que el tiempo ha puesto a cada uno en su lugar. En Ismael Serrano encuentras la primera crítica a la cultura de la Transición.

La canción de autor fue anatema en el mundo indie, sonaba a rancio, a cosa vieja

P. Papa cuéntame otra vez. Inciso, ese padre es Rodolfo Serrano que fue jefe de prensa del Ayuntamiento de Córdoba.

R. ¿Ah sí? (Risas). Supongo que hay una razón. La canción de autor tuvo mucha importancia en el tardofranquismo pero con la llegada de la democracia muchos cantautores se subieron al carro de la cultura hegemónica que apoyó y avaló el PSOE. Otros quedaron más en la sombra. Gente como Chicho Sánchez Ferlosio, que era el más díscolo de todos, ni grababa discos ni nada. Los otros prefirieron hablar de otros temas y no meterse en jaleos, como Joaquín Sabina, con todo el valor que tiene como autor. O Serrat también, que con los discazos que tiene prefirió no meterse en camisas de once varas. Parece que tras el 78 no había nada por lo que luchar. Sin embargo, el papel que jugó la canción de autor en el tardofranquismo lo ocupó en los ochenta el rock radical vasco. Era una música súperpopular que vendía muchísimos discos, más que muchos grupos de la movida que estaban todos los días en los periódicos. El rock radical vasco no estaba visibilizado en los medios pero eran muy populares y al final nos llegaban. Todos escuchamos a La Polla Récord y a Kortatu.

El papel que jugó la canción de autor en el tardofranquismo lo ocupó en los ochenta el rock radical vasco

P. Aquí en Andalucía tocaron mucho. Yo los he visto en directo.

R. Sí, sí, sí. Además, también tocaban mucho por Europa. Precisamente hablaban de conflictos. No quiero minusvalorar la transgresión que tuvo la Movida, que fue pasar de la España franquista en blanco y negro a darle color, hablar de hedonismo y estas cosas que hacía la tribu de Alaska y Almodóvar con la cuestión de género tuvo su importancia. Pero es verdad que no resultaban problemáticos. Pero aquello de lo que hablaban en Euskadi se silenciaba y se invisibilizaba. Y cumplieron el papel de los cantautores en los años setenta.

La Movida no resultaba problemática

P. Es lunes y la entrevista se publica el domingo. Pero tenemos que hablar de lo que pasó ayer [por el domingo 1 de octubre] en Cataluña. No sé si parafraseando el título de tu libro lo que ha ocurrido en Cataluña es una Reanudación de las hostilidades.

R. Nunca han cesado las hostilidades. Lo que pasa es que ahora se han visibilizado de una manera muy grotesca con todo lo que pasó ayer [por el domingo]. Y todo eso tiene que ver con una cultura de Estado. Antes de que existiera el Youtube y las redes sociales las luchas obreras de los ochenta fueron reprimidas a hostia limpia. Esa Policía era heredera de la franquista, tras los pactos que se hicieron en el 78 y sus códigos siguen vigentes hoy en día. Se pone mucho el foco en el Gobierno del PP y tiene la mayor responsabilidad, pero hay una cuestión de Estado que trasciende al PP y que tiene que ver con el régimen del 78. Lo único bueno que puede sacarse de ayer es que se rompa definitivamente con ese régimen y que empecemos a pensar con otra lógica. Era algo que parecía que podía ocurrir con el 15M pero era una movilización mucho más desordenada. Ahora la gente está más concienciada. La política ha entrado en la vida de la gente de una manera que no lo hizo en los noventa ni en los dos mil. En el indie no se hablaba de política y en una conversación de bar si hablabas de política eras un pesado. La política se reducía a los círculos más concienciados, con más militancia o a temas más concretos como la guerra de Irak. Entonces parecía que la política era algo de cuatro señores de traje que no nos incumbía. Con el 15M cambió esa forma de pensar y fue un paso. Ahora creo que se da otro paso más en la ruptura con ese régimen. Pero es como tú dices. No sabemos qué va a pasar en los próximos días. Hay un poco de miedo también. Con algunas cosas de las que veías te daban ganas de llorar.

