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Ignacio Cembrero: “No veamos al islam por el prisma del terrorismo”

Ignacio Cembrero | MADERO CUBERO

Manuel J. Albert

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Hace cuatro días, esta entrevista tenía otro titular. El atentado terrorista de Niza, reivindicado por el Daesh (acrónimo en árabe de Estado Islámico) y que asesinó a 84 personas el jueves, obligó a releerla y adecuarla al drama que ha azotado esta semana a Francia y a Europa. Unos hechos cuyo contexto global enlaza con la profunda y violenta transformación que han vivido los países del Norte de África y Oriente Próximo en los últimos años. Unos pueblos y países que conoce en profundidad el protagonista de N&B este domingo: el periodista Ignacio Cembrero (Madrid, 1954), que acaba de publicar en La Esfera de los Libros su ensayo La España de Alá.

Durante más de 30 años, Cembrero escribió bajo la cabecera de El País sobre el mundo árabe, Oriente Próximo y especialmente Marruecos y el Magreb. Su trabajo le ha llevado a ser reconocido como uno de los corresponsales europeos que más y mejor conoce esa franja del mundo. Durante su etapa como corresponsal en Marruecos, su labor de periodista siempre chocó con el régimen. La persecución llegó al extremo de que el primer ministro marroquí presentó dos querellas contra Cembrero que fueron archivadas.

El periodista ofrece a CORDÓPOLIS una entrevista de más de una hora. Una charla en la que partimos de la visión recelosa que parte de la población europea guarda hacia el islam para hablar de terrorismo, crisis de refugiados, la Primavera Árabe, las lecciones que da la historia de Córdoba y los próximos retos a los que se enfrenta la UE ante la delicada situación de países como Argelia, Egipto o Turquía.

PREGUNTA. Hace poco, Juan Eslava Galán publicó Viaje por el Guadalquivir y su historia, también en la Esfera de los Libros, tu misma editorial. Cuando le entrevistamos, nos dio un titular que literalmente decía: “Admitir musulmanes en Europa es el suicidio”. ¿Qué nos dice eso? Eslava Galán un intelectual...

RESPUESTA. Nos dice que está equivocado. La multiculturalidad es una forma de enriquecimiento de la sociedad y eso lo vemos claramente en países como Canadá, aunque hay otros. Hablamos de sociedades prósperas, ricas y sin muchos conflictos. En general, si se sabe encauzar la inmigración o la llegada de refugiados -que no es exactamente lo mismo- enriquece a los países que acogen. Paralelamente, es un proceso que empobrece a los países emisores de personas ya que ven cómo estos grupos salen del país en busca de trabajo -en el caso de los emigrantes económicos- o porque corren peligro, si son refugiados.

P. Pues en Europa parece que el terrorismo islamista marca la agenda de cualquier política con respecto a los refugiados musulmanes.

R. No hay que dejarse llevar por ese grupo de terroristas que, efectivamente, está ahí y ha hecho mucho daño no solo en Francia o Bélgica, sino también en España o Reino Unido y que está agazapado en otros lugares para atacar. No podemos dejarnos llevar por ese miedo; no podemos ver a los musulmanes por el prisma del terrorismo. A grandes rasgos, la situación de la gran mayoría de los musulmanes en Europa -con sus matices entre países- es satisfactoria, a pesar de esos grupos. Aunque reconozco que es el grupo de inmigrantes que causa más problemas, a diferencia de los latinos o los procedentes de los países del Este.

P. ¿De qué problemas hablamos?

R. Uno es el que comentamos de la violencia y el terrorismo causados por elementos que no existen en otras comunidades inmigrantes. Eso marca una diferencia fundamental, pero también es población a la que le cuesta más adaptarse en general y hacer suyos parte de los valores de las sociedades en las que viven. Aún así, existen algunos ejemplos de éxito.