Antes de que existiera el Youtube y las redes sociales las luchas obreras de los ochenta fueron reprimidas a hostia limpia

P. A mí me da miedo que la gente se envuelva en las banderas para no hablar de otros problemas, que considero más importantes. No sé si hay partidos en Cataluña que quieren que se amnistíe su corrupción con esto o hay otros en el resto de España que se envuelven en la rojigualda para no hablar de derechos sociales perdidos, de rescate a la banca, de que siguen echando a la gente de su casa, etcétera. Resumo la pregunta: ¿el nacionalismo casa bien con la izquierda?

R. Es una gran pregunta esa y es una discusión que está en el seno de la izquierda. Creo que si hablamos de izquierda tenemos que hablar más de internacionalismo que de nacionalismo. Y ese es el que sostiene la CUP o Bildu, que sostiene una parte de Podemos como Anticapitalistas, y que tiene que ver con respetar el derecho de autodeterminación de los pueblos y con la solidaridad entre las naciones desde el punto de vista social. El nacionalismo excluyente es el que genera esos populismos de extrema derecha que son totalmente opuestos al populismo de izquierdas y que yo creo que es totalmente necesario en democracia. Bueno, al final es verdad que hablando con amigos de izquierdas decían que esto de Cataluña tenía más que ver con un folclore político que con las cosas que realmente nos tenían que afectar, como las políticas que nos marcan desde Bruselas. Al final, la ruptura con el régimen neoliberal se está dando a partir de lo que está ocurriendo en Cataluña y no podemos dejar de darle importancia. Muchas veces se pone el foco en que lideran el proces el PdCAT que tiene detrás toda la historia de corrupción de CiU. Pero creo que el derecho a decidir y el derecho de una nación tiene que trascender a los políticos que gobiernen. Tenemos que mirar más allá sin olvidar la óptica de los hechos sociales. Lo de ayer tiene que valer para que la gente vuelva a la calle. La semana que viene hay una manifestación importante en Madrid de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, ya que ahora se están poniendo sobre la mesa leyes y estas protestas son más necesarias que nunca. Los bancos no son tontos. Están dejando de dar hipotecas y se están dedicando al mercado del alquiler, donde sigue habiendo muchos desahucios que están menos visibilizados, ya que detrás hay grupos inmobiliarios, grandes propietarios o incluso la Administración. Es más difícil visibilizar estos desahucios y por eso está creciendo esta burbuja del alquiler tan brutal. Se hacen necesarias estas leyes de vivienda que está proponiendo la plataforma. Tal vez esto que ha ocurrido sirva para contagiar y que la gente vuelva a salir a la calle, y también para pedir derechos que se están vulnerando. No se nos puede olvidar.

La ruptura con el régimen neoliberal se está dando a partir de lo que está ocurriendo en Cataluña

P. En estas semanas se nos llena la boca con la Constitución y pasamos por alto un artículo fundamental, el de que cada español tiene derecho a una vivienda digna.

R. Sí. La Constitución también dice que la soberanía reside en el pueblo. Pero una de las cosas que ha traído consigo la revolución liberal es que han perdido soberanía los países. Ahora nos gobiernan los mercados. Cuando Zapatero y Rajoy con nocturnidad cambiaron el artículo 135 era eso, vendernos a los mercados. O lo que ha hecho Carmena en Chamartín en la zona Norte de Madrid ha sido eso, venderle suelo al BBVA. Esos son los que están mandando sobre nosotros. Y se nos olvida la Constitución. Pero bueno, apelar a la Constitución, a las leyes y a cuestiones procedimentales para devaluar el referéndum me parece echar balones fuera. La realidad es mucho más dura.

Lo de cantautor maldito siempre me lo tomé a broma

P. Al final en muchas de las manifestaciones en Cataluña se cantaba a Lluis Llach, por volver al principio de que cada proceso histórico necesita su himno. No sé si a ti te han considerado el cantautor de la lucha contra los desahucios, si te sientes cómodo en esa etiqueta o más en la que te ponían antes, como la de cantautor maldito.

R. No, no. Lo de cantautor maldito siempre me lo tomé a broma. Además, me parecía importante para que se pudieran apreciar o despreciar esas canciones. Por lo menos que la gente se fijara en las canciones y no en un personaje ficticio.

Los momentos de armonía no me provocan una canción

P. ¿Cuánto había de leyenda y cuánto de verdad?

R. Había mucha verdad. Siempre usado como materia prima para todo lo que he hecho la realidad y las cosas que me han pasado. Tu vida entendida como tus cosas y también lo que te rodea. Pero claro, en una canción tienes derecho a poder manipular eso, alejarte de esa realidad e incluso transformarla en ficción, y encontrar una verdad emocional que es mucho más importante y que es lo que debe transmitir una canción. A mí las emociones radicales y extremas siempre me han parecido como un punto de partida. Pero no las he vivido más que otra persona. Todos tenemos nuestros picos en la vida. Lo que pasa es que los momentos de armonía de mi vida no me provocaban una canción, digamos. Me provocan más los momentos de desarmonía y de caos, porque son los que hacen que no comprendas nada de este mundo. Ahí utilizo las canciones para intentar comprender algo de lo que sucede. Si tomas solamente esos referentes que son solo una parte de mi vida parece que soy una especie de persona atormentada, drogadicto y un personaje maldito. Pero hay mucho de ligereza en todo. Es muy diferente a lo que me preguntabas ahora. No es que me considere cantautor de nada ni figura de nada. Pero sí que en un momento dado de activismo y compromiso político he colaborado con la plataforma y les he hecho esta canción a partir de un poema de Gloria Fuertes. Yo admiro mucho la lucha de la gente de la PAH, me merece mucho mi admiración y respeto. Y la canción no es comparable a la trascendencia que ha tenido alguien como Lluis Llach. Es que una canción como L'Estaca es impresionante. El problema es que probablemente no se encuentren referentes más cercanos y que se tenga que volver a Llach o a Quilapayún para volver a cantar himnos políticos. Estamos desprovistos de esos himnos. No sé si es necesario crearlos o la lucha se puede crear de alguna manera. En realidad creo que esos himnos han ido acompañando a los procesos sociales. Generalmente la música refleja lo que sucede. No anticipa. Puede hablar un poco del clima. Veníamos de una escena cultural y de un sistema hegemónico importante que desmovilizó, y volver a significarla políticamente es algo que no se puede conseguir de un día para otro. Por eso, la sensación de que vivimos en una especie de páramo cultural en lo que se refiere a himnos con trascendencia política y social. No sé si volverá.

La música refleja lo que sucede, no anticipa

P. Ahora hay otros medios, como las redes sociales. Tú eres muy activo en Twitter. Y tenemos la batalla reciente de los 280 caracteres, como si los 140 no fueran suficientes.

R. A mí todavía no me han llegado los 280 (risas).

P. Has venido a Córdoba por el festival de poesía de Cosmopoética, que este año está dedicado a las fronteras, a México como país invitado, con el problema que tiene con su vecino Donald Trump. Por Cosmopoética ha pasado muchísima gente y hay muchos poetas que consideran que la poesía sí que puede transformar la sociedad.