P. ¿Por ejemplo?

R. Mira, el alcalde de Londres es de origen paquistaní y es musulmán. Eso es un gran éxito. Y el alcalde de la segunda ciudad de Holanda, Róterdam, es de origen marroquí y en muchas encuestas es considerado como el ejemplo del político más popular de toda Holanda. Estos ejemplos demuestran que con el tiempo y, sobre todo, con educación, se consigue la plena integración de los musulmanes.

La multiculturalidad es una forma de enriquecimiento de la sociedad

P. Pero a la vez, hemos blindado las fronteras del Este y del Sur para evitar que entren más. No somos especialmente acogedores a pesar de esos ejemplos positivas.

R. Los ejemplos de éxito de los que te hablaba antes son todavía escasos. Espero que haya muchos más, no solo porque serán prueba de la buena integración de estas comunidades, sino porque la juventud musulmana necesita figuras positivas en las que reflejarse. Les hace falta ver que, aunque sus familias no sean originarias del país donde viven, ellos pueden legar a ser alcaldes, si quieren. En España nos faltan figuras como las de los alcaldes de Róterdam o de Londres, aunque también es verdad que el fenómeno de la inmigración -comparada con otros países europeos- es relativamente reciente.

Me gustaría subrayar también que los inmigrantes y los refugiados, en general, consideran que Europa, Canadá, Estados Unidos o Australia son los mejores lugar del mundo para acudir. En el caso de los sirios, no quieren estar con el Estado Islámico o con el régimen de Bashar al Assad; quieren viajar a Occidente porque consideran que los sistemas democráticos de los que se ha dotado son los mejores sistemas para vivir. No solo por las libertades y el respeto a los derechos humanos, sino por su grado bienestar: nadie se muere de hambre y todo el mundo tiene derecho a una atención médica.

P. Pero Occidente se ha cerrado.

R. Es verdad que ante el desembarco masivo de refugiados, Europa -que siempre ha sido un poco fortaleza- está levantando de nuevo sus escudos. España ya empezó a hacerlo con Marruecos en 1992, año en el que se firmó el primer acuerdo con ese país, al que siguieron otros tratados. Lo que ha hecho ahora la Unión Europea con Turquía [tratado de devolución de refugiados] está inspirado en esa misma filosofía de la colaboración que España mantiene con Marruecos y que iniciaron los gobiernos del PSOE. Está por ver, en todo caso, si en el caso turco va a a funcionar o no.

P. ¿Y en qué consiste?

R. En externalizar el control de las fronteras, que otros se encarguen de la seguridad fuera de las fronteras de la UE. Por ejemplo, los gobiernos de Marruecos y Turquía.

P. En el caso Español, el blindaje de la frontera con Marruecos supuso la apertura de nuevas rutas migratorias a través de Mauritania hacia Canarias. Hablo de la crisis de los cayucos de 2005 y 2006. Ahora está pasando lo mismo con rutas más largas y peligrosas desde Oriente Próximo.

R. La crisis de los cayucos se resolvió con el pago de 10 millones de euros anuales de España a Senegal y Mauritania. Todavía los estamos pagando y eso, aunque sea solo un parche, soluciona temporalmente el problema. Pero está claro que no se le pueden poner puertas al campo. Ahora se ha cerrado la ruta de los Balcanes para entrar en Europa desde Oriente Próximo y se ha reabierto con fuerza la ruta por Libia hacia Sicilia. Hace unas semanas llegaron casi de golpe 14.000 personas a Italia y las estimaciones de ahogados a fines de mayo rondaba entre los 700 que estima Acnur y los 900 que calcula Médicos sin Fronteras.

P. Cerramos una ruta, se abre otra.

R. Son vasos comunicantes. España cerró en 2005 las puertas de Ceuta y Melilla con la valla y a partir de ahí se abrió la ruta de Mauritania y Senegal. Ahora esa vía está más o menos taponada y se van abriendo otras. A veces son rutas mucho más largas y menos conocidas, con mucho más sufrimiento, complicaciones y costes para los que las emprenden. Hay mucho más riesgo de morir yendo de Libia a Sicilia que no saltando de la costa turca a una isla griega. Fíjate, hay una que parte de Oriente Próximo y llega a los países escandinavos pasando por el ártico. Solo se usa en verano y la utiliza poca gente pero existe.