R. Hombre. Por si sola no, desde luego. Pero sí que puede ayudar. Lo que decía Celaya, que es un arma cargada de futuro. Incluso lo que te decía antes. Es normal haber visto luchas políticas acompañadas de himnos. Una sociedad desprovista de esa lírica, de sus propios mitos, es una sociedad en descomposición. Creo que era un ensayo de Carlos Fernández Liria que hablaba de eso, de que los populismos históricos en el siglo XX fracasaron porque desprovieron a la gente de himnos. En la Unión Soviética la religión desapareció. Sin embargo, en Latinoamérica cuando se quiso romper con la dinámica colonialista el socialismo de finales del siglo XX no despreció la religión porque la gente necesitaba esos mitos. La Teología de la Liberación fue muy importante para esas comunidades indígenas. No creo que la poesía pueda cambiar la sociedad por si sola pero sí que acompaña a cualquier cambio social. De forma natural sucede.

Una sociedad desprovista de esa lírica, de sus propios mitos, es una sociedad en descomposición

P. Se escucha más poesía que se lee.

R. Es cierto. Por eso es bueno que un festival como Cosmopoética haya sumado la música, en lugar de ser un festival en el que hay 25 presentaciones de libros con lecturas poéticas que pueden ser un coñazo tremendo. Por eso acercar la poesía a la gente me parece algo muy acertado. Toda la polémica que hubo en torno al premio Nobel de Dylan, por la que me preguntaron mucho pero no quise decir nada porque no me interesaba excesivamente. Pero si lo piensas hay una tradición. En la Edad Media eran los trovadores los que difundían la literatura. La canción es un género en sí mismo pero puede acercar la poesía a la gente. Es una pena que mucha gente que piensa que la poesía es aburrida o críptica, y solo para lectores de poesía.

P. Lo mismo es culpa de los poetas.

R. Sí, hay una poesía más canónica, que se excedió en el uso de las metáforas, en ser demasiado críptica.

P. Estamos en la ciudad de Góngora. (Risas). Te puedes meter con él. No hay problema. Yo siempre fui más de Quevedo.

R. (Risas) Es verdad. Yo también soy más de Quevedo. Antes hablabas de las redes sociales. Cuando empezó Twitter pensé aprovechar para poner canciones que me gustaban. A lo mejor con eso consigues que la gente que te sigue descubría. Igual que yo he descubierto canciones gracias a versiones de otros músicos. Pero como Twitter es tan rápido la gente no le da al play. Sin embargo, si es una imagen la gente interactúa más. Lo hago con poemas. Si leo algo que me gusta suelo hacer una foto a la página del libro y tuitearla. Y esos son mis tuits más retuiteados. Estoy seguro que mucha gente que abre esa imagen no es lectora de poesía habitual. Así se dan cuenta de que un poema no es algo que le pueda ser tan ajeno. Eso es algo de lo bonito de Twitter, con todas las cosas estúpidas que tienen las redes sociales. Esta es una de las más chulas. No dejo de poner canciones, también.

Si leo algo que me gusta suelo hacer una foto a la página del libro y tuitearla. Y esos son mis tuits más retuiteados

P. En Facebook también hay grupos donde se comparten poemas con miles de compartidos. Quizás sí, hay que sacar a la poesía de los pequeños recitales.

R. Las redes sociales hay que tomarlas con distancia. Sobre todo desde el ámbito político ha habido muchas denuncias últimamente. César Renduelles criticaba el ciberfetichismo, en el que decía que con las redes sociales nos creemos que estamos haciendo las cosas juntas cuando lo estamos haciendo al revés. Tampoco podemos despreciar el papel que han tenido como herramienta, para hacer llamamientos y movimientos. Si lo piensas como una herramienta y no como un fin. Hay quien dijo aquello de que la revolución ocurrirá en las redes. Pues no, ni ocurrirá en las redes ni será televisada.

La revolución ni ocurrirá en las redes ni será televisada

P. Ayer [por el domingo] nos informamos a través de las redes sociales. La televisión pública renunció a hacerlo.

R. En parte sí. Me recordó a las semanas previas al 15M, que fue cuando me abrí una cuenta personal en Twitter. Me di cuenta que si quería informarme de lo que estaba pasando era más efectivo Twitter que Televisión Española. Lo que sucedió en España, luego en Grecia. Ayer me dio esa sensación.