P. Es alucinante.

R. Estamos ante la mayor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial y no ha hecho más que empezar. En Oriente Próximo hay millones de personas en campamentos de refugiados -y no son solo sirios- que están deseosos de ir a Europa y saben que no pueden volver a sus países porque o están en ruinas o les pueden matar. Y en África hay millones de personas en el Magreb, Egipto y el Sahel que quieren salir de la miseria e ir a Europa, Estados Unidos o Canadá. Tenemos para años de crisis de refugiados; habrá altibajos, picos y mejorías, pero esto va a seguir así durante mucho tiempo, cambiando poco a poco el panorama demográfico de Europa en un primer momento y, a la larga, el de Estados Unidos y de Canadá.

P. ¿Es el miedo el que marca esa política de vallas, concertinas y controles?

R. Efectivamente. Hay miedo a que, si se abren las fronteras no entre a Europa el millón y pico de personas que lo hizo el año pasado, sino 5 o 6 millones. A ver, yo creo que hay que ser responsables y controlar -bastante, de hecho- el flujo de inmigrantes y refugiados para organizar su llegada. Tenemos que tener claro que no pueden entrar todos a la vez y que ni siquiera pueden entrar todos.

P. ¿Por qué?

R. Para empezar, porque no tenemos capacidad. Y la otra razón que me parece importante es que si la inmigración es desorganizada y llega de forma caótica alimenta el discurso en muchos países europeos de facciones xenófobas y racitas, haciendo subir a los partidos de extrema derecha. El caso más llamativo últimamente ha sido el de Austria donde, por los pelos, no ganó las elecciones presidenciales un candidato de extrema derecha. Eso también es consecuencia del miedo que citábamos antes y que en determinadas sociedades acompaña a esa llegada de inmigrantes desordenada.

P. ¿Nunca se vio venir la actual ola de refugiados?

R. Sí que se vio. Tenemos alrededor de 5 millones de refugiados sirios en campamentos en Turquía, Líbano, Irak y Jordania. Leyendo publicaciones especializadas y hablando con gente que trabaja en el terreno, he llegado a la conclusión de que desde hace unos tres años se veía venir. Y lo que es peor, existía una manera encauzar el problema y evitar males mayores. No se ha querido hacer porque no hay voluntad política. Ahora nos encontramos con un problema mucho más gordo por no haberlo atajado a tiempo.

P. ¿Cómo se podía haber evitado?

R. La receta consistía en dos cosas: haber dado más dinero a las organizaciones no gubernamentales de ayuda para trabajar en los campamentos de refugiados. Creo que se debía haber apoyado sobre todo a Acnur [la Agencia de la ONU para los Refugiados], una de las pocas agencias de Naciones Unidas que me merecen un gran respeto. Esta agencia y otras organizaciones podían haber mejorado las condiciones y la calidad de vida en los campamentos de refugiados. De esta forma, sus pobladores no habrían tenido tantas ganas de irse a hacer miles de kilómetros andando y a jugarse la vida. Para terminar de cortar las rutas improvisadas y desorganizadas hacia Europa, se debía haber insistido en que ningún ingreso iba a ser admitido por las fronteras oficiales de los países de la Unión. Por el contrario, tenía que haber sido el propio personal cualificado de los países europeos los que viajasen a los campos para hacer una selección de los refugiados que cada país iba a acoger. De esta forma, hubiésemos descongestionado los asentamientos poco a poco y de manera ordenada.