Con la derrota hay que tener cuidado. Hay un cierto apego de cierta izquierda a la derrota que es un poco peligroso

P. No hemos hablado de fútbol. El sábado pasado por Cosmopoética pasaron Juan Villoro y Manuel Jabois, que sí que hablaron mucho de fútbol. Villoro dijo que una de las cosas buenas que nos enseña el fútbol y el deporte es que aprendemos a valorar la derrota. En el fútbol solo gana uno y el resto son derrotados. Tú eres del Sporting, yo soy del Córdoba. Equipos que sobreviven en Segunda División y para los que la derrota parece que es muy poética. ¿La derrota en tu caso ha marcado tu trabajo?

R. Lo que dices es verdad. Los que somos de equipos pequeños estamos acostumbrados a perder y vemos las cosas de forma diferente a los que son de equipos grandes que están muy mal acostumbrados a ganar. Ves que tienen una amargura cuando pierden. Y no hay alegría. Recuerdo una final que vi del Atlético en Madrid con unos rojiblancos. En ese momento, Atlético venía de no ser tan grande. Iban perdiendo y la gente estaba muy alegre en el bar, cantando y todo eso. Sin embargo, cuando iba a ver algún partido a bares de madridistas estaban todos muy serios. Y si le marcaban un gol aquello se convertía en una cueva de los lamentos. Con la derrota hay que tener cuidado. Hay un cierto apego de cierta izquierda a la derrota que es un poco peligroso, de estar instalados permanentemente en ella y de no querer estar más que en la resistencia, no querer nunca ganar y tener siempre un enemigo. Eso al final puede llevarte a posturas profundamente reaccionarias. Pero también ocurre otra cosa que para mí es otro mal de la izquierda que es no reconocer las derrotas que nos han infringido y que llevamos sufriendo mucho tiempo. Hay que cambiar la lógica para ver cómo podemos ganar: ni apegarnos a la derrota ni dejar de reconocerlas. Me gusta mucho que haya fiestas populares donde esté incorporada la política, que se pueda hacer algo reivindicativo y divertido. No tienes porqué olvidar que estás en una jornada de lucha y también de diversión.

P. Parece que para protestar solo puedes estar cabreado. Y muy serio.

R. Eso es. Y eso te puede llevar a una cierta miopía. Por eso es un poco peligroso. En las movilizaciones que hubo tras el 15M veías una rabia, una indignación, pero a la vez una ilusión importante, una alegría de haber abierto las ventanas por fin. Recuerdo que en las primeras movilizaciones del 15M el PCPE sacó un comunicado que tuvieron que retirar diciendo que les habían jodido sus planes cuando estaban apunto de llevar a las masas a la revolución. Y que el 15M les había estropeado sus planes. O cuando empezó la plataforma de la hipoteca les acusaron de ser un movimiento interclasista y de defender a propietarios de pisos. Se acabó demostrando con el tiempo que se convirtió en un movimiento social capaz de diagnosticar un problema mucho más importante que había y que se rebeló como transformador. Cambiar esas lógicas en torno a la derrota... a lo mejor tenemos que ser contra hegemónicos y cambiar el chip. Tenemos que volver a mirar el mundo, a redescubrirlo. Es algo que tiene que hacer la izquierda y no estar anclada siempre en las mismas consignas.

Las lenguas no son inofensivas. Las lenguas dan miedo

P. Existe mucha catalanofobia relacionada con el idioma. Lo vimos tras los atentados de Barcelona, cuando se acusaba al mayor de los Mossos de hablar en catalán para informar. Tú has cantado en bable. No sé si has llegado a notar odio por usar ese idioma o el bable es inofensivo.