P. ¿Y qué selección planteas?

R. De esta forma puedes traer a familias enteras y cohesionadas. También a personas con elevada formación académica como ingenieros, médicos y profesores de instituto. Además hay muchísima gente joven que es perfectamente aprovechable en las sociedades occidentales y europeas. Podíamos haber evitado el aluvión llevándonos a los más formados y a los que mejor se podían insertar en la sociedad para hacerles plenamente productivos al cabo de un año o dos de adaptación. Pero todo eso, que se podía haber hecho hace tres o cuatro años, no ocurrió nunca. Por eso, los campamentos fueron cada vez a peor hasta que sus poblaciones se hartaron, salieron y se pusieron en camino.

La crisis de los cayucos se resolvió con el pago de 10 millones de euros anuales de España a Senegal y Mauritania

P. Volvamos a Europa. Hablabas antes de la sombra de la extrema derecha que se alimenta del rechazo al fenómeno migratorio y que se extiende desde los países del Este, pasando por Austria y hasta Francia, con el Frente Nacional ¿Pero qué pasa en España?

R. La extrema derecha ha repuntado, sobre todo en Cataluña que es donde más población inmigrante hay. Allí hemos tenido a Plataforma per Catalunya, que ahora no pinta nada pero que tuvo unos cuantos ediles; y en Valencia a Europa 2000. Hay pocos más y afortunadamente casi no tienen representación a excepción de algunos concejales. Pero lo que sí veo es que algunos políticos que no forman parte de esas organizaciones tienen un discurso que sin ser abiertamente racista o xenófobo, es desde luego poco amigable con los inmigrantes. Lo vemos sobre todo en la antigua Convergencia Democrática de Cataluña y en Unió Democrática, además de en algunos dirigentes del PP catalán. Cataluña es el único lugar donde ocurre eso; no veo frases desagradables hacia los musulmanes o los inmigrantes en el discurso de los políticos andaluces o madrileños.

P. ¿Qué tipo de cosas se han dicho en Cataluña?

R. Para mí, el ejemplo más llamativo de todos se dio cuando Trinidad Jiménez, siendo ministra de Asuntos Exteriores en 2011, propuso firmar un acuerdo con Marruecos para que sus ciudadanos en España pudiesen votar en las elecciones municipales. Inmediatamente, salió al paso el entonces dirigente de Unió, Durán i Lleida, junto a algún otro dirigente del partido, para expresar un no categórico. “No hay que permitir a los marroquíes votar en las elecciones municipales”. Evidentemente, si quieres que los inmigrantes participen y se integren, yo no veo bien que se le niegue ese derecho. Negárselo, tal vez no sea xenofobia o racismo pero, desde luego, es una actitud muy poco amigable.

P. Y eso que tenemos mucha menos población inmigrante que Francia, Bélgica o Alemania.

R. Pero eso puede cambiar.

P. ¿Cómo?

R. No tenemos que perder de vista a Argelia. Está a solo 130 kilómetros de Almería y se está desestabilizando a gran velocidad. Argelia va muy mal aunque ahora no corra la sangre por las calles. Es un país con enormes problemas políticos y económicos. Creo que si se acaba desestabilizando del todo -que es un riesgo real- podemos encontrarnos en España con una llegada de inmigrantes y refugiados parecida a la que tiene ahora Italia con respecto a Libia. De allí pueden partir muchos inmigrantes, argelinos y de otros países, hacia Europa. De esta forma, irían a las costas más cercanas, como las españolas y las italianas, que recibirían decenas de miles de personas. Esto no sucede ahora, Argelia sigue controlando sus costas, pero me pregunto hasta cuándo va a tener capacidad.

P. Dices que Argelia se está desestabilizando, pero ya vivió una guerra civil brutal en los años noventa y no hubo crisis migratoria que partiese de allí. ¿Cuál es la diferencia entre la crisis de entonces y la actual?

R. Aquella fue una guerra entre el Ejército y los dos grandes movimientos terroristas, los Grupos Islámicos Armados (GIA) y los Grupos Salafistas de Predicación y Combate. En un momento dado, entre los dos llegaron a tener más de 30.000 hombres en armas en todo el país. En 1992 hubo un golpe de Estado [tras unas elecciones democráticas en las que ganaron los islamistas], en el 93 comenzaron los tiros y durante el 94, 95 y 96 corrió la sangre por todas partes. En aquellos años, en las capitales europeas -como Madrid y París- se temió que si llegaban a tomar el poder los islamistas empezarían a salir por mar grandes grupos de población de Argelia hasta Almería y Murcia. Pero no se produjo por dos grandes razones. Por un lado, el régimen aguantó pese a todos los embates de los islamistas y las enormes cifras de muertos -se habla de 200.000, yo creo que no llegaron aunque se superaron los 100.000-. Por otro lado hubo una parte de las élites argelinas que emigraron a la antigua metrópolis, Francia, viajando con visado de manera legal. Hay que tener en cuenta que ha pasado casi un cuarto de siglo y entonces era bastante más fácil llegar a Europa para la gente que venía de África u Oriente Próximo.

Creo que si Areglia se acaba desestabilizando, podemos encontrarnos en España con una situación parecida a la que tiene Italia con respecto a Libia

P. ¿Qué está pasando en Argelia para que temas un colapso?

R. La economía está muy tocada porque depende de la exportación de los hidrocarburos -un 97% del total de las exportaciones- y su precio ha bajado mucho. Por otro lado, hay un presidente enfermo que vive en silla de ruedas, con pocos minutos de lucidez al día y que apenas puede hablar si no es con un amplificador de voz. Es un hombre que no puede viajar por el país, que no puede acoger a ningún jefe de Estado y que no puede pronunciar un discurso. Como consecuencia, hay una lucha compleja e importante a su alrededor entre distintos clanes para, cuando muera, intentar hacerse con el poder. A ese grado de inestabilidad, tenemos que sumar el auge de las protestas sociales a causa de los enormes recortes económicos que se están produciendo por la caída de los precios de los hidrocarburos.

P. Tenemos a Argelia y, haciendo frontera, a Libia que ya es un país fallido.

R. Un informe que ha hecho público Europol afirma que en Libia hay 800.000 personas dispuestas a saltar a Europa. Esa cifra es una burrada. Mira, desde Libia hemos llegado a tener entre 160.000 y 170.000 refugiados en un solo año. Es poco si lo comparamos con el millón y pico que salió de Turquía. Pero es que ahora, a Italia también empiezan a llegar migarntes desde Egipto. Eso nos demuestra que los egipcios tampoco controlan del todo sus costas, a pesar de que hablamos de una dictadura militar a la que se le presupone una mayor presencia de seguridad.

P. ¿Alguna vez pensaste que la Primavera Árabe iba a derivar en este grado de inestabilidad?

R. Yo no llegué a imaginarlo. Es más, la veía con mucha ilusión. Pensé que, a trancas y barrancas, aquello iba a ir poco a poco a mejor pero he observado que no es así. No obstante, hay varias luces de esperanza y diría que la principal está en Túnez. Ese país es hoy en día una democracia, tal vez imperfecta, pero lo es. En Túnez hay libertad y no hay presos políticos. No estamos hablando de un país con el nivel democrático de Suecia, ni siquiera el de España, pero a grandes rasgos va por buen camino. Túnez tiene la primera Constitución de un país árabe en la que se reconoce la libertad de conciencia para, por ejemplo, cambiar de religión. Que un musulmán pueda dejar de serlo es inimaginable en Marruecos o en Egipto. Y su gran partido islamista, el Nahda -que significa Renacimiento y que está en la oposición- ha celebrado un congreso en el que ha dicho que quiere ser un partido civil con un referente religioso. Igual que los partidos de la democracia cristiana en países como Bélgica, Holanda y Alemania. Ejemplos así son muy importante, pero está por ver aún cómo se desarrolla en conjunto el nuevo proyecto tunecino.