R. Las lenguas no son inofensivas porque al final son algo que le pertenecen a todo el mundo. Las lenguas dan miedo. No tenemos el estatus de oficialidad del asturiano por una cuestión política. No había ningún problema lingüístico ni razones culturales para que en los ochenta no fuera una lengua oficial como el gallego, el catalán o el euskera. Nos gusta más el término asturiano, porque algunos lingüistas dijeron que el bable era más un dialecto del castellano que un idioma en sí mismo. Luego, todos los estudios lingüísticos de universidades de todo el mundo reconocen el asturiano como una lengua romance en sí misma. Pero hubo una especie de lobby intelectual en Asturias integrado por Alarcos y Gustavo Bueno se opusieron y se lo tragó el PSOE. Todavía seguimos sin oficialidad y eso se convierte también en una batalla política, más que lingüística. Se han creado muchos complejos en torno a la gente de los pueblos que usan más el asturiano y se les acusa de ser gente más inculta. Se utiliza esa especie de clasismo muy pernicioso. No es inofensiva ninguna reivindicación lingüística, pero nosotros estamos en otra liga diferente. Tengo muchos amigos en el sector soberanista asturiano. Es gente joven con conciencia feminista y ecologista importante que habla de soberanía pero no para reclamar ninguna independencia, eso no ocurre en Asturias, pero sí para reclamar que se vive una realidad política, social, laboral muy especial en las periferias. Eso no nos lo van a solucionar desde Madrid. Entonces, necesitamos tener voz propia, autogobierno y capacidad de decisión. En eso entra la lucha por los derechos lingüísticos.

P. Aquí en Andalucía hubo una lucha en el 78 que no se ha vuelto a repetir. La gente tomó la calle pidiendo que Andalucía fuese como la que más. El PSOE sigue comprando ese discurso en Andalucía. Ahora con Cataluña pidiendo lo que pide, no sé si lo que más va a ser también reclamar la independencia (risas). Aquí no tenemos un idioma, tenemos un acento, un dialecto, que se usa políticamente. El andaluz tiene que ser chistoso, divertido, similar a lo que decías. El que habla asturiano, me referí al bable más por ignorancia, es el cateto.

R. Sí, sí. Recuerdo que hablé con Jota de Los Planetas que me decía que el andaluz era un estadio evolucionado del español.

P. Y es verdad. Hay estudios lingüísticos que lo afirman.

R. Sí, sí, sí. Uno de los referentes que tengo en la nueva política es Teresa Rodríguez, precisamente por el modelo que defiende dentro de Podemos. Tengo mis discrepancias con Podemos a nivel estatal, pero Teresa desde Andalucía quiere que haya una entidad jurídica propia, lo que ocurre en Galicia con En Marea. El objetivo de Teresa no es irse a Madrid. Ella quiere hacer política en Andalucía y desde Andalucía. Es algo muy bonito de lo que me gustaría que tomásemos nota en otros sitios.

Uno de los referentes que tengo en la nueva política es Teresa Rodríguez

P. En Asturias, complicado.

R. Sí, allí lleva el PSOE mucho tiempo mandando con alternancia del PP. Surgió esto de Foro Asturias en torno a Álvarez Cascos que está gobernando el Ayuntamiento de Xixón ahora, y yo creo que la cosa está jodida, sobre todo a nivel estatal. Pero hay cierta esperanza en el municipalismo y en que por un lado es importante recuperar la calle, ya que si queremos una democracia de verdad tiene que sostenerse en una pata que es el poder popular, y ahí entra la cultura y los movimientos sociales; y por otro lado, el poder institucional. Podemos ganar más partidas desde el municipalismo, ganando ayuntamientos y haciendo políticas de cercanía que apelan a la gente y que tienen que ver más con las realidades sociales de cada territorio. Por ahí tengo esperanzas. No sé. Quién sabe lo que va a pasar.

En mis canciones, aunque tiendan a lo trágico, siempre dejo una puerta abierta a la esperanza

P. Acabando la entrevista, noto a un Nacho Vegas mucho más optimista que lo que transmiten muchos de tus discos. O al menos con más esperanza.