P. ¿Por qué?

R. La situación es frágil. Túnez padece el azote del terrorismo y, a consecuencia, se le ha hundido el turismo, que es su principal industria pues representa el 11% del PIB y el 12% del empleo. He estado hace poco allí y el panorama es desolador: ver los hoteles vacíos, hoteles de compañías españolas que han cerrado a cal y canto por falta de clientes, es desalentador. Todo eso puede hacer peligrar el proceso democrático pero aún así Túnez es la lucecita de esperanza que nos queda.

P. ¿Van a seguir los cambios en los países musulmanes?

R. En realidad, la Primavera Árabe no ha hecho más que empezar, vamos a seguir viendo convulsiones en todos los países árabe los próximos años, incluyendo las monarquías del Golfo Pérsico, especialmente en Arabia Saudí.

P. ¿La comunidad musulmana que vive en Europa puede permear ciertos modelos de libertades occidentales en los países árabes?

R. Yo creo que no es posible que las poblaciones musulmanas en Europa que poco a poco asumen sus valores los trasladen a sus países de origen. En absoluto. Estos países, especialmente Marruecos y también Egipto, hacen muchos esfuerzos por controlar a su población o tenerla tutelada por razones ideológicas y económicas. Sus ciudadanos en el extranjero son una fuente económica muy importante por las remesas que mandan a sus familias. No, no creo que lo que planteas sea posible. Pero me conformaría con la idea de que los musulmanes que vivan en Europa no solo asumieran plenamente sus valores, sino que empezaran a desarrollar un islam europeo propio; un islam independiente, desvinculado de sus países y regímenes de origen y, sobre todo, del islam de Arabia Saudí que tiene mucho peso por el poder económico. Arabia Saudí hace grandes esfuerzos por tutelar a las comunidades musulmanas en Europa a base de talonario.

Me conformaría con que los musulmanes que vivan en Europa asumieran plenamente los valores. Y sobre todo, que empezaran a tener un islam europeo

P. Ya hubo cierto islam que se amoldó al laicismo europeo. Lo vimos en Yugoslavia antes de las guerras de los Balcanes. En Bosnia ser musulmán era como ser católico, ortodoxo, agnóstico o ateo: no tenía ninguna importancia formal.

R. Creo que en cierta medida, una parte de la población musulmana de Ceuta y Melilla también se siente así: europea. Pero ese nuevo islam europeo lo tienen que desarrollar sobre todo los grandes contingentes que llegaron hace décadas de Marruecos, Argelia, Egipto, Mauritania o Turquía; y con ellos va a ser todo mucho más complicado. Tenemos que ayudar a los musulmanes que viven en Europa a que no vayan por la misma senda que el islam de Marruecos o, ni mucho menos, el marcado por Arabia Saudí. Pero estamos muy lejos de eso y las autoridades españolas no reflexionan. En cambio, en otros países europeos se está yendo algo más lejos.

P. ¿Crees que la historia de Córdoba puede enseñarnos algo en este sentido?

R. No soy historiador y no soy ni mucho menos un experto en la Edad Media pero para escribir mi libro he leído bastante a ocho o nueve historiadores españoles y extranjeros y llego a la conclusión de que, efectivamente, Al Andalus no fue el paraíso terrenal pero sí tuvo una etapa de esplendor y tolerancia que duró más o menos un siglo. Es cierto que el musulmán mandaba y los otros mandaban menos, pero hay que situarlo en el contexto de la época y ver lo que pasaba al norte de los Pirineos. Allí había una etapa de absoluta tiniebla mientras que en Al Andalus se creaba, se inventaba, se educaba y, en su contexto medieval, se respetaba a los demás.

P. La época Omeya, la de mayor esplendor, recibe su nombre de una dinastía familiar que procedía de Siria. Serían lo que hoy llamamos refugiados.

R. Y luego fueron los musulmanes del norte de África los que dieron al traste con eso.

P. Cierto. Y les achacaban además que los gobernantes Omeyas eran malos musulmanes, tal vez porque, como planteas, de alguna forma habían empezado a desarrollar un islam autóctono.