R. Creo que en las canciones que hago, aunque tiendan a lo trágico, una premisa es no cerrarla. Siempre tiene que haber un rayito de luz, una grieta, dejar una puerta abierta a la esperanza. Aunque partan de hechos reales y sentimientos dolorosos o dramáticos, no puedes utilizar una canción para regocijarte en ellos. Al contrario, te los pones enfrente y haces una canción para combatirlos. Siempre tiene que haber algún rayo de luz. Que dejes una puerta abierta a la esperanza y al optimismo no quiere decir que dejes de hablar de cosas que puedan resultar incómodas o dolorosas. Creo que es necesario hacerlo.

P. Cuando has explicado que te gusta crear en el caos, fijarte en uno de esos casos extremos, me he acordado de una charla a la que asistí sobre una cosa que no tiene nada que ver, Juego de Tronos. Un catedrático de Historia Moderna en Córdoba, Enrique Soria, defendía precisamente eso con un ejemplo: "en 200 años de paz en Suiza lo único que nos han dado ha sido el reloj de cuco, mientras la Italia de los siglos XV al XVI, con sus conspiraciones, crímenes, guerras, nos dio el Renacimiento".

R. (Risas).

P. Ahí están los Borgia, malos malísimos que alumbraron una nueva cultura.

R. Total, sí, sí. Italia es un país muy curioso porque tiene contradicciones de todo tipo: políticas, culturales, sociales. Tuvieron las Brigadas Rojas y luego llegó la hegemonía berlusconiana, que anticipó la llegada de otros personajes. Era un Trump antes de la llegada de Donald Trump. Lingüisticamente el italiano es la lengua con más dialectos, más fragmentada. También tiene muchas reivindicaciones territoriales. Es un país muy complejo. La música del Norte y la del Sur también es muy diferente. No escuchaba mucha música italiana, pero en los últimos años gracias a unos amigos he descubierto a cantautores italianos, y tienen mucha riqueza.

P. A mí me encanta Italia. Siempre soñé con ser corresponsal de un periódico español allí. Lo tienen todo: el Vaticano, la Mafia, la política, la música, el fútbol... Y me gusta comparar a la Italia de los noventa con España, con sus matices, con el caso Tangentopoli, ese escándalo de sobornos a políticos que acabó destrozándolo todo y encumbrando a Berlusconi. Te recomiendo una serie italiana llamada 1992 que cuenta eso muy bien.

R. Hace poco no sé si oiste hablar de la saga de Elena Ferrante, una escritora que publicó cuatro libros. Cuenta la historia de dos amigas que crecen en un barrio desfavorecido de Nápoles de los años cincuenta. Arranca cuando ellas tienen sesenta y dos años y narra toda su vida. Es una saga de cuatro novelas que te cuenta la situación política de Italia, lo que estaba pasando en Europa, las relaciones patriarcales que se establecían en una sociedad tan machista como la del Sur italiano, y en la etapa previa a la llegada de Berlusconi que es cuando acaba la saga. Es maravillosa. Si te gusta Italia tienes que leerte la saga de Elena Ferrante porque es buenísima. Tuvo muchísimo éxito y se vendió como una especie de best seller. Tuvo una promoción muy parecida a la que pudo tener 50 sombras de Grey o algo así. Pero es mucho más a cómo la vendieron. Ferrante es un pseudónimo y no se sabe muy bien quién es la autora. Hubo alguien que dijo que era un hombre el que la escribía, haciendo un estudio demostrando los parecidos de estilo con otras novelas. Entonces tuvo que salir ella y demostrar que lo escribió una mujer. Desde mi punto de vista, tiene una perspectiva de género muy marcada. Salió ella dando una entrevista sin decir quién era pero contando que era una mujer napolitana. Y alguien hackeó las cuentas de la editorial y acabó revelando su nombre real.

P. En Italia nada es lo que parece.

R. Es fascinante, sí, sí.

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