R. Eso nos dice también algo importante. No podemos ver nunca a los musulmanes como una comunidad homogénea. Son distintos en función de sus orígenes geográficos e idioma. Podemos encontrar sociedades musulmanas como los tuareg extremadamente liberales, por ejemplo, en materia sexual.

Y con respecto a Córdoba me gustaría añadir que en los años setenta hubo una voluntad ecuménica por parte del obispado; los musulmanes pudieron volver a rezar en una ocasión en la Mezquita Catedral. En un momento en el que en muchos lugares del mundo hay conflictos con un marcado carácter religioso, cuando los cristianos han sido barridos, eliminados y exterminados del norte de Irak y buena parte de Siria, tener lugares de culto emblemáticos e importantísimos que puedan ser compartidos por dos grandes religiones sería una señal importantísima de cara al mundo cristiano y musulmán. Pero creo que en eso no estamos.

No podemos ver a los musulmanes como una comunidad homogénea. Son distintos en función de sus orígenes geográficos e idioma

P. Yo veo esta etapa más como un periodo de blindaje y enrolamiento, al menos en la Iglesia cordobesa.

R. Creo que sí. Pero no solo en la Iglesia. Creo que en Andalucía no se ha sacado todo el partido al patrimonio islámico que existe. No hablo solo en términos culturales, lo digo también por razones económicas. Hablo por ejemplo del turismo musulmán que vendría a visitar los restos de todo ese pasado común en España. Hablamos de un turismo de gente que tiene mucho dinero; no solo proveniente del Golfo Pérsico, sino también de Indonesia, Malasia o incluso de la India. Creo que se ha desperdiciado una gran oportunidad. Medina Azahara tendría que haber sido ya excavada en su totalidad y adaptada plenamente para su visita y comprensión porque podría atraer a tantos turistas como Pompeya. Y se tendría que haber instaurado una completa ruta del Califato de Córdoba a Granada, con una red de hoteles de lujo que acogiese a este turismo de alto nivel.

P. Dentro del sector privado lo está intentando el Instituto Halal que tiene base en Córdoba y que trata de ordenar el mercado de productos y la oferta de servicios para atraer ese turismo musulmán.

R. Pues potenciemos el Halal si puede atraer a turistas musulmanes a España.

P. ¿Cómo ves a España en su relación con este mundo musulmán tan cambiante?

R. Creo que el país está ahora en una situación muy sosegada. Afortunadamente, el problema de la radicalización o el yihadismo no está dentro de nuestras fronteras y espero que siga siendo así mucho tiempo. Nuestro problema real está fuera y no va a mejorar. Aunque el Estado Islámico sufre algunos reveses en Siria o Libia, el conjunto del norte de África está patas arriba y va a ir a peor, especialmente en Egipto y Argelia. Y si Argelia entra en convulsión afectará a Marruecos que es sin lugar a dudas el país más estable de África del Norte. Esas convulsiones van a seguir salpicando a Europa tanto con llegada de inmigrantes y refugiados como con posibles brotes de terrorismo. Nunca ha habido tanta inseguridad en la frontera Sur de Europa como ahora. Y ni los ciudadanos ni la clase política parece que sean conscientes de esto.

P. ¿Los gestores de la UE están preparados para nuevas olas de inmigrantes, como la que podría llegar de Argelia?

R. En absoluto. Europa es una gran decepción. Entre el Brexit [salida de Gran Bretaña de la UE], el mero planteamiento de un Grexit [salida de Grecia de la UE] y, sobre todo, la crisis de los refugiados, se ha demostrado que sus políticos no saben hacer frente a estos retos. Y cuando reaccionan lo hacen tarde y mal. Por primera vez, empiezo a pensar que tal y como están las cosas, el proceso de integración y construcción europea puede llegar a ser algo reversible. Prueba de ello es la propia crisis de los refugiados en la que cada país ha tirado de la manta para su lado y ha tratado de ponerse a salvo como fuese.

En Andalucía no se ha sacado todo el partido económico al patrimonio islámico que existe

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